En aquel autobús, entre las luces de un sol que subía para golpearnos con su calor y las sombras de una ciudad que cada vez me dolía más abandonar, comencé la historia de aquello que pudo ser.
Hablé de los vestidos de tus muñecas, de las luces verdes del bar de Bobby, de miles de ojos que fijaban su vista en un luminoso rectángulo mientras nos besamos. De desilusión. De cansancio y miedo, de caricias y miedo. Hablé de neveras vacías, de fin de mes, de supermercados esquilmados y apartamentos tan siniestros y solitarios como yo. Pensé en las raíces que poco a poco fui dejando crecer entre tus piernas y de las hojas verdes que brotaban en mis manos regadas por la lluvia de un parking vacío. Lluvia salada de ojos vidriosos, lluvia que manaba de tus labios. Hablé de las estrellas que habitan bajo tu falda, esas que vi reflejadas en uno de los muchos charcos que aquellas tormentas dejaban. Tormentas eléctricas que nacían de nuestras diferencias y que la mayoría de las veces erizaban nuestra piel. Y escribí, con reparo, pero escribí, de aquellas pesadillas que me situaban en el olvido de un cementerio lleno de huesos de otros que como yo, corrieron rápido junto a ti, quemando el combustible que les entregabas sin pensar que un día, quizás lejano, quizás cercano, se agotaría para ellos.
Pd: Sé que reincido en el músico, pero no puedo salir de su álbum “Salitre 48″
“Dejé de ser uno de los mejores cuando me domesticaste y no me arrepiento”.
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Entonces apareció el zorro:
-¡Buenos días! -dijo el zorro.
-¡Buenos días! -respondió cortesmente el principito que se volvió pero no vio nada.
-Estoy aquí, bajo el manzano -dijo la voz.
-¿Quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!
-Soy un zorro -dijo el zorro.
-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!
-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.
-¡Ah, perdón! -dijo el principito.
Pero después de una breve reflexión, añadió:
-¿Qué significa “domesticar”?
-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?
-Busco a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa “domesticar”?
-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?
-No -dijo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa “domesticar”? -volvió a preguntar el principito.
-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa “crear lazos… “
-¿Crear lazos?
-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos. Y no te necesito. Tampoco tú tienes necesidad de mí. No soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo…
-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor… creo que ella me ha domesticado…
-Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.
-¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito.
El zorro pareció intrigado:
-¿En otro planeta?
-Sí.
-¿Hay cazadores en ese planeta?
-No.
-¡Qué interesante! ¿Y gallinas?
-No.
-Nada es perfecto -suspiró el zorro.
Y después volviendo a su idea:
-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sól. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.
El zorro se calló y miró un buen rato al principito:
-Por favor… domestícame -le dijo.
-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.
-Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, Ios hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!
-¿Qué debo hacer? -preguntó el principito.
-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca…
El principito volvió al día siguiente.
-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejempló, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunça sabré cuándo preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.
-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.
-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando eI día de la partida:
-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.
-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique…
-Ciertamente -dijo el zorro.
- Y vas a llorar!, -dijo él principito.
-¡Seguro!
-No ganas nada.
-Gano -dijo el zorro- he ganado a causa del color del trigo.
Y luego añadió:
-Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.
El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:
-No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:
-Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.
Y volvió con el zorro.
-Adiós -le dijo.
-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos.
-Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.
-Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.
-Es el tiempo que yo he perdido con ella… -repitió el principito para recordarlo.
-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa…
-Yo soy responsable de mi rosa… -repitió el principito a fin de recordarlo
Miraba por la ventana de aquel tren plateado que le llevaba de vuelta a su vida. Contemplaba los verdes campos de un anormal julio. Miraba el paso de las catenarias, paralelas al horizonte que creaba el marco de la ventana tintada, cuando el sueño le llevó a el mar del norte. Frías olas y orillas con verde musgo entre el Elba y el Weser. Al despertar viajó veinte años atrás. A ambos lados del estrecho transporte un desierto, tan conocido como olvidado, se expandía hasta donde su vista podía alcanzar. Sus ojos brillaban congelados en los pálidos reflejos que aquel árido paisaje grababa en los cristales. Miró y creyó ver (y reconocer) “casas viejas” pero luego se dijo a si mismo que no podía ser, que aquel lugar estaba demasiado retirado del mundo como para que a nadie se le hubiera ocurrido hacer pasar un tren por allí. Miró absorto y se vio subido en algún oxidado AMX30, de pie, sobre su pesada epidermis de chapa. Con los ojos abiertos (pero cerrados) imaginó el ruido de los TOAs y BMRs avanzando en fila por polvorientos caminos. Creyó ver a Chamorro, feliz, viviendo y disfrutando en aquella guerra ficticia para soldados aburridos y empapando de aceite los laterales de uno de los carros. Luego sintió el ruido de los proyectiles, los helicópteros volando bajo, llenando de aquel ocre polvo cada uno de los orificios de su piel y pudo sentir más tarde en su nuca el frío de aquellas mañanas de enero. Y se vio de nuevo, esta vez calentando el metálico grifo de un aljibe congelado con un soplete y aspirando la especial atmósfera creada por el acetileno y oxígeno.
Al bajarse del tren miró al suelo. Temió encontrarse con la sombra de lo que pudo ser en aquella renovada vieja estación.
Hacía mucho mucho tiempo que no sentía tanta vergüenza ajena mezclada con asco e indignación. La cadena de la basura absoluta se ha superado con el último reality de sobremesa. Justo ahora que los niños y niñas de nuestro país acaban pronto el cole y que muchos de ellos inevitablemente (aunque esto es cosa de sus padres) acabarán delante de la caja tonta, se estrena esta mierda que es lo más parecido a un antiguo mercado de esclavos. Supongo que la ministra de igualdad no tiene mucho que decir en este caso ya que paridad, la hay. Un día se venden esclavas y otro día esclavos. Me resultan igual de desagradables ambas versiones del programa. Lo peor es que seguramente algunos de ustedes no sepan de lo que les hablo y sin embargo yo estoy indignado por haber visto lo que he visto. Quizás me lo merezco, tal vez sea demasiado humano.
Imagino que rifar tu propio piso, aunque sea porque no hay otra manera de salir adelante, es un delito y que aquel que ose atreverse a hacerlo ha de ser advertido por las autoridades. Sin embargo estas rifas de cuerpos de gimnasio y cabezas de chorlito no solo son admitidas por la ley sino que ademas se consiente que se realicen en la plaza del pueblo más grande de España. Un plató de telecinco, que como buena plaza de pueblo está lleno de paletos como yo.
Y volví a pisar aquel camino angosto por el que solías acompañarme al colegio. Piedras y barro a orillas de un maizal en el que quedaban poco más que algunos de los graneros que entonces hubo. Y por un momento me pareció que nunca salí de allí, que estuve junto a ti todos estos años, caminando por aquel camino en el que jugábamos corriendo hasta llegar al río. Y entonces pude oler los pequeños frutos de aquellos arboles que parecían los únicos que no habían cambiado en este tiempo. Me senté, cerré los ojos y viniste a mí. Tu estirada figura salía de entre las retamas y me decía que no dejara de soñar, que los sueños me mantendrían viva. Y de allí volé al cuarto trasero de aquella botica, me vi comiendo aquellas meriendas, galletas y compota. Y vi a mi madre con su bata blanca frente al mostrador. Y me vi crecer y vender vendas entre libro y libro. Recordé las tardes de verano y tuve la sensación de haber vendido más jeringuillas de las que los laboratorios del mundo podían fabricar y entonces uno a uno, ante mí, pasaron todos los jóvenes de aquella mi generación, pero no los vi como eran sino como acabaron. Demacrados, deshechos y con ojos y voz de buenas personas. Y te vi de nuevo. Te vi padre, tirado en el suelo, te vi sangrando con aquel trozo de cristal clavado en el cuello y vi llorar a aquel chico que parecía una buena persona y que temblaba con el resto de la botella en la mano. Y entonces al mirarle a los ojos su cara fue la mía y convertida en buena persona me vi aquí donde estoy ahora, años después, tirada en este portal con la aguja en el brazo y soñando, como una vez antes de este sueño me dijiste que hiciera.
Es fantástico como un buen guión puede llevarte donde quiera. Siempre me fascinaron los filmes que te marean y dan vueltas hasta perderte en un mar de preguntas que en pocos segundos son contestadas de manera magistral. The game, Usual suspect, Mulholland drive, son algunas de esas obras donde uno se siente vapuleado por el guión cuando el final te desvela la realidad de lo que has visto desde tu butaca.
En este caso me quito el sombrero ante los encargados de construir un personaje que poco a poco fue apoderándose de mi corazón a medida que iba saliendo de ese lugar del cerebro donde alojamos lo que nos desagrada. Si el final de la temporada de Perdidos me dejó congelado y ansioso de nuevos capítulos, el final de esta temporada del señor Doctor, me hizo soñar con ángeles.
Termino de ver el cierre de la cuarta temporada de Perdidos, la serie del señor J J Abrams.
Ya antes de comenzar las aventuras de estos poco ortodoxos náufragos estuve enganchado a la anterior creación de este señor, la poco valorada ALIAS. El caso es que justo ahora después de ver el doble capítulo que cierra esta temporada tengo mas cara de bobo que cuando cerraron la primera. EL tremendo giro que la serie ha dado ademas de los “increíbles” y sorprendentes sucesos que en esta temporada han tenido lugar me tienen en este momento sentado ante la pantalla deseando, necesitando, que comience la próxima temporada y pongan algo de luz sobre la oscuridad en la que en estos momentos la serie me ha sumido.
Llámenme freaky si quieren, pero si no quieren parecerse a mí, no comiencen a verla.