Calor. Treinta y dos grados. El hilo que nos une. Trompetas y piano La vuelta. Queso, pizzas y cola. Calor. Treinta y dos grados. Se desborda el improvisado lecho. Piel empapada en agua caliente y sudor. Lluvia hirviendo baña el deseo que nos mantiene unidos allí. Oscuridad. Papaya. Tu cabeza gira sobre tu cuello intentando ver lo que embriaga mi vista. Labios húmedos que se buscan en suaves movimientos. Tabaco y chicle. Humo y saliva. Tu puente. Tu duro vientre. Tu desmedido sexo. La una y veintiséis. La puerta a tu cuerpo. Mi estancia en ti. Tu cara, tu boca, tus susurros. La forma en que me rodeas y presionas. Morfeo Ciento sesenta minutos. Ocho alarmas. Tus ojos cerrados, tu respiración, mis pupilas fijas en ti. Calor. Treinta y dos grados. Ducha, ropa, ascensor, giro a la izquierda y el adiós en el semáforo bajo el temprano amanecer de tu ciudad.
Tengo ronca el alma de quererte
en esta soledad llena que me ahoga.
Tengo los ojos llenos de luz de imaginarte
y tengo los ojos ciegos de tenerte.
Tengo mi cuerpo abandonado al abandono.
Tengo mi cuerpo tiritando de no poder tocarte.
Tengo la voz tosca de hablar con tanta gente
y tengo la voz preciosa de cantarte.
Tengo las manos agrietadas de la escarcha
y tengo las manos suaves de en el cielo acariciarte
Tengo soledad, luz, alegría, tristeza,
rebeldía, sabor, sonrisas y lagrimas.
Pero, también te tengo a ti, preciosa,
caminando por las venas junto a mi sangre
Hoy, frente al papel estoy en blanco y supongo que habrá una respuesta para ello. Seguiré buscando.
(How many roads must a man walk down
Before they call him a man
How many seas must a white dove sail
Before she sleeps in the sand
How many times must the cannonballs fly
Before they are forever banned
The answer, my friend, is blowing in the wind
The answer is blowing in the wind
How many years can a mountain exist
Before it is washed to the sea
How many years can some people exist
Before they’re allowed to be free
How many times can a man turn his head
And pretend that he just doesn’t see
The answer, my friend, is blowing in the wind
The answer is blowing in the wind
How many times must a man look up
Before he can see the sky
How many ears must one man have
Before he can hear people cry
How many deaths will it take till he knows
That too many people have died
The answer, my friend, is blowing in the wind
The answer is blowing in the wind)
El protagonista de mi relato de hoy se llama Tomas, Tomas Delgado Bartolomé y es un presunto hijo de puta.
El presunto hijo de puta circulaba presuntamente a unos ciento once kilómetros por hora cuando arrolló a un muchacho que andaba en su bicicleta. Presuntamente nervioso, se bajó de su coche de presunto presuntuoso y presuntamente nervioso se bebió varios presuntos pelotazos para quitarse los nervios mientras llegaba la policía y el juez venía a levantar el cadáver del presunto irresponsable joven.
El caso es que este presunto malnacido acabó explicando a unos presuntos sagaces miembros de las fuerzas de seguridad del estado que el joven había arrollado su vehículo tirándose desde una cuesta cercana que desembocaba en la vía publica por donde él y su querido Audi, ahora abollado, circulaban tranquilos. La voluntad de la justicia ( o tal vez solo la de un Juez ) quiso que este presunto borrachín (un tipo que se bebe unos pelotazos esperando que lleguen los policías después de haber matado a un crío tiene sin duda un problema con el alcohol) con cara de cocainómano, saliera libre de todo cargo, a pesar de que la bicicleta del irresponsable chiquillo esté solo dañada por atrás lo que contradice la versión del borrachín y los pobres informes de los sagaces agentes.
Ahora, inflado de indignación porque su seguro no le paga los desperfectos que su vehículo tuvo, ha decidido denunciar a los padres del muerto para que le paguen el arreglo de su flamante coche.
Que el personaje del relato es un hijo de puta de mierda no tengo ninguna duda. Pensar que su mezquindad está directamente relacionada con la ineficacia del sistema judicial que reina en determinados aspectos de nuestro país me sume en una profunda tristeza.
Mis deseos respecto al final de esta historia son claros. Alguien debería meterle un tiro en la cabeza a este necio y pedir a sus padres que pagaran el arreglo de la bala, así como los costes de extracción de la misma de la cabeza vacía de este hijo de puta que me hace avergonzarme de ser de la misma especie que él.
Al director de este último vídeo le ha dado por que estos chicos peleen entre ellos de manera continua. Van dos de dos, ni Yoko Ono vamos.
Algunos de los videoclips del director Cristian Pozo me han parecido muy buenos pero este en concreto no acaba de gustarme. Supongo que el lenguaje visual del poco anime televisivo que tengo grabado en mi cabeza, me impide asimilar como real esta lucha de espadas.
Su trabajo Anonymous le ha valido más de un merecido reconocimiento que, después de tanto buen trabajo visual, ya estaba tardando en llegar.
Sentado frente aquel hombre, con dos tazas de café hirviendo sobre la pequeña mesa de mármol en un acogedor rincón de aquella céntrica cantina, escuché por primera vez, de sus labios cortados por el aire del desierto, la historia del hombre estúpido.
Según el viejo, que bebía cortos tragos de su botella de tequila entre sorbo y sorbo de café, el hombre estúpido vivió cerca de aquella ciudad durante toda su vida. Pensaba aquel necio, relató mi anfitrión, que él era el centro de todo. Una vez cuando por motivos cayó en sus manos un tratado de física que un muerto abrazaba, se dijo a si mismo, tras leerlo sin entenderlo del todo, que Newton era solo un zoquete con suerte. Nunca leyó mucho más que los envoltorios de las patochadas que consumía, pero aún así sostenía que algunas de las grandes plumas de la escritura mexicana no eran más que pobres diablos incapaces de contar algo de manera interesante. Era la novia en la boda y el muerto en el entierro, y es que ese tipo sostenía que era el mejor en su oficio. Alguna vez llegó a decir que aquella ocupación no había sido un trabajo digno hasta que él comenzó a desempeñarlo. De su padre, que siendo él joven le enseñó casi todo lo que sabía, solía decir que nunca fue nadie por su falta de confianza en si mismo. El estúpido hombre era enterrador.
No tenía una base firme acerca de como se colocaban los ladrillos para construir una tumba sólida, segura, robusta, pero estaba convencido que con actitud, y sintiéndose superior que el resto de enterradores de la comarca, a los que lejos de considerar colegas trataba con desprecio cada vez que tenía ocasión, ofrecía un impagable beneficio a la ciudadanía. Cada vez que alguien moría, él era el absoluto protagonista. Llegó alguna vez a decir a la viuda de un querido industrial de aquellos lares, que por favor no le guardara rencor, que él tenía que hacer su trabajo y que aunque disfrutaba arrojando paladas de arena sobre el féretro, paladas que nadie era capaz de arrojar con tanta elegancia, recordó, no pensara que era nada personal.
Mantenía grandes polémicas con el capellán. Cuando este intentaba decirle, que su trabajo debía solo ser una labor anónima y que si practicaba y perfeccionaba sus habilidades de albañilería, quizás algún día podría realizar otros trabajos; construir casas, bruñir fachadas, cubrir tejados; con el tiempo incluso ayudar en los trabajos de construcción de iglesias y ermitas (que para el capellán era lo más digno, sagrado y honorable que se podía construir), aquel idiota contestaba que le dejara, que no le tratara como al resto de sus tontos, esos inferiores mentecatos que enterraban gente en cementerios de segunda y de cuyos nombres nadie se acordaría nunca.
El boticario de “La palotada” no pudo decirme ni una sola buena palabra sobre aquel egoísta tipo en los más de tres días que conviví con él en la trastienda de su negocio. El tremendo ego que gobernaba su vida fue lo que nos llevó a reaccionar y acudir en masa aquel día, dijo uno de los aburridos parados que cada mañana se sentaban al sol junto a la puerta del taller de cuero anexo a la botica. Era como estropearle su gran fiesta, su sueño. Soñó sin duda el enterrador con su propio entierro como un entierro desierto, vacío de amigos, ya que siempre pensó que todos le odiaban por las supuestas envidias que su legado levantaría en el mundo entero. No se recuerda un entierro tan concurrido en la historia del estado de chihuahua, posiblemente en todo el país. Vinieron gentes y enterradores de todas partes, algunos incluso de Guatemala, para despedirse del idiota más grande del mundo.
Aquel mismo día, de la lapida fue borrado el nombre de aquel a quien todos recuerdan como un absoluto imbécil. Un sin nombre.
Con 64 años ha muerto el mejor ajedrecista de origen Norteamericano de todos los tiempos. Después de ser insignia Norteamericana, más allá de los tableros de ajedrez entre los años 72 y 73 por sus victorias al campeón ruso Spassky, fue perseguido e incluso incluido en las listas de personajes más buscados por el FBI por desobedecer a su gobierno sobre la participación en un torneo en el 92 en la antigua Yugoslavia cuando había una importante tensión política en la zona ademas de un bloqueo por parte de los EEUU a Belgrado.
Acabó pidiendo asilo político en Islandia donde ha vivido hasta hoy.
Recuerdo estos versos, cubiertos bajo la acústica del Olympia de París, casi desde que tengo uso de razón. Recuerdo una cassette negra dando mil y una vueltas en aquel viejo radiocassette a pilas en noches de camping, y recuerdo como podías escuchar esta canción en especial, horas y horas.
Por ti.
- Recuerde el alma dormida
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer ,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.
- Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
e acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo non venido
por pasado.
Non se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
por tal manera.
- Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
e consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
e más chicos;
i llegados, son iguales
los que viven por sus manos
e los ricos.
- Dejo las invocaciones
de los famosos poetas
y oradores;
non curo de sus ficciones,
que traen yerbas secretas
sus sabores;
a Aquél sólo me encomiendo,
Aquél sólo invoco yo
de verdad,
que en este mundo viviendo,
el mundo non conoció
su deidad.
La quería, no podía cerrar los ojos sin verla, allí, como impresa bajo la piel de sus parpados.
Ella guardaba lo mejor de si para él. Su calor, el fuego calmado de sus ojos tras aquellas pestañas enormes. El olor a oasis de su cuerpo.
Cuando Sayd la miraba descansaba, descansaba sabiéndose seguro a su lado. Pasaba largas temporadas sin ella, temporadas recordándola en Qasr Hamid a orillas del Tigris y en las que su paradójico deseo era no volver a verla jamás. Otras, esperaba el momento de recuperarla. Recuperar su alma sin preguntas. Sin condiciones.
Nunca volvió de aquel mercado.