
-¿Están trucados?, dijo ella.
-No lo sé, eso me dijo el tío que me los dio, pero es posible que solo él conociera el truco.
-Da igual, si sale par giramos a la derecha y si sale impar a la izquierda.
-Eso es lo que hubiera dicho cualquiera, es lo que haría todo el mundo. ¿No eramos diferentes? Si sale par giraremos a la izquierda.
-Como quieras. ¿Cuantos kilómetros podemos hacer?
-¿Sabes?, esta mañana sin saber bien el motivo estaba muy enfadado. Casi todo me ha sentado mal. El buenos días del gafotas, la llamada de arriba. El imbecil del camarero me puso el café hirviendo. A esos gilipollas les dices café templado y piensan que, con dos gotas de leche del tiempo sobre la puta taza llena hasta el borde de líquido a ochenta grados, se enfriará. Joder tendrían que tener aprobada una asignatura de termodinámica para dejarles trabajar. Al subir tenía como diez e-mails a cual peor. Unos mil, si vamos despacio unos mil kilómetros.
-¿No hay prisa no? Mira según el mapa a dos kilómetros hay un cruce.
-Venga tira los dados.
Los dados botaron sobre el salpicadero. Fueron a parar entre los pies de Eve.
-No me engañes, ¿que ha salido?
-Un dos en este y un cinco en el otro. A la derecha. No te engaño. Dijimos que no nos mentiríamos.
-No hay carretera a la derecha, el cruce solo es a la izquierda.
De frente, dijeron los dos a la vez. Al ponerse el sol, pasaron un puente de madera, luego un pequeño desierto de polvo casi blanco, un bosque de naranjos enanos y tres puertos de montaña. Giraron cerca de un arroyo seco, siguiendo el deseo de los dados, aunque no pocas veces fueron los deseos de ella los que siguieron. Fueron trescientas diez canciones, canciones en las que se hablaba de casi todo. Canciones de guerra y paz. Canciones de princesas, de putas, de odio, canciones de amistad, de viajes a lugares lejanos. Canciones de viajes al interior de la mente de quien las cantaba. Canciones alegres y tristes que durante mas de medio día se convirtieron en su propia banda sonora.
Él contó que después de todo el día alterado, decidió cortar con el motivo o al menos probar por si el motivo era ese. Se acercó a la mesa de Doc y abrió un cajón donde este guardaba unas tijeras de afiladas puntas. Contó, entre dados y polvorientos cruces, que, con el puño cerrado y las tijeras en él, se encaminó por el pasillo que conducía a la zona noble. De una patada abrió la puerta del baño. Sentado en un retrete con los calzoncillos en la mano, arrancó, o medio arrancó, descosiendo con rabia (con ayuda de las tijeras), la enorme etiqueta que originaba aquel visceral mal rollo.
-¿Y me has llamado por teléfono, sentado desde allí?
-Bueno, ahí es donde decidí que me iba de viaje, bueno no. Ahí, ahí decidí que si te venías conmigo, nos íbamos de viaje.
-Eres un tramposo, sabías que diría que si.
-Tu, eres una tramposa, sabías que si me contabas el sueño acabaría aquí contigo. Agarró el volante, miró a ambos lados y dijo, ¿Donde estamos?
-No lo sé, pero está amaneciendo.
