Most of the time
I’m clear focused all around
Most of the time
I can keep both feet on the ground
I can follow the path
I can read the sign
Stay right with it when the road unwinds
I can handle whatever
I stumble upon
I don’t even notice she’s gone
Most of the time.
Most of the time it’s well understood
Most of the time I wouldn’t change it if I could
I can make it all match up
I can hold my own
I can deal with the situation right down to the bone
I can survive and I can endure
And I don’t even think about her
Most of the time.
Most of the time my head is on straight
Most of the time I’m strong enough not to hate
I don’t build up illusion ’til it makes me sick
I ain’t afraid of confusion no matter how thick
I can smile in the face of mankind
Don’t even remember what her lips felt like on mine
Most of the time.
Most of the time she ain’t even in my mind
I wouldn’t know her if I saw her
She’s that far behind
Most of the time I can even be sure
If she was ever with me
Or if I was ever with her
Most of the time I’m halfway content
Most of the time I know exactly where it went
I don’t cheat on myself I don’t run and hide
Hide from the feelings that are buried inside
I don’t compromise and I don’t pretend
I don’t even care if I ever see her again
Most of the time.
Ojalá que puedan resolver cada dilema, cada obstáculo de los que este año aparezcan ante ustedes, con la relativa facilidad con la que esta pequeña resuelve sus primeros problemas.
Felices fiestas y gracias por estar ahí un año más.
“Hace no mucho fui al taller con mi viejo coche, no había acabado de abrir el capó del motor cuando el responsable de aquel negocio me dijo: ¿Dónde le han hecho a usted esta chapuza?
Llamé días después a un electricista desde casa, ya que uno de los enchufes, el que está detrás de el mural de madera de mi despacho, dejó de funcionar. El electricista me aconsejó que llamara al señor que me había reformado la instalación eléctrica de la casa, ya que él no quería hacerse responsable de lo que allí pudiera pasar. Alarmado, llamé a “el profesional” que años atrás renovó los cables de casa. Al llegar dijo que el problema radicaba en que el albañil que hizo las rozas y cajas, las había hecho pequeñas y que por eso los cables se tuvieron que quedar allí apretujados, motivo por el que ahora no funcionan. El albañil me recordaba perfectamente. No tanto a mí, pero si a la madre del carpintero que dejo tan poco espacio entre el mural y la pared para que él pudiera trabajar. O eso al menos dijo él.
Otro día, alentado por la facilidad con la que somos capaces de acusar al prójimo, fui al juzgado. Quería protestar, incluso denunciar, por el perjuicio que me causó una sentencia judicial del pasado. En ella un juez borracho, de conocidas convicciones ultra religiosas y adepto a regímenes anteriores, había dejado libre al asesino de mi abuelo, solo porque el mismo tenía tatuado un cristo del gran poder en el pecho. Protesté, pataleé, grité y lloré, pero no hallé en todo el juzgado a nadie que hablase mal del juez o de las fechorías que realizó en su extensa carrera.”
Una vez más la especie humana me hace sentir triste. Mientras los pobres somos capaces de destripar al vecino si con ello sacamos un plato de lentejas, los poderosos jamás tirarán piedras a su tejado. Por lo que pueda caerles a ellos más tarde.
Feliz Navidad señores del Consejo General del Poder Judicial. Espero que a ninguno de ustedes se les atragante su ostentoso menú de nochebuena con la noticia de que a uno de sus familiares les ha ocurrido algo terrible por culpa de las decisiones de algún necio endiosado. Esas que los Dioses necios toman desde su olimpo particular.
Aprovechando el tirón del formato aventura que Pekín Express introdujo en nuestra televisión, los originales ejecutivos de la A3 se han montado una vuelta al mundo y ya podemos ver el casting colgado en el tube.
A estos en particular, me dan unas ganas de tirarles un zapato……..
Preguntamos por él una vez que estuvimos dentro de aquella casa de comidas. Tomás Caballero, que regentaba el negocio, nos atendió amablemente y pudo, ademas de informarnos de la temporal ausencia de Balbino, comentarnos como este, malgastó la mayoría del tiempo que había pasado desde su muerte, hacía ya casi tres años, contando flores y estrellas. También malgastó su dinero en champagne, pero esto al cantinero no le parecía tan mal, al menos mientras siguiera haciéndolo en su casa.
Balbino tenía un pequeño estudio de fotografía en el que se encargó de revelar las fotos tomadas por sus paisanos durante casi treinta y cinco años. Cada boda o bautizo que allí se celebraban eran inmortalizados por él con una meticulosa profesionalidad. Dos generaciones de novias de aquella región, llegaron demasiado tarde a su boda debido a lo pesado que el fotógrafo se ponía durante la sesión de fotos anterior a la ceremonia. Hacía que se quitaran el tocado, que se lo volvieran a poner, que sonrieran, que se mostraran dulces e inocentes a la cámara o que miraran al objetivo llenas de ilusión, la misma con la que minutos después debían caminar en su camino al altar, solía decir para que las muchachas entendieran sus instrucciones.
Balbino después de su muerte cerró el estudio y lo único que fotografiaba desde entonces, eran las botellas que cada día bebía, la mayoría en el negocio de Tomás. Antes de nuestro encuentro con Balbino, en uno de los laterales de los soportales que rodeaban aquella plaza, una mujer de ojos pequeños y oscuros que vendía fruta, no tuvo inconveniente alguno en narrarnos lo que ocurrió aquel día. A Balbino lo encontraron en la puerta de su estudio. Estaba tumbado y pálido. Era sábado, un sábado veintitrés de diciembre y el médico que cada lunes, miércoles y viernes pasaba consulta en la barbería de Zacarías, no volvería hasta el miércoles, ya que el lunes sería fiesta y el martes visitaba los pueblos del otro lado del valle. Entre varios vecinos llevaron a Balbino a casa y velaron en su cuarto aquel cuerpo frío durante tres noches. El martes por la mañana el médico no pasó por el pueblo. La noche de navidad mientras tomaba unos tequilas en compañía de dos amigos, se enzarzó en una pelea con varios jóvenes en un local de baile. Parece ser, que con motivo de unas miradas del doctor al culo de una de las chicas que acompañaban a esos jóvenes, estos propinaron una desproporcionada paliza al licenciado, que le postró en cama por casi dos meses. El sustituto tardó más de quince días en llegar al pueblo de Balbino. El martes que siguió al día de navidad, un cuñado de Zacarías (el barbero) que se encargaba de asistir los partos de las mulas y yeguas de la zona, muchas veces después de haber ejercido como mamporrero en los apareamientos de las mismas, certificó la muerte de Balbino.
El miércoles veintisiete el pueblo veló oficialmente al fotógrafo cuyo cuerpo metido en una económica caja de pino presidía la sala grande de su estudio. Dicen que la noche fue fría y que las lágrimas de las viejas del pueblo, se congelaban al rodar por las mejillas de las mismas, pero eso se dice de muchas noches de invierno y casi nunca es verdad en estas latitudes.
Al día siguiente el coche fúnebre partió por la general camino al cementerio público de un pueblo vecino. El día trece de diciembre Honorío, el enterrador de este, se había sentado en una de las sillas de madera del bar de Tomás y nunca se levantó. Acostumbraba a dormirse borracho en las sillas y por eso así se quedó hasta el amanecer. Tuvieron que partirle las piernas para meterle en el féretro, pero esa es otra historia.
En una de las pocas bajadas prolongadas que aquella carretera general tiene, un camión cargado de cajas de Moët & Chandon que debía suministrar el lujoso champagne a los hoteles de la capital, perdió los frenos llevandose por delante, sin poder hacer nada, al vehículo en el que viajaban los restos de Balbino. Cuando el atropello llegó a su fin y los vehículos quedaron inmoviles en la carretera, el conductor del camión salió de la cabina del mismo por una de las ventanas laterales. Caminando cubrió los últimos metros de su vida. Se acercó al acristalado Mercedes negro y se interesó por el estado del chofer, que con una brecha en la cabeza se lamentaba de tener un pie atrapado entre la pedalería del auto. Luego se deplazó hacía atrás y se acercó a la caja de pino que estaba tirada en medio de la carretera. La caja estaba abierta y Balbino, cubierto de cristales, abrazaba una botella de Moët que la magia del desafortunado accidente había llevado hasta sus brazos. Cuando Balbino abrió sus ojos y preguntó al conductor del camión, -¿que hago aquí?-, el corazón del conductor no soportó el susto y se partió en dos.
Balbino al vernos miró con desconfianza. Pidió, exigió a Bob que nunca tomara una sola imagen de su rostro.
Mientras escuchaba absorto, garabateaba con su lápiz sin punta, sobre un brillante folleto azul de una inmobiliaria.
Informe mercantil, tabaco, cajas metálicas, a la mierda, la señora, otra vez a la mierda, Juan Carlos, otro gitanaco, los chinos. Unas flechas negras daban vueltas alrededor de estas palabras, rodeándolas en tangentes y cuerdas que subían y bajaban.
Cuando se hizo el silencio y miró el papel, no acertó a recordar en que podía haber estado pensando.