Las horas se hacían interminables. Cada minuto era una eternidad. Las palabras retumbaban en el interior de mis oídos dando sentido a las largas frases que lejanas llegaban a mí en un brusca e inentendible lengua.
Solo la perpetua presencia de su voz en mi memoria me libraba del tedio en el que inevitablemente debería haber caído.
Recordaba sus palabras asegurándome todo tipo de felices momentos, recordaba sus promesas, recordaba sus anhelos, sus susurros.
El estruendo del jarreo de agua sobre el tejado de chapa me sacó de aquel hipnótico trance cuando la lluvia apareció furiosa como un animal herido.
Hubiera entregado mi alma por unas horas allí en aquel momento de quebrada lucidez.
Termine empapado, rodeado de un millar de seres perdidos que gritaban “a por ellos”
En mi cabeza resonaba lenta y secreta “La marsellesa”.
Mis ojos se tornaban en azul, blanco y rojo.


