Champagne y muerte

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Preguntamos por él una vez que estuvimos dentro de aquella casa de comidas. Tomás Caballero, que regentaba el negocio, nos atendió amablemente y pudo, ademas de informarnos de la temporal ausencia de Balbino, comentarnos como este, malgastó la mayoría del tiempo que había pasado desde su muerte, hacía ya casi tres años, contando flores y estrellas. También malgastó su dinero en champagne, pero esto al cantinero no le parecía tan mal, al menos mientras siguiera haciéndolo en su casa.

Balbino tenía un pequeño estudio de fotografía en el que se encargó de revelar las fotos tomadas por sus paisanos durante casi treinta y cinco años. Cada boda o bautizo que allí se celebraban eran inmortalizados por él con una meticulosa profesionalidad. Dos generaciones de novias de aquella región, llegaron demasiado tarde a su boda debido a lo pesado que el fotógrafo se ponía durante la sesión de fotos anterior a la ceremonia. Hacía que se quitaran el tocado, que se lo volvieran a poner, que sonrieran, que se mostraran dulces e inocentes a la cámara o que miraran al objetivo llenas de ilusión, la misma con la que minutos después debían caminar en su camino al altar, solía decir para que las muchachas entendieran sus instrucciones.

Balbino después de su muerte cerró el estudio y lo único que fotografiaba desde entonces, eran las botellas que cada día bebía, la mayoría en el negocio de Tomás. Antes de nuestro encuentro con Balbino, en uno de los laterales de los soportales que rodeaban aquella plaza, una mujer de ojos pequeños y oscuros que vendía fruta, no tuvo inconveniente alguno en narrarnos lo que ocurrió aquel día. A Balbino lo encontraron en la puerta de su estudio. Estaba tumbado y pálido. Era sábado, un sábado veintitrés de diciembre y el médico que cada lunes, miércoles y viernes pasaba consulta en la barbería de Zacarías, no volvería hasta el miércoles, ya que el lunes sería fiesta y el martes visitaba los pueblos del otro lado del valle. Entre varios vecinos llevaron a Balbino a casa y velaron en su cuarto aquel cuerpo frío durante tres noches. El martes por la mañana el médico no pasó por el pueblo. La noche de navidad mientras tomaba unos tequilas en compañía de dos amigos, se enzarzó en una pelea con varios jóvenes en un local de baile. Parece ser, que con motivo de unas miradas del doctor al culo de una de las chicas que acompañaban a esos jóvenes, estos propinaron una desproporcionada paliza al licenciado, que le postró en cama por casi dos meses. El sustituto tardó más de quince días en llegar al pueblo de Balbino. El martes que siguió al día de navidad, un cuñado de Zacarías (el barbero) que se encargaba de asistir los partos de las mulas y yeguas de la zona, muchas veces después de haber ejercido como mamporrero en los apareamientos de las mismas, certificó la muerte de Balbino.

El miércoles veintisiete el pueblo veló oficialmente al fotógrafo cuyo cuerpo metido en una económica caja de pino presidía la sala grande de su estudio. Dicen que la noche fue fría y que las lágrimas de las viejas del pueblo, se congelaban al rodar por las mejillas de las mismas, pero eso se dice de muchas noches de invierno y casi nunca es verdad en estas latitudes.
Al día siguiente el coche fúnebre partió por la general camino al cementerio público de un pueblo vecino. El día trece de diciembre Honorío, el enterrador de este, se había sentado en una de las sillas de madera del bar de Tomás y nunca se levantó. Acostumbraba a dormirse borracho en las sillas y por eso así se quedó hasta el amanecer. Tuvieron que partirle las piernas para meterle en el féretro, pero esa es otra historia.

En una de las pocas bajadas prolongadas que aquella carretera general tiene, un camión cargado de cajas de Moët & Chandon que debía suministrar el lujoso champagne a los hoteles de la capital, perdió los frenos llevandose por delante, sin poder hacer nada, al vehículo en el que viajaban los restos de Balbino. Cuando el atropello llegó a su fin y los vehículos quedaron inmoviles en la carretera, el conductor del camión salió de la cabina del mismo por una de las ventanas laterales. Caminando cubrió los últimos metros de su vida. Se acercó al acristalado Mercedes negro y se interesó por el estado del chofer, que con una brecha en la cabeza se lamentaba de tener un pie atrapado entre la pedalería del auto. Luego se deplazó hacía atrás y se acercó a la caja de pino que estaba tirada en medio de la carretera. La caja estaba abierta y Balbino, cubierto de cristales, abrazaba una botella de Moët que la magia del desafortunado accidente había llevado hasta sus brazos. Cuando Balbino abrió sus ojos y preguntó al conductor del camión, -¿que hago aquí?-, el corazón del conductor no soportó el susto y se partió en dos.

Balbino al vernos miró con desconfianza. Pidió, exigió a Bob que nunca tomara una sola imagen de su rostro.

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Una respuesta a “Champagne y muerte

  1. Impresionante cuento de Navidad, Brisuón. Dan ganas de beber champán a la salud de la montaña.

    Salud!

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