A veces detesté este voluntario encierro que tiempo atrás pude soportar con estoicidad.
El devenir de mi vida en mi circular cubículo caminó llevadero hasta tomar consciencia de un mundo exterior.
Un día me percaté que la gente me observaba, podían verme, no era invisible y aquello que yo les mostraba pareció ser mas interesante de lo que nunca pensé.
Quise entonces poder cambiar el ritmo de mi cometido, quería poder de manera visible correr o caminar rapido o lento como mis compañeras de viaje lo hacían, al hacerlo noté clara sobre mí la mirada desaprobatoria de todos los que antaño confiaron en mí y para los que un día creí vivir.
Aquello se trasformó en una guerra de paciencia y yo ahí tenia las de ganar, mi instrucción y el conceptual sentido de los engranajes que me impulsaban me convertían en favorito para aquella batalla. Los días pasaban y yo dejaba mis quehaceres de lado, propiciando una colérica reacción de mis dos compañeras que sabían que sin mí nunca llegarían a hacer lo que se esperaba de ellas. Corrían y me alcanzaban o paraban y yo lo hacía, en un mundo circular al que estábamos unidos por un mismo eje de giro.
Mi testaruda irresponsabilidad fruto solo de una febril situación originada por alguna de aquellas miradas y que me situó en otra esfera, tuvo su final castigo.
Una mañana en un luminoso taller, un experto y mañoso relojero me sustituyó por un nueva lanza de bronce y me expuso a un fuego purificador que me convirtió en el caldo dorado de algún otro mecano.
