
Hace muchos años sentado en la butaca de un cine mi cuerpo sintió tanta repugnancia ante lo que en la pantalla se relataba, que a punto estuve de levantarme y no terminar de ver el film. Las atrocidades, la bajeza moral del monstruo que protagonizaba aquella película, pero también la connivencia de, en aquel momento histórico, gran parte de la sociedad de un país, golpearon mi estomago dejándome knockeado durante varios días.
El nazismo y su sin razón no consiguieron hacerme sentir como ayer me sentí frente a la pantalla. Ayer lloré. La historia de otra muchacha vestida de rojo revolvió mis entrañas. Esta vez no eran soldados ni ejércitos los que provocaron mis vómitos. La arrogancia, mezquindad, hipocresía y manipulación de esa congregación ultracatólica a la que algunos llaman “obra”, precisamente detallada por el guión y dirección de Javier Fesser en su última y galardonada película, acabaron con mis nervios. Me sentí vapuleado por un nudo de sensaciones. Mareos, arcadas, llanto, asco. Mucho asco.
Si Ralph Fiennes interpretó un monstruo que dejó ver finalmente un poco de humanidad en su amor egoísta hacia una judía llamada Hanna, Carme Elías interpreta en Camino, al mayor monstruo rancio e insensible, que recuerdo haber visto nunca en una pantalla. Una enferma mental digna de ser encerrada, que tristemente representa a muchas de las mujeres afines o adeptas a las enseñanzas de esa secta llamada Opus Dei. Los otros monstruos, unos sádicos con sotana capaces de disfrutar con el doloroso sufrimiento de una niña llena de ilusión por vivir y soñar todo aquello que se le oculta y limita. La vida.
En momentos como hoy me alegro de no permitir que mis hijas se acerquen a una iglesia sin mi vigilancia y doy gracias a Dios por ser ateo.