Supongo que la acepción de neutral tiene otro significado cuando se habla de Suiza.
En ese caso neutral significa, país que se enriquece de manera sistemática con la miserias de los países que la rodean. Bueno esto, hasta la primera mitad del siglo XX, ahora también con los que están a miles de kilómetros. Significa mirar para otro lado y guardar en cajas seguras el expolio que a las familias judías los nazis hicieron. Significa ganar dinero con los ahorros de aquellos a los que hicieron jabón en campos de concentración. Significa aprovecharse del dinero del narcotráfico mundial para seguir cultivando su imagen de país limpito de gente educada que habla bajito. Significa que como no se sabe de donde sale el dinero de los clientes protegidos ( y anónimos), no se puede pensar que son malhechores y denunciar sus anónimas fortunas. Significa la puta hipocresía del hipotético estado de bienestar.
Neutral significa denunciar al pobre pescador de la canción de krahe, por no querer vivir como los demas.
Neutral, desde esta semana, significa también detener a un señor por presuntamente violar a una menor (se dice que el delito real fue sodomizarla en un estado donde la sodomía era delito) hace treinta años y entregárselo o pretender hacerlo, a la “justicia” de los States para que allí sea juzgado con todos los derechos constitucionales que ese enorme país le otorgará (Sobre derechos constitucionales de los States puede buscarse Guantánamo en cualquier buscador).
Desde aquí mi apoyo a un genio. Por poco que valga
Como cada día, Jacinto, salió el primero, en cuanto las puertas fueron abiertas. Caminó por la empedrada calle que terminaba en la fuente y allí recorrió el camino que subía a la colina contraria a la que tapaba el sol al caer la tarde. Decía que si un monte le impedía ver la caída del sol, subiría hasta otro, y ayudado por la altura que el mismo le proporcionaba, no se perdería ni un solo amanecer.
Eran siete las personas que podían salir del recinto sin compañía. Dos de ellos guardaban la seguridad en el interior de las tapias durante las noches. Otro lo hacía durante el día. La guardia se duplicaba al anochecer, más que por necesidades reales del centro, por acallar las dudas que el mismo suscitaba entre los habitantes de la pequeña localidad en la que se encontraba. Conchita se encargaba de la lavandería y cocina, y aunque tenía la libertad de entrar y salir, rara vez lo hacía. Solía encargar lo necesario para abastecer las despensas al señor Dimas, dueño de un establecimiento del pueblo.
Los otros tres eran Leopoldo, Salvadora y Jacinto.
La loquería. Así llamaban los de la comarca al pueblo que casi había perdido su autentico nombre. Las cinco largas paredes iguales que formaban el pentágono donde se ubicaba “la institución”, se habían encargado de borrarlo. Paradójicamente el nombre que aparecía en los mapas era “Cinco colinas”, descriptivo nombre que ubicaba al pueblo en el medio de ellas, entre las que se encontraba a la que Jacinto subía cada mañana.
Leopoldo Ramos Tendón sufrió su primer ataque con tan solo veintidós años. Corría tras un cochino en la finca de sus padres cuando quedó paralizado. Pasaron más de cuatro años antes de que un día sin más, moviera un dedo para mover después la mano, el brazo y de esa manera levantarse como si nada hubiera ocurrido. Pero si ocurrió. En esos cuatro años en los que tal vez tuvo conciencia o tal vez no, puesto que él nunca habló de ello, su madre había muerto de neumonía y su padre fue tiroteado por unos bandidos que asaltaron su casa una noche para robar ganado. Probablemente eso fue lo que le hizo verdadero daño.
El día que Leopoldo se movió, ya llevaba año y medio en el pentágono.
Salvadora llevaba allí veinte años, más que ningún otro. Dicen que un mal de amores la llevó allí, que quiso tanto y fue tan poco correspondida que un día, mientras recortaba fotos y cambiaba las caras de cuerpos y los cuerpos de paisajes, decidió cortarse los dedos, harta de que olieran al hombre que amó. El resultado fue un desastre. Manos inutilizadas, la garganta desgarrada por los gritos que profirió (al menos esa era la causa oficial escrita por la que Salvadora no hablaba), y una mente deshecha, que le servía para pasear por el pueblo sin hacer caso a gran parte de las palabrerías que hasta las paredes del pueblo comentaban a su paso. Aún así, veinte años después, sonreía.
El segundo ataque sucedió en la tarde en que se cumplía el décimo aniversario del primero. Este solo paralizó el cuello de Leopoldo que desde entonces llevó la cabeza girada. Nadie sabía en realidad si su mente estaba o no enferma. Ni los médicos que en aquellos años se encargaron de él en la institución, se decantaban por diagnóstico alguno. En Cinco Colinas Leopoldo era querido por los mayores y temido por los niños.
Jacinto cargaba a veces una silla en su subida por el camino. Hablaba en voz alta, solo, como si esperara que su sombra le contestara, olvidando que aún no había salido el sol y que esta no le acompañaba. Se sentaba en la cima y reflexionaba. Alguien que alguna vez topó con él, contó que hablaba de su vida o de la de otros, pero que lo hacía en primera persona. Que recordaba paseos por playas vacías y unas luces intensas en las oscuras noches de estas. Describía grandes avenidas cuyos semáforos parecían estar verdes hasta que él los alcanzaba y de cómo al alcanzarlos, aquella luz verde, que tanto tardaba en llegar, le autorizaba el acceso a un universo infinito del que no desearía volver. Emocionado, gesticulaba narrando cómo ese universo era capaz de modificar la percepción del tiempo y de cómo así, los minutos se convertían en segundos, las horas en minutos y los días en horas. Pensó allí sentado, que tal vez nunca podría, que su vida no serviría de nada. Cerraba los párpados y veía, sobre la piel interior de ellos, las cientos de caras que le acompañaron durante tantos años, aquí y en otros lugares, donde tal vez no subió montañas, pero bajó valles, buscando las mismas respuestas a preguntas no formuladas. Al menos no formuladas en voz alta.
Tras la comida, cerradas ya las puertas del pentágono, Jacinto corrió por el pasillo y abrió las puertas del cuarto donde habitualmente pasaba consulta. Sentado esperaba Leopoldo, tenía el cuello recto y las manos amarradas con cintas de cuero a la silla. Había vuelto a sufrir un ataque.