Sea usted lector asiduo o pasajero de este espacio, en el que curo un poco mi locura, quiero agradecerle cada uno de los segundos, minutos, horas o días que ha empleado leyendo mis infortunadas pataletas, intrascendentes opiniones o pésimos relatos.
Si cerrara los ojos y dejara de verte.
Si al salir el sol pudiera sentir su calor y sentirme mejor que junto a ti
Si cada una de las olas que llegan a la orilla rompiendo el silencio de esta noche sirvieran para silenciar tu voz en mis oídos.
Solo entonces te dejaría marchar.
Su trabajo era buscar melodías. Melodías que alegraran los oídos. Melodías que consiguieran que aquellos que las escuchaban quedaran prendados. De alguna manera era una especie de flautista de Hamelin. Aquel día decidió utilizar una obertura. Sería la banda sonora. Imaginaba un cielo inundado de colores que impregnaban las paredes de un vetusto edificio, una de esas construcciones que pudieron bien ser, las oficinas de alguna decadente empresa de la guerra fría. La obertura de la Urraca Ladrona, de Rossini. Le miraron como a un loco. Le dijeron, no impactará, no funcionará, pero él insistió.
Al poco tiempo y cuando le preguntaron sobre que música utilizaría, pidió que le mostraran la idea. Alguien sobre un panel de proyección relató como miles de pequeñas pelotas de colores caerían por las pendientes de una ciudad iluminada como pocas. Pendientes llenas de colores que botarían, rodarían y rebotarían bajo un inclinado cielo.
José Gonzalez, dijo. Nadie le conoce, alegaron ellos. Cuando montaron aquella música sobre las imágenes de San Francisco no pudieron más que pagarle lo acordado.
En la última de las campañas nadie se atrevió a poner en duda su elección. Había conseguido hacer tararear al mundo dos canciones desconocidas y con esta conseguiría que aquellos animales de plastelina cobraran mas vida aún. She is a rainbow, gritaba Jagger, acompañado de medio mundo, meses después.
-Nicolas Sarkozy, ha logrado en China acuerdos económicos por valor de 20.000 millones de euros. En su primer viaje oficial al país como presidente de la República, Sarkozy ha rubricado varios contratos comerciales, entre los que destaca la venta de 160 aviones Airbus por unos 11.700 millones y la construcción por la francesa Areva de dos centrales nucleares en China, lo que supondrá otros 8.000. -El presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, anunció la firma de una serie de contratos con Libia por valor de 10.000 millones de euros tras reunirse en el Palacio del Elíseo, en París, con el dirigente libio, Muamar Gadafi, que realiza una visita oficial de cinco días a Francia. En relación con los contratos, que serán firmados esta tarde durante una ceremonia en el Elíseo, Sarkozy aseguró que se incluye la construcción de una fábrica de desalinización de agua marina que se servirá de un reactor nuclear, acuerdos de cooperación en materia de armamento y distintos contratos económicos. -Responsables de Argelia y París firmaron acuerdos para inversiones a corto y medio plazo y contratos comerciales por un valor total de 5.000 millones de euros, aprovechando la visita a Argelia del presidente francés, Nicolas Sarkozy.
Suma y sigue.
Por si para este hombre no hubiera sido bastante bueno el año en cuanto a los éxitos políticos (al menos en lo económico, dejaremos lo social para otro post), en lo personal y tras dos meses de haberse divorciado, se le relaciona con una de las mujeres mas bellas del país vecino (Vecino de Francia) .
Si el gran estadista del pelo largo nos sorprende con algo parecido, me da un infarto.
Hoy me enfrento al miedo.
Miedo a vivir
Miro a los ojos de la desolación que me visita
Mastico al respirar su hedor
Trago el pesar
la penumbra de esta vida
La sangre coagula en mis venas
y niega oxígeno fresco que alimente mis células
nublando mi razón
Siento hoy la falta
Siento la luz de un sol que temprano se pone
Invierno oscuro y estéril
Ansiedad absoluta que despierta demonios
Sombras, llantos inaudibles
que convierten en negra mi existencia
Que inundan de odio mi ser
Era un día de esos en los que el sol marcaba sus rayos sobre la cabeza de los que aquella franja del mundo se disponían a atravesar. Edmundo conocía la ruta. La había estudiado mentalmente durante los más de cuatro meses que vivió en la frontera y en los que interrogó a cada uno de los que fallaron en el intento. Su punto de partida fue algún lugar entre Naco y Aguas prietas y su rumbo, norte. Debía avanzar, por un terreno árido pero no arenoso, unos cien kilómetros después de los cuales alcanzaría la ciudad de Willcox. Ese sería el punto de partida desde el que iniciar su trasiego a la gran ciudad. Cerraba los ojos y podía verse tocando las cúpulas en el cielo de un New York vacío de estrellas y atestado de esperanzas.
En el trazado había varias plantaciones, pequeños oasis, en las que con suerte podría encontrar alimentos y líquidos con los que reponer su cuerpo. Había decidido realizar el recorrido corriendo por aquel pedregoso y desértico paraje.
A la hora de camino y con unos doce kilómetros recorridos encontró un vehículo parado en mitad de ninguna parte, las huellas de los neumáticos indicaban de donde venía. Edmundo se acercó cauteloso para descubrir unas pisadas que se alejaban en la dirección que él debía continuar. Era la mejor ruta para no ser visto, la peor para ser encontrado. A punto estuvo de seguir corriendo cuando vio a un niño de unos cuatro años en el asiento trasero del auto. El niño le dijo que su papa había ido a buscar gasolina y él esperó hasta la noche y luego hasta el amanecer. Una vez el sol asomóse completo, se puso a caminar hacia él con un crío en brazos que jugaba con los suyos a rodear el cegador astro. Al llegar a Douglas entregó al muchacho a la autoridad local, más tarde fue subido a un vehículo oficial y devuelto al otro lado de la frontera.
Cosme Aguado Del Río quedó huérfano, el cuerpo de su padre nunca apareció en el condado de Cochise.
Edmundo nunca más cruzó la valla.
Después de abandonar la última cantina del barrio caminamos hacia el hotel. Era moderno, menos minimalista que otros pero más acogedor y habitado por urbanitas. Turistas jóvenes que llenaban con su bullicio el espacio habilitado con ordenadores junto a la cafetería de la octava planta, a diferencia de los grises y silenciosos ejecutivos que poblaban los silenciosos desayunos del otro hotel donde en ocasiones permanecí en esta ciudad. Silenciosos desayunos solo amenizados por una de esas músicas que, a alguien, una vez, escuché definir como: música de desayuno de hotel. Bellas cantantes que interpretan en clave de jazz éxitos de los últimos treinta años.
Llegamos allí como a las cinco de la mañana el sol coloreaba de rojo el suelo y cielo del desierto este, al que miraban los ventanales de las escaleras. En los descansillos de las mismas, parejas enamoradas se acurrucaban sobre los sillones de piel que la dirección del hotel había dispuesto allí a fin de justificar el nombre del negocio. Red dawn.
En la tercera planta me despedí de “el chato”. Antiguamente, el chato, se encargaba de cargar a lo largo del día con los pesados baúles que Bob solía arrastrar hasta las escenas que fotografiaba. A medida que el tiempo pasó utilizaba una sola cámara y exprimía los ajustes de la misma hasta tal punto que, incluso a veces, ni sacaba el flash de la pequeña bolsa que portaba con él. Así, el chato, estaba casi condenado a quedarse sin trabajo, pero los años acompañándonos y un accidente que dejó de baja a uno de los hombres de campo del laboratorio, hacía casi dos años ya, le permitieron seguir con nosotros hasta el día de hoy. Subí despacio los veintiséis escalones que en dos tramos separaban la tercera de la cuarta planta y con el sol a un palmo del suelo entrando por el cristal del pequeño hall giré a la derecha para buscar la 419.
El agua de la ducha tardó más de quince minutos en alcanzar los cuarenta y seis grados con los que me gusta abrasar mi cuerpo. Al salir de la bañera el vaho lo cubría todo y me senté en el suelo sobre una toalla, respirando aquella humedad tan poco común en aquel rincón del país. En el suelo y las paredes dibujé con mi dedo sobre el hálito que todo lo empañaba. Dibujé letras, dibujé números, dibujé un halcón con una flecha de incertidumbre clavada en el pecho y dibujé una luna alumbrando una pareja de lobos que se alejaban de la manada con el rabo entre las piernas. Entonces escuché tres golpes secos sobre la puerta de entrada. Anudé una toalla a mi cintura y me acerqué a la puerta en silencio. Mis ojos buscaron la beretta al otro lado de la habitación, sobre la silla, bajo mis pantalones, pero descarté acercarme a por ella por algún motivo. Entreabrí la puerta afirmando con fuerza el pomo y al asomar mi cara pude ver la suya. Me sonrió desde encima de sus tacones.
Feliz cumpleaños flaca, dije a aquella mujer mientras mi corazón aceleraba hasta el infinito.
Y tu piel es blanca como esta mañana de enero demasiado hermosa como para ir a trabajar. Sin pestañear hablamos con el jefe un cuento chino y, como niños, nos volvemos a acostar. Se supone que debía ser fácil ¿Tienes frío? Pero a veces lo hago un poco difícil. Perdón. Suerte que tú ríes y no te enfadas porque eres más lista y menos egoísta que yo ¿Todavía tienes frío? Bueno, cierra los ojos un minuto que te llevo a un lugar.Imagina una calita, yo te sirvo una clara. Es verano y luce el sol, es la costa catalana. Estamos tranquilos, como anestesiados. Después del gazpacho nos quedamos dormidos mirando el Tour de Francia en la típica etapa donde Lance gana imponiéndose al sprint con un segundo de ventaja en el último suspiro colgándose a sus hombros el maillot amarillo. De nuevo al chiringuito, un bañito, un helado de pistacho y un partido al futbolín. Lanzamos unos frisbis, jugamos a las cartas y acabamos cenando sardinas y ensalada. Bebemos, dorados. Hablamos, callados. La luna, la sal, tus labios mojados. Me entra la sed y pido una copa y España se queda en cuartos en la Eurocopa.
Pero nos da igual, hoy ganaremos el Mundial. Subimos a casa, hacemos el amor y sudamos tanto que nos deshidratamos. El tiempo se para, el aire no corre. Mosquitos volando y grillos cantando y tú a mi lado muriendo de sueño. Cansada, contenta, me pides un cuento y yo te lo cuento, más bien me lo invento. Te explico que un niño cruzó el universo montado en un burro con alas de plata buscando una estrella llamada Renata que bailaba salsa con un asteroide llamado Julián Rodríguez de Malta. Malvado, engreído, traidor y forajido. Conocido bandido en la vía láctea por vender estrellas independientes a multinacionales semiespaciales. Y te duermes………
Esperamos el fin del mundo.
Esperamos unidos el momento. Ese momento que acabará con esta extraña sensación.
¿Como explicar algo que no comprendo? ¿Como sabré que ha llegado?
Agarramos nuestras manos y en un gran circo cerramos los ojos alrededor del guía.
Apenas unos minutos nos separan del gran momento.
Los corazones suenan como uno solo interpretando una marcha de fe.
Las voces dejan paso a los susurros. Los susurros a el respirar de una gran maquina, una maquina engrasada de esperanza para durar hasta este momento. Una maquina que nació un día lejano en nuestra memoria y que fue devorando almas para terminar hoy.
Miramos alrededor, miramos al cielo. Buscamos el retrasado cometa que debía haber llegado. Observamos los gestos del gurú ante la inesperada normalidad.
Ahora nuestra fe se acrecienta, nuestras creencias han tomado fuerza.
Debemos contarlo al mundo. Debemos enseñar la grandeza de nuestra hermandad.
Debemos gritar que nos acompañen, que puede ser un día perfecto.