Esos niños

Despertó con la sensación de tener la cabeza llena. Tomó asiento en el borde de la cama y sintió su cuerpo liviano, tal vez más que nunca. Permaneció inmóvil, concentrado, como si temiera que en cualquier movimiento por ligero que fuera, todo se desvaneciera.

Recordaba todo, No sabía cuanto tiempo durarían los recuerdos y pensó que en unos instantes, las imágenes que ahora veía claras, se perderían en el rincón de su cerebro donde hasta ahora habían estado. Movía los ojos despacio y sus pupilas se perdían bajo la piel de sus parpados abiertos en un baile de caóticos giros.

Recordaba todo.

Pudo ver imágenes que en principio no alcanzaba a entender pero que asociadas a otras, las siguientes, acabó reconociendo como sus propios recuerdos. Así, recordó lunas y soles pintados con trazos imperfectos. Lunas tristes y soles tristes. Lunas contentas y soles contentos. Recordó como un día entendió, o aprendió, que no tenían cara (la luna y el sol). Recordó a una mujer joven con la cara espigada que fue muy importante en su vida durante dos o tres o cuatro o tal vez ocho meses, y que le ayudaba a comer y enseñaba a coger la cuchara, y recordó, como poco después otra mujer a la que recordaba haber visto en una foto antigua, sustituyó a la espigada y fue importante también. Recordó como cantaba aquella mujer, riendo, rodeada de un corro de niños que formaban un coral de vida. Recordó que las quiso, y reconoció en ese cariño hacia aquellas mujeres el amor desinteresado de los niños. Pudo ver también las caras de aquellos niños, los que formaban el corro. La de aquel que le tiraba del pelo cuando hacían fila al subir la larga rampa que llevaba a las clases. La cara de una niña con coletas rojas y pecas que seguro que fue, durante unos días o meses, su mejor amiga. Recordaba la primera vez que vio la nieve y pudo recordar, visualizando unas gotas de lluvia sobre un plástico transparente, la primera vez que, sentado en el carrito en el que su madre le paseaba, vio llover.
Recordó ríos y se vio chapoteando en ellos, saltando entre los brazos de su padre. Un padre tan joven, que hubiera parecido un niño de haber estado ahora sentado en la cama junto a él. Recuerdos nítidos, de lugares y momentos concretos que no estaban en su cabeza desde hacía casi tanto tiempo como tiempo había pasado desde que sucedieron. Playas, visitas a museos, tardes en el parque. El asombro al tener bolas de mercurio corriendo sobre la palma de sus manos de niño en el patio de su colegio. Las hogueras en el campo del tiro, los petardos, los billares, el apeadero, los cines. Los coches de choque y la primera borrachera en la feria. El primer beso y el segundo y el tercero y tal vez el cuarto. Seguro el cuarto.

Pasó así paralizado, rompiendo solo esa quietud con muecas de risa o de llanto a veces, tanto tiempo, que llegó uno a uno a través de todos sus recuerdos a ese lugar en la cama donde ahora estaba. Justo al momento antes de haberse acostado la noche anterior a despertarse recordando.
Tenía hambre y pensó en comer, pero se tumbó despacio sobre la cama en la que no sabía cuanto tiempo antes había despertado. Al yacer sobre ella, recordó el infarto.

Cyan. Esos niños

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2 Respuestas a “Esos niños

  1. Me he reconocido en el relato, en todo. Me han emocionado mucho las bolas de mercurio.
    Un cordial saludo,

  2. quizás la vida no es más que eso, el instante de un recuerdo. Muy buen relato.

    Salud!

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