This land is your land

Ayer, sin duda, fue un gran día para la democracia.

El gran ojo que nos vigila y vela por nosotros alertó a nuestra justicia de los peligros que nos acechan y un juzgado castigó y dictó sentencia sobre la abominable joven que vertía declaraciones inaceptables en la red, tratando como héroes a los que solo fueron forajidos y asesinos  de una banda armada de las que camparon a sus anchas por nuestro estado. No solo los idolatraba y hacía apología de sus actos, además pedía que alguien, a la manera en que actuaban aquellos asesinos, atentara sobre algunos de los dirigentes que democráticamente han sido elegidos por todos nosotros.

Me siento más protegido siento que por fin un juez valiente ha tomado cartas en el asunto y esto será solo el principio.

Siento que ya no volveré a ver banderas preconstitucionales adornadas con el pollito en campos de futbol, reuniones a favor de la familia o actos a mediados de noviembre. Esas banderas en si mismas son apología de la mayor lacra asesina que el siglo XX aguantó en toda Europa, el fascismo.

Siento que el señor del famoso bar del desfiladero de Despeñaperros tendrá que quitar de sus paredes, por miedo a nuestra justicia,  las banderas con águilas y las botellas con la cara del joven caudillo fascista, responsable de tantas muertes como la banda de asesinos a la que la insensata joven jaleaba, o alguno más. Tendrá que quitar las fotos de Hendaya en la que se ve a dos monstruos, asesinos de miles y miles de personas,  y tendrá que asegurarse que nadie entra en su bar portando esvásticas en su brazo derecho o cantando antiguos himnos que recuerdan y elogian los desmanes sangrientos de un régimen tan cruel y salvaje como los miembros de las bandas de asesinos que nacieron durante los últimos años de el mismo.

Me siento protegido ya que la próxima vez que un policía con una banderita amarilla y roja (casi tapada por un pajarito más feo que el de twitter) en la pulsera de su reloj me apalee en una manifestación, podré anotar el numero de su placa enviárselo por correo electrónico a este juez tan atento a las redes sociales  y seguramente el agente sea inhabilitado por unos nueve años para trabajar en las administraciones públicas, siempre que no reincida.

Me siento tranquilo y reconciliado con mi país. Sé que en los actos que se preparan en los próximos días en muchas iglesias de su geografía para hablar de la figura de Don Blas Piñar no se permitirán símbolos fascistas, no se podrá hacer apología de ningún terrorismo, ni si quiera apología del “Estado terrorista” que este “Estado” fue durante cuarenta años. Estoy seguro que todas las fuerzas que velan por nosotros estarán pendiente de ellos como lo han estado de la insensata joven y que entre todos nos defenderán de las grandes amenazas por las que los ciudadanos y ejemplares políticos como nuestro ministro de justicia tantas noches en vela hemos pasado.

Hoy como Guthrie, Seeger o Springsteen puedo decir “Esta tierra es su tierra”

A nivel (40)

Era inevitable. Siempre pasaba algo, en casi todos los pasos hubo accidentes.

Había llegado a aquella ciudad hacía unas horas. Busqué habitación en una de las pensiones del pueblo y después de dejar la bolsa con mi ropa, cerrada sobre la cama, salí y caminé hasta la explanada donde relató su historia.

No se puede imaginar como era esto hace treinta y muchos, cuarenta años. La mayoría de los muebles que se vendían por toda la comarca salían de este lugar. Dos grandes naves en las que trabajaban medio centenar de personas estaban aquí mismo, donde ahora crecen las hierbas. Mira uno el solar ahora y resulta difícil creerlo. Si escarba usted un poco, encontrará  restos de lo que fue el suelo de ellas.

Baldomero Galaz Pacheco tenía sesenta y cuatro años y montones de recuerdos tras unos ojos azules que brillaban vacíos mientras hablaba. Me destacaron a esta brigada con tan solo veinte años y aquí dejé mis ojos el día de la explosión. Lo quise dejar muchas veces, era mucha la responsabilidad, en ocasiones la radio no funcionaba y escuchabas las vías silbar anunciando la llegada de un tren que no pararía. Una tiritona invadía entonces el cuerpo y los músculos endurecían mientras corrías a las barreras. Hasta que no estaban las dos bajadas el corazón no volvía a latir. Siempre había de que asustarse, un carro cargado de leña, el rebaño del pastor que se amontonaba cerca de las barreras empujado con los ladridos de un perro con casi tanto hambre como inteligencia, las caballerías del cuartel que siempre acababan estando en mal sitio o en mala hora. Bajaba las barreras y el vacío que generaba el tren a su paso se llevaba por un instante esos pensamientos. Se llevaba el miedo, que volvía a mí cuando se hacía el silencio y las barreras apuntaban de nuevo al cielo. Esos pensamientos que me observaban dormido o entretenido mirando algún animal, o concentrado en las voces de algún serial de radio y que vaticinaban que antes o después cometería un error, como todos los demás.

Había sido la semana mas fría en cincuenta años, contaba Baldomero. Tomé café en el bar España que estaba situado junto al cuerpo de guardia, señalaba con su mano al sur, en dirección contraría a la que yo había caminado hasta llegar allí,  ahora hay uno de esos locales llenos de maquinitas donde los jóvenes gastan sus tardes y más monedas de las que pueden ganar. Al entrar el sargento de guardia  me dio los buenos días. Buenos días Merín. Así me llamaban desde que era un crío, cortando Baldomerín, y así seguían llamándome muchos aquí. Yo sentía, en como sonó ese “Merín”,  y en como algunos lo pronunciaban, una sentencia que me condenaba a la desconfianza de los otros, la sombra de una duda que les empujaba a pensar que no estaban seguros si yo vigilaba las vías. Llegué al paso frotándome las manos y soplando en ellas para espantar el frío. Segundos antes, al pasar por aquí mismo, al menos diez o quince hombres rodeaban tres pilas de leña que ardían levantando unas llamas de casi metro y medio de altura. Era una de las cosas buenas que tenía ese trabajo, no faltaba leña para calentarse en invierno. Generalmente rodeaban las naves con ocho piras, una en cada una de las esquinas, y al abrir las puertas el viento empujaba el calor que desprendían al interior de la fábrica mitigando levemente las bajas temperaturas que había en ellas.

Se llamaba Inés. Recuerdo como la miraban los hombres del pueblo cuando cada mañana pasaba cargada con la cesta del pan y aceite que acercaba a su padre y dos tíos, hermanos de este, que trabajaban en los campos cercanos. Olía a romero y tomillo. Olía a mañana de primavera, y con su olor no solo parecía perfumar los caminos por los que transitaba sino que subía la temperatura de los mismos, como si la luz que irradiaba con su blanca tez fuera parte de la calida luz del sol de invierno. Recuerdo como la miraban muchos de los hombres de la fábrica cuando pasaba por ella camino del paso. Miradas cargadas de variados matices. Deseo, admiración, envidia, ternura, lujuria. Nunca se volvió ante una sola de las voces que a veces dirigían a ella. Recuerdo los celos que muchas de aquellas miradas me provocaban y recuerdo las palabras que cada una de las mañanas me dirigía al cruzar las vías. Buenos días Baldomero, que luego iban acompañadas de un “hace frío hoy”, o de un “buena mañana tenemos”, o un “esta semana todavía no había pasado por aquí”. Palabras perfectamente pronunciadas, con un curioso acento de ninguna parte, regocijándose en cada silaba, BAL-DO-ME-RO. Palabras sin connotación de ningún tipo, palabras que bien podían haber sido omitidas sin alterar en absoluto la relación que ella y yo tuvimos, pero que yo hacía mías y me enorgullecían por ser el destinatario de las mismas. Algunas veces mi cabeza jugaba conmigo y además de sus palabras podía escuchar clarines, platillos y triángulos que adornaban más aún aquellos fugaces segundos de cada mañana. Aquella mañana los triángulos sonaban continuos, como si un metrónomo regulara la cadencia que habían de tener. Ese fue el comienzo. Inés corrió entre las vías buscando un gato que escapó de entres sus manos, mientras en mi cabeza el triangulo y su tedioso ritmo se convirtió en la campana de aviso de una tragedia. No levantó la vista en ningún momento, corría en dirección al tren persiguiendo al pequeño animal que saltaba entre las traviesas de madera. La campana y su ritmo se desvanecieron entre el rechinar de las metálicas ruedas frenando sobre el hierro de los raíles, un rechinar con el que muchos de los vecinos del pueblo soñaron durante años. Me gustaría contarle que en el último momento corrí, salté, agarré del brazo a la bella Inés y la saqué de allí. Pero solo yo vi como la maquina de aquel convoy militar acabó con su vida antes de descarrilar. Fue casi lo último que vi. Los veinte vagones cargados con combustible destinado a los cuarteles del norte, avanzaban arrastrándose por el suelo levantando una cortina de chispas que en breves segundos hicieron arder la carga. Aquel cercado del fondo, dijo, dirigiendo su mano al oeste, era solo una malla metálica que la violencia del accidente cortó como si fuera mantequilla. Al llegar diez de los vagones a las dos naves las destruyeron literalmente. El impacto de la carga sobre las paredes de ladrillo derrumbó las mismas, y el combustible derramado alcanzó las cuatro hogueras que franqueaban la fábrica por el lado oeste, haciendo volar por los aires todo lo que había a cuatrocientos metros a la redonda.

Trece hombres murieron. Yo desperté un mes después en el Hospital General. Mis ojos se quemaron, dicen que la onda expansiva los abrasó y que si hubiera mirado a otro lado tal vez no habría pasado. Fue la segunda vez que algo explotó cerca de Inés, La primera vez aún vivía, tenía ocho años y una granada con la que jugaba su hermano explotó tan cerca de ella que la dejó milagrosamente sorda, y viva. Eso lo supe muchos años después.

Reconstrucción. Deluxe

Esos niños

Despertó con la sensación de tener la cabeza llena. Tomó asiento en el borde de la cama y sintió su cuerpo liviano, tal vez más que nunca. Permaneció inmóvil, concentrado, como si temiera que en cualquier movimiento por ligero que fuera, todo se desvaneciera.

Recordaba todo, No sabía cuanto tiempo durarían los recuerdos y pensó que en unos instantes, las imágenes que ahora veía claras, se perderían en el rincón de su cerebro donde hasta ahora habían estado. Movía los ojos despacio y sus pupilas se perdían bajo la piel de sus parpados abiertos en un baile de caóticos giros.

Recordaba todo.

Pudo ver imágenes que en principio no alcanzaba a entender pero que asociadas a otras, las siguientes, acabó reconociendo como sus propios recuerdos. Así, recordó lunas y soles pintados con trazos imperfectos. Lunas tristes y soles tristes. Lunas contentas y soles contentos. Recordó como un día entendió, o aprendió, que no tenían cara (la luna y el sol). Recordó a una mujer joven con la cara espigada que fue muy importante en su vida durante dos o tres o cuatro o tal vez ocho meses, y que le ayudaba a comer y enseñaba a coger la cuchara, y recordó, como poco después otra mujer a la que recordaba haber visto en una foto antigua, sustituyó a la espigada y fue importante también. Recordó como cantaba aquella mujer, riendo, rodeada de un corro de niños que formaban un coral de vida. Recordó que las quiso, y reconoció en ese cariño hacia aquellas mujeres el amor desinteresado de los niños. Pudo ver también las caras de aquellos niños, los que formaban el corro. La de aquel que le tiraba del pelo cuando hacían fila al subir la larga rampa que llevaba a las clases. La cara de una niña con coletas rojas y pecas que seguro que fue, durante unos días o meses, su mejor amiga. Recordaba la primera vez que vio la nieve y pudo recordar, visualizando unas gotas de lluvia sobre un plástico transparente, la primera vez que, sentado en el carrito en el que su madre le paseaba, vio llover.
Recordó ríos y se vio chapoteando en ellos, saltando entre los brazos de su padre. Un padre tan joven, que hubiera parecido un niño de haber estado ahora sentado en la cama junto a él. Recuerdos nítidos, de lugares y momentos concretos que no estaban en su cabeza desde hacía casi tanto tiempo como tiempo había pasado desde que sucedieron. Playas, visitas a museos, tardes en el parque. El asombro al tener bolas de mercurio corriendo sobre la palma de sus manos de niño en el patio de su colegio. Las hogueras en el campo del tiro, los petardos, los billares, el apeadero, los cines. Los coches de choque y la primera borrachera en la feria. El primer beso y el segundo y el tercero y tal vez el cuarto. Seguro el cuarto.

Pasó así paralizado, rompiendo solo esa quietud con muecas de risa o de llanto a veces, tanto tiempo, que llegó uno a uno a través de todos sus recuerdos a ese lugar en la cama donde ahora estaba. Justo al momento antes de haberse acostado la noche anterior a despertarse recordando.
Tenía hambre y pensó en comer, pero se tumbó despacio sobre la cama en la que no sabía cuanto tiempo antes había despertado. Al yacer sobre ella, recordó el infarto.

Cyan. Esos niños

Mierda y mas mierda

H tiene una empresa desde hace unos siete años. Cada dos meses desde entonces, solicitaba una línea de crédito, a los bancos con los que trabaja, de unos ciento veinte mil euros. Con ella hacía frente al habitual pactado pago tardío con el que se trabaja en este país. Una vez cobrado el trabajo, devolvía lo debido a estos bancos e ingresaba los beneficios de ese trabajo, cercanos cada vez, a la tercera parte de lo que el banco le prestaba, en esas mismas entidades. Un día los directores de las sucursales donde operaba, le hicieron entrar al despacho. No hay crédito, hay crisis. H despidió a unos veinticinco trabajadores en el último año por falta de crédito, no por falta de trabajo ni por lo que llaman crisis. La cabeza visible de uno de esos bancos paseaba hoy su morena calva de rayos uva, en el padock de la formula uno, como un presumido playboy de coches de choque. Para él no hay crisis.

Y los demás nos callamos

Un señor que representa a todos los empresarios del este país, y si no es así, los que no se vean representados por él, deberían gritarlo en voz alta y echarlo, dejó que una de sus empresas, una compañía aérea, perdiera las licencias, dejando a sus empleados en la calle y a sus clientes, allá donde el destino les había llevado. Sin vergüenza, declaró que los clientes sabían a lo que se arriesgaban al volar en una empresa como la suya. Él nunca habría volado en ella. Él no es pobre, por lo tanto hubiera viajado en alguna de esas donde en primera el champagna es caro y gratis. Meses después, una compañía, dirigida por el mismo señor y que desde la quiebra de la primera, solo se ocupa y esfuerza en culpar a  la irresponsabilidad de los trabajadores de la situación laboral y social que vive nuestro país, se ve en la angustiosa situación de necesitar ser comprada para poder subsistir. De no ser así serán miles las personas que quedarán sin empleo. Si finalmente esto ocurre, seguramente tendremos que soportar alguna otra sin vergüenza declaración de este nefasto personaje culpando al gobierno de sus males. Hace unos meses por motivos laborales desayunaba en el mismo hotel que este señor a tan solo unas mesas de él. Lamento no haberlo abofeteado. Ahora lo pasaría por la quilla de alguno de los barcos que sin duda posee y donde veraneará sin pensar en la crisis.

Y los demás nos callamos.

Hace unos días me tumbo en la cama a última hora. Con el mando a distancia en la mano paseo por esos canales donde (bajo las letras que forman los sms que solitarios con más saldo que yo envían), se solía ver un cuadradito con chicas, chicos e incluso a veces, mezcla de ambos, fornicando desnudos. Nada, ni uno. Ya no hay porno en Tv. Alguna comisión moral, supongo que compuesta por los mismos que intentan prohibir los velos sin meterse con los tocados sombreros o cascos de las monjas, concretó lo perjudicial que era que, estas imágenes de órganos desnudos se rozaran ante la vista de adultos libres y responsables. Mucho más cuando ademas de las imágenes se escuchan jadeos, gritos y todo tipo de peticiones que la mayoría de los espectadores nunca hemos escuchado en vivo. El porno desparece de la tele. Los juegos y concursos donde se apuesta o se compite por dinero quedan relegados a altas horas de la madrugada. Mientras tanto, la Esteban, el Kiko, la Patiño y todos esos profesionales que nos informan de la vida y miserias de Pantojas, Muñoces, Jurados etc. siguen en esa franja televisiva a la que llaman infantil. Nadie protege a los niños, ni falta que les hace, de las ultra católicas hordas de Disney con sus Jonas brothers. De la violencia de la liga de la justicia o del  culto al cuerpo y la belleza de las Winchs o Winx. Nadie nos protege de la farsa de los clubs de fútbol y de lo poco que significan siglas como UNICEF si un mercader vestido de traje, trafica por ellas con los señores de la muerte (aunque en lo que seguro pensará, será en follarse a su hija) y la tortura, ensuciandolas hasta que apestan.

Y los demás nos callamos.

A mediados de semana algo atacó los mercados. Un rumor financiero. Uno de esos misterios económicos que provocan que unos se arruinen y otros se llenen los bolsillos sin control. Uno de esos misterios económicos a los que, a falta de militares sublevados, yo llamo, intentos de golpe de estado y que son aprovechados por los opositores afines a los golpistas para gritar desde sus púlpitos. Para colmo a mi hija le regalan un Monopoly.

Y los demás nos callamos.

Tal vez lo único positivo de la semana es que Miley Cyrus se ha convertido en mujer. En la presentación de su nuevo vídeo el jueves, confirmó esta transición. El viernes, cientos de padres en las puertas de los colegios pudieron decir en voz alta lo que pensaban hace años. Hanna Montana esta buena y mientras, no hay crisis.

Y los demás…… Y los demás cantamos esperando a Victoria.

Vida o muerte en México (José Tomás)

Si fuera torero, supongo que querría morir en México.

Esperemos.

Sifón

Soltó el bolígrafo, acercó el inhalador a su boca y pulsó su extremo con velocidad. El chorro de vida que llegó a su garganta, le ayudó a respirar una vez más, como llevaba haciendo desde que era un crío. Es como respirar una racha de viento, como si el viento visitara tu boca, le decía el médico que por primera vez, a los 8 años, le recetó aquel instrumento cargado de medicina. A pesar de todo odiaba aquel aparato.

Arrugó enfurecido  el papel sobre el que escribía y lo lanzó a la papelera tan fuerte como pudo, pero este, botó sobre el borde de la misma y acabó en el suelo a sus pies. Lanzó entonces su pierna contra la pequeña pelota de celulosa, dando una enorme patada a la labrada pata de madera de aquel escritorio horrible. La sangre brotó de su pie descalzo. Brotó bajo las uñas de sus dedos pulgar y anular, tiñendo la sucia moqueta de rojo. Los dedos que quedaban en medio de esos dos, y que no rompieron a sangrar, se tornaron en morados, minutos después, bajo el chorro de agua fría. El agua de la ducha formaba un torrente de color rojo y la visión del remolino generado alrededor del desagüe le transportó a aquel río, en aquel otoño, donde una vez a punto estuvo de morir. Volvieron a él imágenes en las que bajaba y subía una y otra vez, succionado por el sifón que, instantes antes, se tragó a su hermana y a la única muchacha a la que había amado. La única a la que hasta entonces había amado y la única a la que todavía a día de hoy había amado. Revivió, hipnotizado por el minúsculo embudo de la ducha, aquel momento en que dejó de luchar, el momento en que aquella profunda sima tiró de él, arrastrándole al fondo. El momento en que sintió como el aire se acababa en sus pulmones y el agua empezaba a llenarle sin remedio. Sacó de su maleta un pequeño costurero de hotel y de él extrajo una aguja de coser que calentó con un mechero. Cuando la aguja estuvo caliente, la clavó con fuerza en la uña del dedo índice de aquel malogrado pie, hasta que un finísimo chorro de sangre salió por el orificio con la fuerza que un chorro de agua sale de una jeringuilla en las manos de un niño curioso. La sangre llegó a su cara y trazó una línea casi perfecta en su camisa, pero también liberó la presión del dedo que volvió poco después a su tamaño natural. No gritó mientras perforaba la uña, pero pensó en gritar. Quiso gritar, igual que gritó cuando pudo al fin sacar la cabeza del agua en aquel río en el que casi muere. Luego, el dedo corazón.

En un último momento de claridad, buscó en su bolsillo y se llevó a la boca el maldito inhalador. Fueron cuatro las descargas que hizo en su garganta a lo largo del túnel que formaba el sifón. Pasados aquellos, aproximadamente, cincuenta metros de galería subacuática, a su alrededor desaparecieron las burbujas, la velocidad, la desorientación y el miedo. Desapareció el caos. Al dirigir sus brazadas a la luz que presumiblemente venía de la superficie, y que le llevaron a un remanso azulado, fue la pena lo que se apoderó de él. Nunca le abandonó.


Dulce introducción al caos. Extremoduro.

La foto

Malcolm

Cáncer. Hubiera apostado a que cualquier otra cosa acabaría con él.