Una vez dentro de la habitación, como cada mañana y cada tarde hacía ya dos semanas, le besaba y acariciaba la frente.
-¿Cuando te vas a levantar? Creo que le estas echando ya demasiado cuento a esto.
Le hablaba cotidiano, de cosas sin importancia. Monólogos sencillos. A veces incluso él mismo se reía de los dobles sentidos que formaba con sus palabras.
-Si, ya sé que no dejo de pincharte pero ya me conoces, siempre fui un poco payaso.
Durante los minutos que duraba la preparación del ritual, a veces le invadía una tristeza enorme, a veces una felicidad infinita.
Descubría su enjuto pecho escondido tras las sabanas y se acercaba de nuevo a su oído para decirle, no te va a doler.
Con una pequeña jeringa inyectaba la dosis convenida de Midazolam en el lado izquierdo y acto seguido repetía simétrica acción en el derecho, introduciendo la morfina en su cuerpo.
Después de cubrir su pecho de nuevo, se sentaba a leer junto a lo que quedaba de aquel que un día fue su padre.
