Esperada primavera

Tiritaba. Cada noche , durante más de treinta años, mientras dormía tiritaba y no lo hacía por frío.

Fue un niño raro, en el colegio muchos se apartaron de él. A pesar de haber comenzado a hablar con solo catorce meses, no le gustaba mucho hacerlo. El maestro de la barriada donde se crió siempre supo que aquel niño tenía una especial capacidad para recordar algunas cosas. No era memoria fotográfica, pero había algo diferente en como la cabeza de aquel muchacho funcionaba.

Tenía miedos, no jugaba nunca a nada que pudiera provocarle el mínimo dolor, de manera que empleaba su tiempo entre clases, para leer algunos libros en el patio del colegio. Algunos otros chicos se metían con él. Una vez un grupo de ellos cogieron al chaval y le vapulearon por no querer ponerse de portero bajo los palos de una imaginaria portería en la que jugaban al fútbol. Uno de ellos se quiso hacer el gallito y golpeó la nariz de Isaac, que así se llamaba el chico. Cuando este sintió el pinchazo que produjo el hundimiento del tabique nasal se toco la nariz sin emitir un solo sonido, tragó la sangre que corría por su garganta y cuando al fin los ojos se limpiaron del velo que los cubrió tras el impacto, saltó sobre el valiente y mordió su cara hasta sacarle los ojos.

Muchos niños de los que en aquel patio jugaban aquel día tuvieron pesadillas durante meses. La visión del extraño Isaac destrozando a bocados la cara del chulillo del colegio no era algo fácil de sacar de la cabeza de unos niños. Isaac fue a un reformatorio en el que pasó los años que faltaban para que cumpliera dieciséis, momento en el que le llevaron a una prisión psiquiátrica. Durante ese tiempo tuvo otros siete ataques, precedidos todos ellos de intentos por parte de sus victimas de realizar algún tipo de acción que produjeron dolor a Isaac. El primero fue en uno de los cuartos donde dormían los internos del reformatorio. Uno de los encargados quiso que Isaac le sirviese de chico de los recados, Isaac le dijo que no haría recados para ningún analfabeto demente y el cuartelero, humillado, ató a Isaac a un poste y azotó su espalda con un cinturón. Fueron tres azotes. El primero sobre el omóplato derecho. El cuero se pego a la piel de Isaac rodeando su hombro junto al cuello y dejando una marca ensangrentada con la forma de una hebilla, sobre el pecho. El segundo, paralelo al suelo sobre la zona lumbar, dibujó un horizonte sobre sus riñones. Con el tercero y último a Isaac le temblaron las piernas. Recordó un dolor salvaje que una vez vivió. Recordó ese dolor que tenía metido en la cabeza y por el que toda su vida había huido de todo aquello que pudiera hacerle daño. Recordó aquel momento de dolor, mientras el fuego, de aquel cinturón que recorría su columna a la altura de las vertebras siete y ocho, le quemaba en el cerebro. La mañana siguiente a los azotes, el encargado de veinticuatro años conocido entre los internos como “Cinturón”, apareció muerto en los baños del reformatorio. Tenía la cabeza metida en una sucia letrina, al girar el cadáver, el policía de guardia encargado de las primeras diligencias, vomitó sobre el muerto al ver su aspecto. Habían mordido la cara del “Cinturón” hasta llegar al hueso.

En tres de las siguientes seis ocasiones en las que Isaac por una u otra razón acabó recordando aquel dolor intenso que llevaba clavado con él, los causantes de su dolor aparecieron sin cara, en otra, el cuerpo de un pandillero yonqui apareció sin brazos y con un dedo del pie metido en la boca. Alguien metió ese dedo en la boca del yonqui después de arrancárselo a mordiscos. Los cuerpos de las dos personas que atacaron a Isaac en las restantes dos ocasiones nunca aparecieron.

Jamás nadie vio a Isaac consumar una sola de las venganzas, con excepción de la primera, ocurrida en el patio de aquel colegio y que originó la dilatada peregrinación de Isaac por distintas cárceles del país. Hacía ya más de veinte años de eso.

Hace unas semanas un recluso panameño golpeó a Isaac junto al comedor de la cárcel. Parece que este estaba jugando con unas pequeñas ranas de plástico verde que nadie sabía de donde salieron. El panameño le pidió a Isaac que se las entregara y él se negó, le dijo al panameño que una vez alguien importante se las regaló y que tendrían que matarle para que las soltara. Cuentan que la paliza fue brutal. El tipo, casi dos veces mas grande que Isaac le zarandeó y golpeó en la cabeza y estomago hasta que casi perdió el sentido. -No puedo recordarlo, dijo Isaac. Esas fueron sus palabras mientras reía y era  golpeado.

En los días posteriores Miguel Ángel Silva Persa, un funcionario psicólogo que había tratado a Isaac desde hacía años, le preguntó que significaban aquellas palabras que tanto extrañaron a los que presenciaron la paliza. Es primavera, contestó Isaac. El invierno de mis días se terminó. No me pregunte como lo sé ni porqué ahora.

-¿Qué es lo que no recuerdas?, dijo el funcionario.

-El dolor, el dolor que me hizo temblar noches y noches, el dolor que siempre recordé y que por alguna razón solo yo podía recordar. El dolor que sufrí al nacer.

Isaac no volvió a hablar en una semana. Hoy al bajar su cuerpo de la soga donde estaba ahorcado pude sentir el peso que durante años aquel dolor provocó a ese hombre.

La foto de Kurtxio

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4 Respuestas a “Esperada primavera

  1. la incapacidad moral que sucede al dolor me ha recordado a ese nuevo personaje literario que tanto está impresionando en las librerías últimamente: Lisbeth Salander.

    Salud!

  2. SPOILER….

    La venganza siempre ha sido algo demasiado atractivo, aun así ese personaje impresionaba ya, antes de operarse el pecho, jajajja.

    Salud Lagarto.

  3. A mi me ha recordado todo a Lisbeth Salander.
    Buen Verano.

  4. Tiene que levantar la vista de ese tercer libro luz.
    Me temo que vería a lisbeth incluso en las paradas del autobus.

    Feliz lectura.

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