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Sifón

Soltó el bolígrafo, acercó el inhalador a su boca y pulsó su extremo con velocidad. El chorro de vida que llegó a su garganta, le ayudó a respirar una vez más, como llevaba haciendo desde que era un crío. Es como respirar una racha de viento, como si el viento visitara tu boca, le decía el médico que por primera vez, a los 8 años, le recetó aquel instrumento cargado de medicina. A pesar de todo odiaba aquel aparato.

Arrugó enfurecido  el papel sobre el que escribía y lo lanzó a la papelera tan fuerte como pudo, pero este, botó sobre el borde de la misma y acabó en el suelo a sus pies. Lanzó entonces su pierna contra la pequeña pelota de celulosa, dando una enorme patada a la labrada pata de madera de aquel escritorio horrible. La sangre brotó de su pie descalzo. Brotó bajo las uñas de sus dedos pulgar y anular, tiñendo la sucia moqueta de rojo. Los dedos que quedaban en medio de esos dos, y que no rompieron a sangrar, se tornaron en morados, minutos después, bajo el chorro de agua fría. El agua de la ducha formaba un torrente de color rojo y la visión del remolino generado alrededor del desagüe le transportó a aquel río, en aquel otoño, donde una vez a punto estuvo de morir. Volvieron a él imágenes en las que bajaba y subía una y otra vez, succionado por el sifón que, instantes antes, se tragó a su hermana y a la única muchacha a la que había amado. La única a la que hasta entonces había amado y la única a la que todavía a día de hoy había amado. Revivió, hipnotizado por el minúsculo embudo de la ducha, aquel momento en que dejó de luchar, el momento en que aquella profunda sima tiró de él, arrastrándole al fondo. El momento en que sintió como el aire se acababa en sus pulmones y el agua empezaba a llenarle sin remedio. Sacó de su maleta un pequeño costurero de hotel y de él extrajo una aguja de coser que calentó con un mechero. Cuando la aguja estuvo caliente, la clavó con fuerza en la uña del dedo índice de aquel malogrado pie, hasta que un finísimo chorro de sangre salió por el orificio con la fuerza que un chorro de agua sale de una jeringuilla en las manos de un niño curioso. La sangre llegó a su cara y trazó una línea casi perfecta en su camisa, pero también liberó la presión del dedo que volvió poco después a su tamaño natural. No gritó mientras perforaba la uña, pero pensó en gritar. Quiso gritar, igual que gritó cuando pudo al fin sacar la cabeza del agua en aquel río en el que casi muere. Luego, el dedo corazón.

En un último momento de claridad, buscó en su bolsillo y se llevó a la boca el maldito inhalador. Fueron cuatro las descargas que hizo en su garganta a lo largo del túnel que formaba el sifón. Pasados aquellos, aproximadamente, cincuenta metros de galería subacuática, a su alrededor desaparecieron las burbujas, la velocidad, la desorientación y el miedo. Desapareció el caos. Al dirigir sus brazadas a la luz que presumiblemente venía de la superficie, y que le llevaron a un remanso azulado, fue la pena lo que se apoderó de él. Nunca le abandonó.


Dulce introducción al caos. Extremoduro.

La foto

La luna de Júpiter

De los cuatro, ¿cuál es el mayor?, preguntó ella, llevándose un pedacito de tarta a la boca. El mayor es Ganímedes. Mientras contestaba, subió la mano buscando el labio inferior de ella y arrastró cuidadosamente, con el dedo, restos de mermelada hasta el interior de su boca. Realmente creo que son unos sesenta, sesenta y tres creo, con nombres preciosos como Amaltea, Elara, Tione, Yocasta, Heliké, Ananké, Erínome o Hegémone, pero son los cuatro que descubrió Galileo los más famosos y grandes. Los Galileanos. Hasta hace cuarenta años solo se sabía de la existencia de unos catorce, los demás se han ido descubriendo gracias a la tecnología y quizás la casualidad. Entonces la miró y le dijo que hablaba demasiado y que ella había aprovechado para comerse el pedazo de tarta casi entero, a lo que ella respondió de manera física, incorporándose para agarrar su cara y besarle. Aunque casi prefiero tus labios a la tarta, dijo él. Luego ella continuó hablando de la casualidad y de allí saltó al destino. No creo en el destino, dijo Roberto, me incomoda la idea de no ser libre, si crees que todo esta escrito, todo lo que haces no sirve de nada, cada una de las elecciones que tomas ya ha sido tomada por ti, con lo que supongo que pierdes la libertad.

Ella argumentó que sí, que creía en que todo podía estar escrito en algún lugar, pero que también creía que de alguna manera todo podía ser cambiado con los actos y decisiones que cada día se toman. Entonces el destino no está escrito, dijo Roberto, el destino se esta escribiendo de manera continua, en este momento, en todo momento. Eso sin duda, me hace pensar que, quizás en algún lugar, existe alguien con un papel y un gran tarro de tipex escribiendo mi destino. A lo mejor lo escribe en un ordenador, dijo Begoña riendo, y torció la boca con una mueca que hacía a menudo y que a él le gustaba demasiado. Roberto se acercó de nuevo a ella y apartando el pelo que cubría su oreja, mordisqueó durante un segundo el lóbulo, justo el tiempo que ella tardó en girar el cuello y alejar unos centímetros aquella boca de su piel. ¿Crees que será el mismo? ¿Crees que la misma persona estará en este momento escribiendo mi destino y el tuyo?, susurró. Ella rompió a reír en una sonora carcajada que hizo girar la cabeza a un grupo de chicos que se encontraban en la mesa de al lado. Uno de ellos al girarse rozó con la manga del abrigo una de las teteras que había sobre la mesa, derramándola sobre las piernas de una de las chicas. Esta se retiró y la tetera cayó al suelo rompiéndose en pequeñísimos pedazos, tantos como los satélites de Júpiter.

-Imagina ahora a todos y cada uno los que escriben el destino de estos, susurró Roberto. Me odian.

-¿Cómo se llaman los otros tres?, los Galileanos, preguntó ella al besarle. Lo, Calisto y Europa, dejó caer Roberto con sumo cuidado entre su lengua y aquel paladar con sabor a tarta de chocolate blanco.

Jupiter crash. The cure

La foto

Rock Band

Corren, luchan, sudan.

Puertas que cierran otras al abrirse. Frío y calor. De nueve en nueve (o diez). Ventanas que ocultan oscuras mentiras piadosas tras opacas cortinas sin humo. Suelo helado. Flashforward interrumpido. Un baño en llamas que se extinguen ante la falta de un oxígeno consumido a gritos. Miradas pétreas incapaces de ocultar la emoción del momento. Espejos. Luces que flamean. Chocolate. Figura de astado sobre fondo plata.  Sobresaltos sonoros disfrazados de alarmas. Ojos anclados sobre el negro amanecer. Las seis, las siete, las ocho. Bomberos que extinguen incendios con bombas de tila. Corren junto al tiempo, luchan contra el enemigo común, sudan como nunca.

La imagen del incendio

Walking in Memphis (on the bed)

¿Imaginan que alguien sacase a esta chica de su cama?

O quizas ya lo hicieron. Simplemente fantástico.

South-North.69

Hm

-¿Están trucados?, dijo ella.
-No lo sé, eso me dijo el tío que me los dio, pero es posible que solo él conociera el truco.
-Da igual, si sale par giramos a la derecha y si sale impar a la izquierda.
-Eso es lo que hubiera dicho cualquiera, es lo que haría todo el mundo. ¿No eramos diferentes? Si sale par giraremos a la izquierda.
-Como quieras. ¿Cuantos kilómetros podemos hacer?
-¿Sabes?, esta mañana sin saber bien el motivo estaba muy enfadado. Casi todo me ha sentado mal. El buenos días del gafotas, la llamada de arriba. El imbecil del camarero me puso el café hirviendo. A esos gilipollas les dices café templado y piensan que, con dos gotas de leche del tiempo sobre la puta taza llena hasta el borde de líquido a ochenta grados, se enfriará. Joder tendrían que tener aprobada una asignatura de termodinámica para dejarles trabajar. Al subir tenía como diez e-mails a cual peor. Unos mil, si vamos despacio unos mil kilómetros.
-¿No hay prisa no? Mira según el mapa a dos kilómetros hay un cruce.
-Venga tira los dados.
Los dados botaron sobre el salpicadero. Fueron a parar entre los pies de Eve.
-No me engañes, ¿que ha salido?
-Un dos en este y un cinco en el otro. A la derecha. No te engaño. Dijimos que no nos mentiríamos.
-No hay carretera a la derecha, el cruce solo es a la izquierda.

De frente, dijeron los dos a la vez. Al ponerse el sol, pasaron un puente de madera, luego un pequeño desierto de polvo casi blanco, un bosque de naranjos enanos y tres puertos de montaña. Giraron cerca de un arroyo seco, siguiendo el deseo de los dados, aunque no pocas veces fueron los deseos de ella los que siguieron. Fueron trescientas diez canciones, canciones en las que se hablaba de casi todo. Canciones de guerra y paz. Canciones de princesas, de putas, de odio, canciones de amistad, de viajes a lugares lejanos. Canciones de viajes al interior de la mente de quien las cantaba. Canciones alegres y tristes que durante mas de medio día se convirtieron en su propia banda sonora.
Él contó que después de todo el día alterado, decidió cortar con el motivo o al menos probar por si el motivo era ese. Se acercó a la mesa de Doc y abrió un cajón donde este guardaba unas tijeras de afiladas puntas. Contó, entre dados y polvorientos cruces, que, con el puño cerrado y las tijeras en él, se encaminó por el pasillo que conducía a la zona noble. De una patada abrió la puerta del baño. Sentado en un retrete con los calzoncillos en la mano, arrancó, o medio arrancó, descosiendo con rabia (con ayuda de las tijeras), la enorme etiqueta que originaba aquel visceral mal rollo.

-¿Y me has llamado por teléfono, sentado desde allí?
-Bueno, ahí es donde decidí que me iba de viaje, bueno no. Ahí, ahí decidí que si te venías conmigo, nos íbamos de viaje.
-Eres un tramposo, sabías que diría que si.
-Tu, eres una tramposa, sabías que si me contabas el sueño acabaría aquí contigo. Agarró el volante, miró a ambos lados y dijo, ¿Donde estamos?
-No lo sé, pero está amaneciendo.

Finding Flatiron in Broadway (finding you)

-¿Dónde tendría que buscarte?

-Ya sabes donde. Piensa.

-Tengo claro por donde empezar, pero, es enorme. No te encontraría jamás.

Veintiuno de Julio del dos mil catorce.
Cuatro años, ocho meses, diez días y dos horas después, recuerdo aquella conversación palabra por palabra. Ahora intuyo donde estás y subo acompañado de esta pena que se diluye en la sexta. Giro en la esquina de la veintitrés hasta casi alcanzar con mis zapatos la hierba mojada de Madison Square. Te imagino en ese ascensor. Te veo

Y he venido a quedarme.