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Mañana cuando te levantes no serás igual.

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Aquel hombre me habló de libros de historia. Me habló de Séneca, Confucio, Isaías, Parménides. Me habló de la era axial. Uno por uno fue narrando en orden cronológico acontecimientos históricos que, quizás no convertían en verdad sus palabras, quizás no confirmaban la autenticidad de la astrología como ciencia, pero si le concedían, en mi opinión, el título de experto en historia de la humanidad.
Para cada uno de los sucesos tenía una carta memorizada en su cabeza, una carta que alienando su conciencia, alineaba astros, cometas y nebulosas, y que a su juicio eran, sino la explicación a todo, si la causa de su origen.
El astrólogo, al ser preguntado por el hombre que buscaba y al que él había podido ver no hacía mucho tiempo, bajó su cabeza y con la mirada clavada en una taza vacía describió como en sus ojos habitaba el fuego del Sol salpicados por un denso y pesado magma de Mercurio. Un fuego que no quemaba, un fuego frío que congelaba a aquellos a los que aquel hombre miraba. Incluso él fue congelado por aquella mirada. Solo una vez, contó haber sentido algo así. Una vez, que permaneciendo en trance pudo ver (y sentir como suyo) el sufrimiento de miles de corazones que ardieron juntos un seis de agosto al otro lado de un gran mar, allí donde el sol nace. los gritos de esos corazones le asustaron tanto que temió no poder volver a dormir jamás. Pasado un tiempo lo pudo hacer.
Hacía cuatro días que miró al hombre que yo buscaba. Hacía cuatro días que los ojos de “El Jinete” le habían congelado el alma. Hacía cuatro días que no dormía.
Se cumplen hoy diecisiete años de la incursión terrestre en territorio de Iraq en la llamada guerra del golfo.
Durante poco mas de un mes, el anterior a esta incursión (17/01/1991-24/02/1991), el ejercito estadounidense atacó desde el aire las posiciones de Iraq destruyendo en ese tiempo unos 1300 tanques, 800 vehículos armados y mas de 1100 piezas de artillería. Todo esto sin tener practicamente bajas entre sus filas. Las tropas del papá del actual comandante en jefe se limitaron a jugar a los marcianitos con las posiciones enemigas.
Hoy mientras conversaba con mi compañero de sacrificios de fin de semana, me comentaba como esta supremacía aérea absoluta, es muy posiblemente la responsable en parte de como se sucedieron determinados acontecimientos históricos posteriores que tuvieron entre otros resultados la actual situación en la antigua Yugoslavia, incluidos los acontecimientos de la semana pasada.
Por supuesto no comulgo en absoluto con la prostitución de la palabra que titula la canción que aparece en este vergonzoso vídeo.
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Te soñé a mi lado otra vez.
Te soñé flaca, libre, desnuda
te soñé empapada saciando mi sed.
Te soñé inmóvil, febril, abatida.
Soñé tus efluvios, susurros, temblores
Soñé el calor de tu boca y tu piel como abrigo
Soñé en abrazarnos por fin sin temores
Soñé en una noche eterna contigo
Soñé días, meses, años
Soñé que soñaba sueños extraños
Soñé en verte llegar al lugar donde reinas
Soñé besarte donde todos te observan
Al fin soñé despertar
y al despertar soñé que soñabas
e insomne soñé que nunca tu estabas
que no estarías, y deje de soñar.
El sueño

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El club la cucaracha, se encontraba en el extremo, ni siquiera en medio de ningún sitio.
Allí fue donde encontré la pista de la que tiré hasta llegar a esta fría ciudad.
La encargada del local me envió al norte, cerca de la frontera. Durante un tiempo perdí el rastro, hasta que Felisa, una de las chicas que trabajó con ella en Tijuana, me mostró una postal llegada desde Coronado. Del itsmo a Encinitas, Oceanside, San Clemente, El toro y por fin Los Angeles. No se cuanto tiempo busqué hasta que alguien me dio el nombre de una nueva ciudad. Berlín. ¿Berlín, en Alemania?, asintieron con la cabeza. Parece que había encontrado demasiadas dificultades para poder crecer profesionalmente en la tierra de los gringos. Partió hacia Wolfsburg donde existe una enorme colonia de compatriotas que trabajan en la fabrica de automóviles y después de unos meses allí, se mudó a Postdam. Cada día se acercaba a trabajar como Go-Go a Berlín a varios de los locales de la ciudad. A medida que pasaba el tiempo, cambiaba el perfil de los clientes de los locales por donde iba pasando, aumentando su cache y extendiéndose su fama.
El día que por fin la vi, contraté sus servicios para que bailara para mí en una mesa circular del Dollhouse de Hamburgo. Mirándola, semidesnuda, hubiera ingerido litros del tequila que Adolfo (el suicida que quiso poner fin a su vida cinco años atrás al enterarse a que se dedicaba ella) bebió antes de subir al balcón. Me limité a mirarla. Una de las veces en las que ella acercó su boca a mi cuello le susurre al odio, ¿como lo haces?
Paró de bailar, se puso en cuclillas frente a mí con las piernas tan flexionadas que sus rodillas parecían las afiladas puntas de dos lanzas paralelas. Como dijo el cantante, para convencer a un hombre de que le amas hay que temblar, temblar como si fuera la primera vez, como si después de estar a su lado tuvieras que largarte obligada y no quisieras hacerlo. Se quedó en silencio mirando fijamente mis nublados ojos y, con su mexicano acento, me preguntó si esperaba a que terminara su turno.
Cenando horas después le conté la promesa que había realizado al suicida y entre amargas risas me atreví a decir, Pasemos la noche juntos, te necesito como nunca.
La foto pudo ser de kovayassy, pero le quitaron la cámara al entrar.

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Las princesas huelen a desamor y number one. Las princesas se duelen de idiota que es uno. Las princesas no saben saltar los muros de la estupidez y es por eso por lo que siempre acaban heridas, golpeándose ante mezquinos ogros aspirantes a caballeros.

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Logré convencer a aquel pendejo de que no saltara, solo después de escuchar su historia. Aferrado a aquella cornisa como si temiera caer, contradicción que nunca he entendido en aquellos que deciden un día cruzar los barrotes del balcón para saltar, me relató con tristeza como su vida quedó marcada un día cercano a aquel en el que nos encontrábamos. Narró como el ascensor cerró sus puertas tras ellos. Su olor lo invadía todo, me dijo cerrando los ojos. Si te fijabas bien en aquel hombre podías percibir como las aletas de su nariz se desplegaban mientras describía el olor que inundaba su cerebro. Recordó los últimos besos contra el espejo de la austera cabina del elevador, unos besos que acabaron llenándole de melancolía cuando deberían haberle alegrado. Contó como el botón de stop parecía parpadear cambiando de color junto a su mano, como incitándole a ser pulsado para permitirle así vivir con ella, en aquel reducido espacio, durante el resto de su vida. Al alcanzar el piso bajo, las puertas jugaron a separar sus perfiles y a través de la la abertura, que crecía en las décimas de segundo siguientes, entró una luz que les rodeó iluminándoles y poniendo fin a una efímera, casi instantánea velada.
Nunca más pudo verla y el dolor que aquello causaba, el dolor y casi botella y media de tequila “Los suicidas” (de donde personalmente opino que sacó la idea de quitarse la vida), consiguieron que acabara allí subido contándome su historia en una inapacible noche de caluroso invierno.
Bajó llorando como un niño de allí.
Juré encontrar a aquella mujer, maldiciendo el día de los enamorados.

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El pasado viernes mientras esperaba que mi avión me trajera de vuelta a casa, ocupé el tiempo, en la sala de embarque de un enorme aeropuerto, en fotografiar los carteles de publicidad que estaban allí expuestos.
Por supuesto las imágenes originales no son mías, pero si lo es, la manera en la que las interpreté a través de la cámara de mi teléfono móvil.
Espero que les gusten.
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Dije que no lo haría pero no puedo.
Esta es una historia de ambiciones, como casi todas. Una historia de mentiras, de mezquindades, de héroes y villanos. En la historia hay príncipes malvados, brujas que jamás podrán ser princesas (ni presidentas de España) y muertos, demasiados muertos.
A esta historia le falta un principio. Siempre que en los últimos tiempos ha sido contada por alguien, se omite como la historia empezó. Generalmente es este un recurso muy utilizado para manipular las primeras impresiones de quien las escucha. La historia comienza con un área de salud publica obligada con engaños, promesas de vida mejor y otras artimañas, a aceptar que cada uno de los centros públicos hospitalarios que la componían se unieran al reverso tenebroso. Convertirlos en FUNDACIÓN. Esta palabra que parece englobar y ensalzar valores positivos, en este caso solo son positivos para los gestores de la misma y los adeptos a privatizar todo lo público con la excusa de que una gestión empresarial de lo mismo, haría subir su rentabilidad, eficacia y por lo tanto rendimiento económico (Este es uno de los pilares del pensamiento neocon representado en España como uno de sus máximos exponentes por el fichaje estrella del partido popular el señor Pizarro). Cuando las orzas conquistadoras de Esperanza Aguirre, capitaneadas por Lamela, llegaron a las puertas del Hospital Severo Ochoa de Leganés, se encontraron ante ella la resistencia de un grupo irreductible que luchaba por motivos de ética, de convicción y que suelen ser motivos más incomprensibles, alocados y por ello más impulsivos que los económicos, de los que traían cargados las sacas los invasores. Ante tal oposición y tras varias escaramuzas los neocon de la comunidad de Madrid se retiraron, pero no se rindieron. Supongo que a estas alturas de historia ya se imaginan el nombre de uno de los médicos que lideró el estoico movimiento de la aldea gala en la que se transformo el Hospital.
Meses después, la denuncia anónima y el ataque del siervo Lamela, que utilizando los recursos que un gobierno autonómico puso a su disposición abrió la batalla con la que normalmente comienza a ser contada esta historia.
Una vez más, la mezquindad de Urdazi y la cara dura del señor Rodríguez me sacaron de mis casillas anoche. A punto estuve de necesitar sedación para que mis vecinos no escucharan mis alaridos e insultos a esos dos tristes personajes que mentían y manipulaban en televisión como solo ellos saben hacerlo (Recuerden a Urdazi y sus CCOO).
Es cierto que en el hospital de Leganés moría mucha gente, pero también es cierto que era el único lugar de toda la zona sur de Madrid donde se atendía (en gran número) a estos enfermos ya que era el único no convertido en fundación y por ello el que mas atención ponía en los servicios de urgencias a este tipo de especial paciente. Es cierto que ahora muere menos gente en el servicio de urgencias, pero básicamente por que se atiende a menos personas, y a los que se atiende se les ingresa en planta donde mueren, general y afortunadamente descansando en paz.
Llegado a este punto pienso que en esta historia y el avanzado estado en el que se encuentra nuestra campaña electoral mucho ha de decir el clero en esto. Escribía Millas el viernes que Rouco ha sentado en sus rodillas a Rajoy y que metiéndole la mano por el culo (bueno, esto lo digo yo) manipula sus gestos y cada una de las afirmaciones o negaciones que el líder realiza. El Nacionalcatolicismo del que hacen gala en los últimos tiempos los dirigentes religiosos de nuestro país, tiene mucho que ver en esta historia. Y es que el sufrimiento es la única manera de llegar al reino que prometen, por lo que si se seda a un moribundo tal vez no sufra lo demasiado como para alcanzarlo. Creo que a esto es a lo que Rajoy se refería el otro día frente a Gabilondo cuando decía insistentemente, que él haría lo posible por que el enfermo moribundo viviera. Supongo que lo que quería decir era: Rezaré, rezaré en voz alta para no escuchar el sufrimiento agónico de aquellos a quien quiero, pero nunca lo sedaré para que los poderosos obispos no se enfaden conmigo y me quiten su apoyo.
En lo personal todas las veces que he necesitado los servicios del Hospital Severo Ochoa en lo relativo a ayudar a que alguien muera dignamente (demasiadas en poco tiempo), el comportamiento de todo el equipo medico y en general de todas las personas que de alguna manera atienden o intervienen en estas circunstancias ha sido tremendamente humano e impecable.
Al señor Rajoy , a Esperanza, a Lamela, a Urdazi y a Rodríguez solo puedo desearles que no encuentren nunca a un doctor de estos que sedan, y que en la hora de su muerte sufran, sufran mucho tiempo y griten muy alto. Así el señor Rouco que ojalá viva para escucharles les ayudara rezando por ellos a alcanzar el cielo que les promete en cada una de sus homilías.
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