Divagaciones desde nunca jamás

La basura de los ángeles

Abril 6, 2009 · 2 comentarios

simon

Se abrazaban. Simón era alta y su cara no aparentaba tener edad como para tener móvil, al menos no uno con contrato. Tenía los pechos firmes, pequeños. Era notablemente mas grande y cubría el pequeño cuerpo de Alberto al tumbarse sobre él. La entrega que la chica parecía poner en el acto que consumaban, generó un cruce de miradas entre los que allí observábamos. Los gritos que bajo aquella mujer se escuchaban, delataban que la pasión que la misma derrochaba, estaba consiguiendo el propósito deseado. Después de un repentino cambio de ritmo, la mujer se abrazó fuerte a su compañero que permanecía postrado bocarriba y de un solo tirón, dejó a esté sentado en la cama. Alberto emitió un gemido seco cuando la mujer exhaló un orgasmo que pareció atravesar la columna vertebral de su amante. Durante casi tres minutos permanecieron inmoviles, respirando.

-¿Qué edad tiene la gente que suele venir aquí?, pregunté a Simón
-Supongo que este lugar no tiene edad, contestó.

Solo unas horas antes de hablar con ella, el cuerpo de Alberto Camoes Chico había aparecido en uno de los contenedores que se encontraba cerca de la puerta del local. El conductor del camión que recogía la basura, creyó ver, por el espejo retrovisor, un brazo asomando del cubo, mientras el mecanismo hidráulico elevaba este para volcar su contenido en el fondo del camión.

-Usted fue la última en verle vivo.
Miré a aquella chica rubia con cara de niña esperando apreciar minúsculos gestos que delataran sorpresa, nervios, inquietud o miedo, pero a cambio, sus azules ojos, salpicados de motas amarillas, me devolvieron una de las más profundas miradas que hacía tiempo recibía.
- A estas alturas ustedes ya sabrán que mi jefa, graba todo lo que ocurre en este lugar, así que por favor no me hagan repetirles lo que ya saben.

El informe fue claro. En el cuerpo de Alberto, una vez examinado, destacaba la amputación de los genitales. No aparecieron en el contenedor donde el malogrado profesor fue hallado.

Cuando sus respiraciones se calmaron, ella dejó caer resbalando sus brazos desde los hombros de Alberto hasta la cintura del hombre. Se dejó caer hasta apoyar su espalda en la cama y tumbada elevó los brazos como intentando tocar el cielo.
-Mira, le dijo fijando aquellos ojos felinos en sus antebrazos, me paso la vida atiborrándome con las malditas hormonas, para que cada vez que vienes a verme y me corro, se me hinchen las venas como a un camionero. Que mierda de venas. Te odio, dijo Simón, antes de besarle una vez más.

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