A nivel (40)

Era inevitable. Siempre pasaba algo, en casi todos los pasos hubo accidentes.

Había llegado a aquella ciudad hacía unas horas. Busqué habitación en una de las pensiones del pueblo y después de dejar la bolsa con mi ropa, cerrada sobre la cama, salí y caminé hasta la explanada donde relató su historia.

No se puede imaginar como era esto hace treinta y muchos, cuarenta años. La mayoría de los muebles que se vendían por toda la comarca salían de este lugar. Dos grandes naves en las que trabajaban medio centenar de personas estaban aquí mismo, donde ahora crecen las hierbas. Mira uno el solar ahora y resulta difícil creerlo. Si escarba usted un poco, encontrará  restos de lo que fue el suelo de ellas.

Baldomero Galaz Pacheco tenía sesenta y cuatro años y montones de recuerdos tras unos ojos azules que brillaban vacíos mientras hablaba. Me destacaron a esta brigada con tan solo veinte años y aquí dejé mis ojos el día de la explosión. Lo quise dejar muchas veces, era mucha la responsabilidad, en ocasiones la radio no funcionaba y escuchabas las vías silbar anunciando la llegada de un tren que no pararía. Una tiritona invadía entonces el cuerpo y los músculos endurecían mientras corrías a las barreras. Hasta que no estaban las dos bajadas el corazón no volvía a latir. Siempre había de que asustarse, un carro cargado de leña, el rebaño del pastor que se amontonaba cerca de las barreras empujado con los ladridos de un perro con casi tanto hambre como inteligencia, las caballerías del cuartel que siempre acababan estando en mal sitio o en mala hora. Bajaba las barreras y el vacío que generaba el tren a su paso se llevaba por un instante esos pensamientos. Se llevaba el miedo, que volvía a mí cuando se hacía el silencio y las barreras apuntaban de nuevo al cielo. Esos pensamientos que me observaban dormido o entretenido mirando algún animal, o concentrado en las voces de algún serial de radio y que vaticinaban que antes o después cometería un error, como todos los demás.

Había sido la semana mas fría en cincuenta años, contaba Baldomero. Tomé café en el bar España que estaba situado junto al cuerpo de guardia, señalaba con su mano al sur, en dirección contraría a la que yo había caminado hasta llegar allí,  ahora hay uno de esos locales llenos de maquinitas donde los jóvenes gastan sus tardes y más monedas de las que pueden ganar. Al entrar el sargento de guardia  me dio los buenos días. Buenos días Merín. Así me llamaban desde que era un crío, cortando Baldomerín, y así seguían llamándome muchos aquí. Yo sentía, en como sonó ese “Merín”,  y en como algunos lo pronunciaban, una sentencia que me condenaba a la desconfianza de los otros, la sombra de una duda que les empujaba a pensar que no estaban seguros si yo vigilaba las vías. Llegué al paso frotándome las manos y soplando en ellas para espantar el frío. Segundos antes, al pasar por aquí mismo, al menos diez o quince hombres rodeaban tres pilas de leña que ardían levantando unas llamas de casi metro y medio de altura. Era una de las cosas buenas que tenía ese trabajo, no faltaba leña para calentarse en invierno. Generalmente rodeaban las naves con ocho piras, una en cada una de las esquinas, y al abrir las puertas el viento empujaba el calor que desprendían al interior de la fábrica mitigando levemente las bajas temperaturas que había en ellas.

Se llamaba Inés. Recuerdo como la miraban los hombres del pueblo cuando cada mañana pasaba cargada con la cesta del pan y aceite que acercaba a su padre y dos tíos, hermanos de este, que trabajaban en los campos cercanos. Olía a romero y tomillo. Olía a mañana de primavera, y con su olor no solo parecía perfumar los caminos por los que transitaba sino que subía la temperatura de los mismos, como si la luz que irradiaba con su blanca tez fuera parte de la calida luz del sol de invierno. Recuerdo como la miraban muchos de los hombres de la fábrica cuando pasaba por ella camino del paso. Miradas cargadas de variados matices. Deseo, admiración, envidia, ternura, lujuria. Nunca se volvió ante una sola de las voces que a veces dirigían a ella. Recuerdo los celos que muchas de aquellas miradas me provocaban y recuerdo las palabras que cada una de las mañanas me dirigía al cruzar las vías. Buenos días Baldomero, que luego iban acompañadas de un “hace frío hoy”, o de un “buena mañana tenemos”, o un “esta semana todavía no había pasado por aquí”. Palabras perfectamente pronunciadas, con un curioso acento de ninguna parte, regocijándose en cada silaba, BAL-DO-ME-RO. Palabras sin connotación de ningún tipo, palabras que bien podían haber sido omitidas sin alterar en absoluto la relación que ella y yo tuvimos, pero que yo hacía mías y me enorgullecían por ser el destinatario de las mismas. Algunas veces mi cabeza jugaba conmigo y además de sus palabras podía escuchar clarines, platillos y triángulos que adornaban más aún aquellos fugaces segundos de cada mañana. Aquella mañana los triángulos sonaban continuos, como si un metrónomo regulara la cadencia que habían de tener. Ese fue el comienzo. Inés corrió entre las vías buscando un gato que escapó de entres sus manos, mientras en mi cabeza el triangulo y su tedioso ritmo se convirtió en la campana de aviso de una tragedia. No levantó la vista en ningún momento, corría en dirección al tren persiguiendo al pequeño animal que saltaba entre las traviesas de madera. La campana y su ritmo se desvanecieron entre el rechinar de las metálicas ruedas frenando sobre el hierro de los raíles, un rechinar con el que muchos de los vecinos del pueblo soñaron durante años. Me gustaría contarle que en el último momento corrí, salté, agarré del brazo a la bella Inés y la saqué de allí. Pero solo yo vi como la maquina de aquel convoy militar acabó con su vida antes de descarrilar. Fue casi lo último que vi. Los veinte vagones cargados con combustible destinado a los cuarteles del norte, avanzaban arrastrándose por el suelo levantando una cortina de chispas que en breves segundos hicieron arder la carga. Aquel cercado del fondo, dijo, dirigiendo su mano al oeste, era solo una malla metálica que la violencia del accidente cortó como si fuera mantequilla. Al llegar diez de los vagones a las dos naves las destruyeron literalmente. El impacto de la carga sobre las paredes de ladrillo derrumbó las mismas, y el combustible derramado alcanzó las cuatro hogueras que franqueaban la fábrica por el lado oeste, haciendo volar por los aires todo lo que había a cuatrocientos metros a la redonda.

Trece hombres murieron. Yo desperté un mes después en el Hospital General. Mis ojos se quemaron, dicen que la onda expansiva los abrasó y que si hubiera mirado a otro lado tal vez no habría pasado. Fue la segunda vez que algo explotó cerca de Inés, La primera vez aún vivía, tenía ocho años y una granada con la que jugaba su hermano explotó tan cerca de ella que la dejó milagrosamente sorda, y viva. Eso lo supe muchos años después.

Reconstrucción. Deluxe

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