La mayor de ellas Janine, había vivido demasiado. En su cara se marcaban las lineas de la juventud perdida a base de trabajo. No recibió atenciones, no tuvo cariños, le faltaron abrazos. Su trabajo le otorgaba esa sensación de cobijo que su familia le debió dar.
Jesse supo que quería ser como Janine la primera vez que la vió. Idolatraba su trabajo, aquellas imágenes saturadas de sus brazos tatuados, quedaron marcadas en su retina y no paró hasta conseguir hacerla sombra.
Verlas juntas era una experiencia casi mística para los iniciados en aquel brillante y oscuro mundo. Solo los mejores consiguieron grabarlas juntas. Mereció la pena.
La pasada semana se distribuyeron cuatro instantaneas nunca vistas de la siempre recordada Norma Jean. Esto ocurrió durante un festival en su honor en Oxfordshire.
Disfrútenlas, se echa de menos un formato mayor pero los fans del mas grande icono femenino de todos los tiempos coincidirán conmigo en que son estupendas
Minusvalía dicen. Genética afección que horroriza mortales.
En tiempos de sesgadas miradas. En tiempos remotos de castillos, verdes extensiones y abismos por descubrir, mi reclusión me convertiría en un ser de leyenda, protagonista de cuentos y fabulas que recorrerían comarcas en boca de trovadores y juglares.
Hoy solo soy el resultado de una mala configuración. Un descuido hospitalario en el primer mundo, una aberración de la naturaleza en mi Persia natal. Expertos de poniente me visitan, consuelan a mis avergonzados padres, aquellos que no salen de casa a causa del castigo divino que algún caprichoso Dios les impuso.
Una leyenda, un mito a la altura del unicornio.
Cíclope me llamarían.
Despues del inmejorable “Aquel ritmillo”, de la cabeza de este director salieron estos casi 15 minutos inolvidables que consolidaron su personal mundo.
Tras este vinieron otros cortos y series para la web y los largos “El milagro de petinto”, “La gran aventura de mortadelo y filemón” y la por estrenar “Cándida”.
No pierdan un solo minuto la atención, esta pieza les sorprenderá segundo a segundo.
Quise bajarla pero alcé mi vista hasta que aquel enorme circulo brillante me cegó. Tras unos segundos, moví la cabeza y mis ojos comenzaron a llorar aliviando el calor producido por la visión del astro. Durante casi dos días no pude dormir, al cerrarlos notaba el calor de una forja entre los parpados y los azules globos que tantas imágenes le habían enseñado a mi marchito cerebro. El viejo y desconocido músculo en su rápido deterioro comenzaba a jugarme malas pasadas. Primero los cordones, no podía recordar como hacer la maldita lazada, se pasa por arriba se rodea y… Así, mis zapatos hacia tiempo que se cerraban con belcro. Puedo hacerlo, puedo hacerlo, me decía cada vez que me enfrentaba a una rosca. Daba igual tornillo, que tapón de garrafa, que grifo. Más de una vez pensé de manera consciente en abrirlo y dejar el agua correr para así finalmente conseguir cerrarlo. No entenderé como podía autoengañarme con tretas similares.
Pronto las teclas cambiaron de lado convirtiendo “postal” en “qwkyla”. Comprendí entonces la burla simétrica que mi cerebro realizaba y encaucé el ataque final contra ella.
Intenté en inicio aprender, estudiar, fijarme y escrutar cada uno de los movimientos que mi imagen en el espejo me devolvía. El hombre que veía lo hacía, yo pensaba izar el brazo derecho y él lo levantaba sin problema. Fueron días de obsesión inversa. Renuncié, mi reflejo era capaz de hacer cosas que yo no podía y el ni siquiera tenía que pensarlo. Debía dar un paso mas.
Postrada en la cama del psiquiátrico soy tratada de las heridas. Los cortes que en mi cara, cuello y antebrazos han ocasionado los trozos del espejo roto, casi acaban con mi devenir
La próxima vez me lanzaré mas rápido, el único lugar donde puedo vivir es al otro lado, junto a él.
Se dispuso a como su antepasado el minotauro, adentrarse en aquel laberinto de pasillos poblados, días si días no, por una marea de forasteros que parecían enojados con su presencia. La puerta norte sirvió de entrada al recinto, a su derecha el lugar de los medianos, solo unos pocos, pero suficientes como para generar un murmullo ensordecedor que a no pocos valientes habría quitado el habla. Frente a él una escalera que tendría a bien elevarle hasta el núcleo central de aquella enorme trampa. Desde arriba no podía verse perspectiva alguna de cómo había de ser esa planta. Las visiones de recintos familiares se sucedían una tras otra con un armonioso orden difícil de interpretar. Como si del paso por la casa de uno se tratara, igual sillones había, que lisas superficies que devolvían nítidas imágenes, que lugares habilitados para cocinar manjares. Cualquiera no adiestrado para soportar aquello, se dejaría llevar como lo hacían los miles de muertos que convertidos en zombies deambulaban por las contiguas estancias.
De las muchas veces que allí estuvo, pudo ver lejanos y aguerridos visitantes de todas partes y culturas. Como si de una torre de babel se tratase, allí peregrinaban buscando tesoros gentes de aquí y de allá. Una vez incluso, escuchó como alguien del otro lado del gran mar contaba distraído como le costó entender el significado de “asa de cubo” y como finalmente ocurriósele que hablaban de “manijas de balde”.
Al bajar, dejando atrás los recintos lavatorios, accedió al jardín de este laberinto frondoso y cercano a aquel abierto y espacioso lugar. Aquel lugar donde debía de proveerse de todo aquello que necesitaría hasta su regreso aquí.
Pensó: Ha sido duro, algunos casi desmayan en el empeño, pero al fondo se puede ver la barrera final, aquella que nos separa de la salida sur y ante la cual deberemos esquilmar nuestra plata.
Nunca más me dejaré llevar por la publicidad. No creo en la independencia de esta república. Maldito ikea se dijo.
Como cada mañana estuvo a punto de mandarlo todo a la mierda. La rutina y aquellos dos compañeros de piso hablando sin parar desde primera hora, le hacían sentir un desgraciado. Odiaba a la gente, no a las once de la mañana, pero no soportaba a nadie antes de los primeros cafés. Solía tomar el primero en aquella cafetería con nombre de capital de país lejano. Mientras saboreaba la tostada, pensaba en aislarse de aquel ruido y subía el volumen de sus auriculares hasta que casi no podía oír el movimiento de su mandíbula.
Aquella mañana no llego a tomar el café, a las siete y media el mundo que tan poco le gustaba explotó junto a él en forma de mochila. Pudo ver como pedazos de aquellos a los que odiaba un minuto antes, se esparcían en el interior de aquel vagón metálico. Pudo verlo, no escucho nada, solo un pitido agudo y luego el silencio.
Aquel día además del oído, perdió su capacidad para odiar.
La cárcel no era un buen sitio para ella, no era buen sitio para nadie.
Ana era una chica como muchas de las de su edad. El lugar donde nació no se lo ponía fácil a nadie, ella además tuvo que abandonar su infancia para ayudar a su padre en el colmado que este tenía. Pudo ser madre joven pero le arrancaron ese titulo y se convirtió en hermana mayor.
En su cabeza resonaban las palabras de la pequeña Esther.- ¿Sabes? a papa le salen mocos blancos de la colita, le ayude a quitárselos.
Clavó incontrolada aquel cuchillo mas de veinte veces en el pecho del viejo tendero mientras de su boca salía: A ella no, a ella no.
Otra vez aquí, entre temblores, esperando conseguir rápido lo que me ha traido hasta este lugar.
Me avergüenzo de mí, no me atrevo a decirlo en voz alta. Mi adicción es fuerte, enorme, no puedo controlarla, casi no puedo desarrollar ya mi ocupación con normalidad.
Cuando empezó me sentía bien. La emoción, el acelerado latir del corazón, la ansiedad en la que la espera me sumergía hasta que podía conseguir mi dosis.
Ahora es distinto, casi no me aporta nada, la ansiedad no cesa, no hay emoción y el corazón apenas late. Pero ahí estoy, a punto de rendirme de nuevo a ese instante que ya no me alivia y del que soy esclavo.
Frente a la pantalla pulso el botón y una luz azul ilumina mi rostro.