
Comienzo con este (post), lo que será la difícil andadura, por ardua y por metódica, de dirigirme a ustedes sin ese monstruo que hasta hoy me acompañó en esa tarea.
Decido hacerlo con un texto de uno de mis más admirados escritores. Disfruten de él como yo lo hice
2666
Por aquellos días Pelletier y Espinoza, preocupados por el estado actual de su común amante, mantuvieron dos largas conversaciones telefónicas.
La primera se hizo en francés y duró una hora y quince minutos. La segunda la realizó Espinoza tres días después, y duró dos horas y quince minutos. Cuando ya llevaban hablando una hora y media Pelletier le dijo que colgara, que la llamada iba a salir muy cara, y que él lo llamaría de inmediato, a lo que el español se opuso rotundamente.
La primera conversación telefónica, la que hizo Pelletier, empezó de manera difícil, aunque Espinoza esperaba esa llamada como si a ambos les costara decirse lo que tarde o temprano iban a tener que decirse. Los veinte minutos iniciales tuvieron un tono trágico en donde la palabra destino se empleo diez veces y la palabra amistad veinticuatro. El nombre de Liz Norton se pronuncio cincuenta veces, nueve de ellas en vano. La palabra Paris se dijo en siete ocasiones. Madrid, en ocho. La palabra amor se pronunció dos veces, una cada uno. La palabra horror se pronunció en seis ocasiones y la palabra felicidad en una (la empleó Espinoza). La palabra resolución se dijo en doce ocasiones. La palabra solipsismo en siete. La palabra eufemismo en diez. La palabra categoría, en singular y en plural, en nueve. La palabra estructuralismo en una (Pelletier). El término literatura norteamericana en tres. Las palabras cena y cenamos y desayuno y sándwich en diecinueve. Las palabras ojos y manos y cabellera en catorce. Después la conversación se hizo más fluida. Pelletier le contó un chiste en alemán a Espinoza y este se rió. De hecho, ambos se reían envueltos en las ondas o lo que fuera que unía sus voces y sus oídos a través de los campos oscuros y del viento y de las nieves pirenaicas y rios y carreteras solitarias y los respectivos e interminables suburbios que rodeaban Madrid y Paris.
La segunda conversación, radicalmente mas distendida que la primera, fue una conversación de amigos que intentan aclarar cualquier punto oscuro que se les hubiera pasado por alto, sin que por ello se convirtiera en una conversación de carácter técnico o logístico, al contrario, en aquella conversación salieron a relucir temas que tan solo tocaban de forma tangencial a Norton, temas que nada tenían que ver con los vaivenes de la sentimentalidad, temas en los que era fácil entrar y de los que se salía sin la menor dificultad para retomar el tema principal, Liz Norton, a quien ambos reconocieron, ya casi al final de la segunda llamada, no como la Erinia que había puesto fin a su amistad, mujer enlutada con las alas manchadas de sangre, ni como Hécate, que empezó cuidando a los niños como un aupair y terminó aprendiendo hechicería y transformándose en animal, sino como el angel que había fortalecido esa amistad, haciéndoles descubrir algo que sospechaban, que daban por sentado, pero de lo que no estaban del todo seguros, es decir, que eran seres civilizados, que eran seres capaces de experimentar sentimientos nobles, que no eran dos brutos sumidos por la rutina y el trabajo regular y sedentario de la abyección, todo lo contrario, Pelletier y Espinoza se descubrieron generosos aquella noche, y tan generosos se descubrieron que si llegan a estar juntos hubieran salido a celebrarlo, deslumbrados por el resplandor de su propia virtud, un resplandor que ciertamente no dura mucho ( pues toda virtud, salvo la brevedad del reconocimiento, carece de resplandor y vive en una caverna oscura rodeada de otros habitantes, algunos muy peligrosos), y que a falta de celebración y jolgorio remataron con una promesa tácita de amistad eterna y, tras colgar sus respectivos teléfonos, sellaron, cada cual en su piso atestado de libros, bebiendo con suprema lentitud un whisky y mirando la noche detrás de sus ventanas, tal vez a la búsqueda, aunque sin saberlo, de aquello que el suavo había buscado al otro lado de la ventana de la viuda y no había encontrado.
-Paginas 61 y 62
5 respuestas hasta el momento ↓
Mariola. // Julio 11, 2007 a 8:10 am |
Que interesante el texto, mucho.
Hombres inteligentes.
fiore // Julio 11, 2007 a 12:58 pm |
Pàginas 61 y 62? osea que aùn queda màs por saber de estos dos amigos y sus charlas telèfonicas,no?.Linda la casa nueva eh?Un beso
francois // Julio 11, 2007 a 9:21 pm |
Un beso Brisuón… felicidades por su nuevo blog y en especial por el titulo.
Le estaré mirando.
Abrazos.
sor angela de la cruz // Julio 11, 2007 a 10:40 pm |
eso se llama medir la palabra.
es todo un milagro este tipo de relaciones de amistad eterna, pero no estoy segura, por la terminación del título que ha elegido Bolaño, si es acto divino o diabólico
me deja navegando en un mar de dudas.
Dilatada lectura « Divagaciones desde nunca jamás // Septiembre 27, 2007 a 2:14 pm |
[...] después de mucho dilatar su lectura he acabado el libro que al iniciar este espacio les recomendé. Es, para mí, una de las obras mas grandes que se han escrito. Creo que Bolaño estará algún [...]