A veces me gustaría creer en el cielo (o infierno) y en un tiempo infinito en el que disfrutar de lo que a uno le gusta de verdad.
Me gustaría pensar que este hombre se pasará la eternidad jugando al billar, estafando incautos o pilotando veloces autos en algún circuito entre nubes.
La luna inundaba el suelo del pequeño cuarto donde habitaba. Sentada en uno de los rincones, fumaba y repasaba con el dedo las sombras que dibujaban las cortinas agitadas por el viento. Sentía miedo. Tenía miedo a dormirse. Las imágenes que ahora llegaban a ella, mientras intentaba descansar, diferían mucho de aquellos sueños que solo hace unos años pintaban sonrisas en sus labios. Solo hace unos años, cada noche soñaba con manzanas, manzanas verdes que brillaban en sus manos otorgándolas una luz que convertía cada uno de sus finos dedos en una décima parte de algo imposible de olvidar. Hermoso. Al despertar pasaba varios minutos buscando entre sus dedos aquellas frutas que habían llenado sus sueños de aromas y color. Poco a poco al desperezarse el olor de las manzanas desaparecía y al lavar su cara frente al espejo, se miraba a los ojos como diciéndose: Volverán. Y volvían, daba igual cual fuera el sueño, su trama, si podía recordarlo o no, cada mañana poco antes de despertar las manzanas regresaban a ella.
Una vez soñó con él. Fue su cuerpo, su olor, su piel, lo que buscó entre sus dedos en esos minutos después de despertar. Nunca más soñó con manzanas.
El cuerpo de Catalina Torres apareció en un pozo seco cerca de Tecate.
Hablábamos con ella y en sus ojos insomnes se reflejaba el miedo. Catalina era el séptimo cuerpo que aquella mujer encontró entre sus sueños.
Hoy me levanté, saboreaba una humeante taza de té, que afirmaba entre mis manos, cuando abrí la edición digital de un periódico e incrédulo pensé: Joder Zapatero, que coño has hecho.
Lehman Brothers ha quebrado, con ello, la caída de los mercados ha convertido el día de hoy en un lunes negro que ya veremos donde acaba. Lógicamente esto se debe a la terrible gestión que el gobierno de esta nación está realizando. Su imposibilidad para generar confianza, esa que los periódicos serios intentan mantener con sus titulares objetivos y sus concienzudas y tranquilizadoras editoriales, ha llevado a los capitales, primero los nacionales y ahora ya los extranjeros, a una insostenible situación que solo podrá ser solventada si los españoles pedimos con una sola voz y de manera firme, Váyase señor zapatero.
Hace unos años, ante la ceguera del pueblo para con la gestión de quién fue su mesías y guía, el señor González, un grupo de sabios (héroes diría yo), se unieron para convencer al pueblo del mal que este dirigente había hecho a la democracia española, haciendo la vista gorda a los desmanes de un grupo armado que asesinaba terroristas vascos. Durante casi cuatro años lo pregonaron día y noche, llegamos incluso a estar convencidos que cualquier noche esos desalmados entrarían en nuestras casas y confundiéndonos con terroristas nos pasarían a cuchillo delante de nuestras familias. Todo acabo con la entrada del salvador en la Moncloa. El mismo día que ese gran estadista comenzó a vivir allí el miedo se desvaneció.
Afortunadamente, hoy, los mismos, o casi los mismos sabios, que día y noche nos contaron las fechorías del Gal, están ya reunidos para hacernos entender que Zapatero es el demonio, que nada de lo que está pasando en España con el ladrillo, las bolsas, el paro, la llegada de inmigrantes o los accidentes de avión, pasaría si gobernase Mariano, y que incluso Dios está enfadado y descarga su cólera a modo de granizo para advertirnos de nuestro error en las urnas.
Los creadores del “Váyase señor González” ahora presentan, “A qué a que ha venido usted aquí “.
¿Cuanto durará? y lo que es más importante, ¿volverá Ansón a cagarla?
Decididamente, y visto lo visto, yo, de mayor no quiero tener cáncer, ni una muerte dulce y silenciosa. No quiero perder la cabeza , perder mis recuerdos y disipar lentamente a los míos de mi mente.
Yo quiero matarme en avión.
Morir en avión te garantiza un estatus. Morir en un avión te garantiza ser un muerto de primera, por encima de todos esos mindundis que mueren en una obra, un coche, una moto o un autobús. Si mueres en autobús por ejemplo, casi nadie debatirá en televisión sobre la seguridad de los mismos, aunque mueran treinta o cuarenta personas o incluso aunque esos accidentes se repitieran cada año, no darían para mas de dos o tres días de televisión. En un avión todo es distinto, se hablara de ti, bueno de ti y de los otros (así, en general, sin nombres), durante más de un mes.
Morir en avión te garantiza que los mejores bufetes de abogados (incluso los de EEUU) se interesarán por el dolor de tu familia, sentirán ese dolor como suyo y llegarán hasta las últimas consecuencias para sacarle al constructor del avión, o al dueño, o al piloto, o al responsable de aviación civil o al mismísimo demonio, si él es el responsable, lo que ellos valoran que compensará, en parte, tu muerte.
Morir en avión garantiza que los partidos políticos pedirán, en sesiones especiales, que los gobiernos no miren a otro lado, que se responsabilicen de la falta de infraestructuras y que asuman la parte de culpa que les toca (¿En que otra ocasión mi muerte podría generar un desgaste político?. Es fascinante aunque de ese desgaste solo fuera mia la ciento cincuentaicuatroava parte).
Morir en avión nos asegura que se pondrán medios para que a otros no les pase. Morir en moto no, por ejemplo, si te corta la cabeza un guardarrail es por dos motivos; primero, tú eres un temerario y segundo, los guardarrailes seguros son muy caros. Tal vez, si ciento cincuenta motoristas se matasen a la vez en el mismo guardarrail saldrían en informe semanal y tal vez los sustituyeran por unos seguros (por lo menos en ese fatídico tramo de carretera), pero no, realmente morir en moto no es un problema de estado.
Morir en avión permitirá a mis familiares un futuro mejor que si muriera atropellado por un tranvía, o si un tiesto me cae en la cabeza.
Morir en avión me garantiza un funeral de estado, y eso, eso si me convierte en un ciudadano de primera.
Curso de internet, lápices de ojos, problemas matemáticos, abanicos pintados a mano, el coche de Fernando Alonso, el Juan Sebastián el Cano, una casa de muñecas, las mejores novelas de terror, un tutorial de punto de cruz, relojes del siglo pasado, los secretos del pilates, un litro de leche de burra en el que se bañó Cleopatra, retretes de palacio. Aprenda a escribir su propio blog.
Con aquel montón de artículos, envoltorios, plásticos y cartones cubrí al kioskero (mi viejo), en cuya frente clavé el primero de los rosarios de otra estúpida colección.
Después volé para siempre de este sucio boulevard.