La reina en la ciudad sin nombre.

La novia

.

El club la cucaracha, se encontraba en el extremo, ni siquiera en medio de ningún sitio.

Allí fue donde encontré la pista de la que tiré hasta llegar a esta fría ciudad.
La encargada del local me envió al norte, cerca de la frontera. Durante un tiempo perdí el rastro, hasta que Felisa, una de las chicas que trabajó con ella en Tijuana, me mostró una postal llegada desde Coronado. Del itsmo a Encinitas, Oceanside, San Clemente, El toro y por fin Los Angeles. No se cuanto tiempo busqué hasta que alguien me dio el nombre de una nueva ciudad. Berlín. ¿Berlín, en Alemania?, asintieron con la cabeza. Parece que había encontrado demasiadas dificultades para poder crecer profesionalmente en la tierra de los gringos. Partió hacia Wolfsburg donde existe una enorme colonia de compatriotas que trabajan en la fabrica de automóviles y después de unos meses allí, se mudó a Postdam. Cada día se acercaba a trabajar como Go-Go a Berlín a varios de los locales de la ciudad. A medida que pasaba el tiempo, cambiaba el perfil de los clientes de los locales por donde iba pasando, aumentando su cache y extendiéndose su fama.

El día que por fin la vi, contraté sus servicios para que bailara para mí en una mesa circular del Dollhouse de Hamburgo. Mirándola, semidesnuda, hubiera ingerido litros del tequila que Adolfo (el suicida que quiso poner fin a su vida cinco años atrás al enterarse a que se dedicaba ella) bebió antes de subir al balcón. Me limité a mirarla. Una de las veces en las que ella acercó su boca a mi cuello le susurre al odio, ¿como lo haces?
Paró de bailar, se puso en cuclillas frente a mí con las piernas tan flexionadas que sus rodillas parecían las afiladas puntas de dos lanzas paralelas. Como dijo el cantante, para convencer a un hombre de que le amas hay que temblar, temblar como si fuera la primera vez, como si después de estar a su lado tuvieras que largarte obligada y no quisieras hacerlo. Se quedó en silencio mirando fijamente mis nublados ojos y, con su mexicano acento, me preguntó si esperaba a que terminara su turno.

Cenando horas después le conté la promesa que había realizado al suicida y entre amargas risas me atreví a decir, Pasemos la noche juntos, te necesito como nunca.

La foto pudo ser de kovayassy, pero le quitaron la cámara al entrar.

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2 Respuestas a “La reina en la ciudad sin nombre.

  1. Me pregunto si el objetivo de la cámara de kovayassy,
    se hubiera percatado de lo que tenia esta “dama” entre las piernas,
    antes de que usted temblara por primera vez al encontrarse con ello…
    me perdonará pero esta go-go, tiene una cara y unos brazos de Manolo que dan que pensar, con todo mi respeto, of course…y a su edad…
    (espero que no le haya cogido mucho cariño)
    El relato excelente
    Saludos!

  2. n o con sigo ac ertaaar conlas tecclass, tiieeemblo eenterra.commosifueraaalaprimeravezz

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