Las gallinas de Salazar

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Llegaba del trabajo en el campo, como cada día. La noche cubría las calles del barrio hacía más de una hora y el callejón al final del cual vivía era de los más oscuros de la zona. Temió lo peor al ver la puerta de entrada entornada y pudo comprobar, al entrar en la sala que servía de cocina y comedor, que las amenazas no habían sido un farol. Frente a la ventana orientada al este y colgando del cuello en una cuerda atada a la lámpara, halló a su hija mayor. Aquella niña solo tenía ocho años y su piel palidecía a la pobre luz de las bombillas. Antes de que el horror acabara de invadirle miró al suelo donde, un enorme charco de sangre rodeaba a su mujer. Estaba degollada. Miraba al techo con los ojos muy abiertos, vidriosos, casi parecía que aún lloraban. Su pelo rizado teñido del rojo líquido que se esparcía por toda la habitación, le otorgaba un halo de divinidad que por supuesto él no percibió. Sobre el charco y con la cabeza apoyada en el pecho de su madre, una criatura de aproximadamente un año dormía agotada. Su cara estaba repleta de lágrimas, mocos y sangre y su plácida expresión dormida parecía indicar que tal vez nunca recordaría lo que allí había pasado. Emiliano la recogió del suelo, la acurrucó entre sus brazos y retirándose unos pasos de los cadáveres de su familia, rompió a llorar. Sobre la cocina encontró una nota en la que, con una pluma mojada en sangre, estaba escrita una amenaza. Hoy duerme, mañana sangra.
Recogió dos o tres cosas de la casa antes de incendiarla. Viajó varios días hacía el norte hasta el lago Tancol, se acercó a él abrazado a su hija y a orillas del mismo, retorció el cuello de la pequeña con un movimiento seco. Más tarde la arrojó al fondo del lago. Durante un tiempo vivió a lomos del caballo con el que sus torturadores hacían fortuna. Entonces se ganó el apodo de “El Jinete”. Soñaba con su familia mientras recorría los mundos imaginarios donde cada día abandonaba su alma a un estado que le acercaba más a la muerte que al lugar de los vivos. Desapareció.
Dos años más tarde a casa de Salazar llegó una pequeña caja por mensajería. Cuando el narco abrió la caja tembló al ver en ella unos azules ojos momificados que inmediatamente reconoció como los de aquella pequeña a la que un día dejó berreando junto a su madre muerta. La caja contenía una nota escrita con sangre, la misma con la que estaba escrita la que Emiliano encontró en su casa. Decía, Ya no sangrará. De nada sirvieron las medidas que adoptó, un mes después de la recepción de aquel presente, Salazar apareció despellejado en el granero de su finca. Su piel había sido extendida en el suelo de uno de los corrales y las gallinas picoteaban los restos de carne que estaban adheridos a ella. Los dos guardias de seguridad aparecieron degollados y con varias plumas de gallo insertadas en los globos oculares. Veinte días después de aquello, Cosme Mendiola, gobernador civil del departamento y ángel de la guarda defensor de Salazar ante el fiscal del estado durante los tres últimos años , fue encontrado desnudo y empalado en un motel cercano al centro.
Desde ese día hasta hoy, más de treinta personas han muerto en la particular venganza de Emiliano, “El jinete”. Ahora que estamos tan cerca, no sé si quiero atraparle.

La imagen

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Una respuesta a “Las gallinas de Salazar

  1. Algo gore; muy de latinoamérica, por desgracia.

    Se leyó alguna vez La Fiesta del Chivo? Su relato me lo recordó (lateralmente).

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