Incompleta

Mesas

Llegarán tiempos mejores, dijo el hombre negro mientras sacaba unas monedas de su cartera y las dejaba sobre el mostrador de la destartalada cafetería. Era una de esas caravanas acristaladas que, en medio de la nada, servía de descanso a los viajeros que por aquel olvidado rincón del mundo transitaban.

Quien sabe, contestó desde detrás de la barra aquella en apariencia ruda mujer. Parecía sacada de una de esas películas en las que una mujer tiraba de la responsabilidad de llevar un enorme y poco rentable rancho. Una de esas mujeres cansadas que tantas veces el cine nos mostró. Como si todas las tareas de la casa fueran poco a poco cargadas en su espalda y mermaran, además de sus fuerzas, la belleza que en su juventud seguro la distinguía de las demás muchachas de su calle, de su barrio, de su ciudad. Ella no tiraba de un rancho, ni parecía tener a nadie mas que a si misma bajo su tutela, pero la sensación que trasmitía al viajero que en sus posesiones tomaba café, era la de estar conversando con una diosa caída, caída pero no marchita ya que su sonrisa y aquella mirada voraz, conservaban un encanto que para sí mismas quisieran muchas jovencitas en aquel estado.

No debería conducir de noche, las carreteras son malas, su iluminación es.., no tienen iluminación y a mas de un viajero le han asaltado mas allá de las mesas. Mientras decía esas frases los brazos de la mujer se estiraban y recogían como si quisiera dibujar sobre el cielo cada uno de los peligros que parecía querer anunciar. Bob, que así se llamaba el hombre negro, miró con los ojos muy abiertos a la camarera y por un momento pensó que ella quería que él se quedase y que todo aquello solo era una excusa para no decírselo directamente, pero también pensó que a ella le daba realmente igual si se perdía o no en aquel maldito desierto de piedras, montañas cortadas y cielos oscuros. Cerró la puerta de cristal de la discreta cafetería y no miró atrás. Arrancó su coche y este le alejó de aquel lugar levantando una inmensa polvareda con sus gastados neumáticos.
En la radio sonaban emisoras en español y Bob jugó con la ruleta del dial, pensando en como pudo ser su vida con esa mujer o donde estaría ahora si la hubiera conocido treinta años antes.

Comenzó a nevar, y no todos los días nevaba en Sonora.

La foto de wolfgang

Vuelta

El ruido de los neumáticos en el asfalto amenazaba con convertirse en una peligrosa canción de cuna. El sol en el retrovisor se acostaba en el pacífico mientras iluminaba de rojos y ocres el paisaje de mi vuelta. Paré en una estación de servicio, seguramente la última a la que poder llamar así en los próximos mil kilómetros. El desierto unido a el poco tránsito de aquella ruta paralela al ecuador hacían poco rentables los supermercados de carretera.

Abrí la puerta del coche y el calor que desprendía el asfalto casi me hace vomitar. Entonces recordé a todos esos desgraciados a los que había visto en mi viaje y como, el aspecto que tenían sus destrozados cuerpos y el olor de la morgue donde se encontraban, habían acabado con mi apetito hacía ya más de setenta horas. Entré en la gasolinera mientras un tipo enorme con los pelos más rizados que nunca había visto se encargaba de repostar mi cougar. Pensé en Alejandro, que así se llamaba el primero de los muertos que vi en el oeste. Alejandro Campos De Hoz. Tenía treinta y siete años y le habían partido la cabeza con un bate de beisbol. Llamaron a su casa, su hijo pequeño, de once años, abrió la puerta a un señor rubio con las cejas blancas, como el propio crío describió días más tarde escribiendo sobre un trozo de papel. -¿Esta tu papa?- dijo el señor. El muchacho fue a buscarlo, cuando regresó a la puerta detrás de su padre su cara se llenó de sangre. Un batazo en la cabeza de izquierda a derecha hizo que Alejandro perdiera el conocimiento y cayera de rodillas en la misma puerta de su casa. El segundo batazo le impulsó hacia atrás, (salpicando de sangre la ropa y cara del niño) dejándolo inmóvil y tumbado en el suelo en la extraña postura en la que los agentes le habían fotografiado mientras esperaban al juez. Hacía más de dos semanas de este suceso y el pequeño no había vuelto a hablar.

Mientras abría las puertas de cristal de una de las maquinas refrigeradoras llenas de refrescos, vi en el reflejo como el hombre del pelo rizado se afanaba en limpiar el parabrisas de mi coche e imaginé como entre los rizos se acumularía el polvo de todos los coches a los que, durante todos los años que allí había trabajado, había limpiado los vidrios. Cogí seis latas de red bull sin azúcar, pagué la gasolina y me acerqué, con la mano extendida y un billete entre los dedos, a el tío, que, con las manos llenas del barro rojo formado por el polvo de aquel desierto y el agua de su cubo, lo agarró. Después de darme las gracias dijo: -La noche esta al caer y no escapará de sus fantasmas montado en su auto. Por cierto, si deja el revolver a la vista sobre el asiento cada vez que pare a repostar o mear, es posible que no llegue a beberse ni la mitad de esas latas que ha comprado-.

Arranqué el motor del cougar, subí el volumen de la música y me perdí despacio en aquel estado, cantando a gritos el desesperado canto de necesidad que en la radio sonaba.

La foto aquí

Sal

Las luces de la recepción estaban casi apagadas y la chica que atendía tras el mostrador pudo sentir como una especie de corriente eléctrica recorría su espalda mientras los tubos fluorescentes del techo parpadeaban, emitiendo un ruido semejante al de las chicharras. Al darse la vuelta, el hombre estaba junto a ella. Silencioso, sus pasos no se sentían, era como si flotara, me dijo Guadalupe. Guadalupe llevaba mas de siete años trabajando en aquel motel. Nació en el oeste, en uno de esos pequeños sitios junto al mar donde cualquiera pagaría por vivir, pero una extraña afección había llenado su piel de manchas durante su infancia y pubertad. Una afección que resulto ser una rara alergia a la humedad y a los ambientes salinos y que le hacía aparentar muchos mas años de los que en realidad tenía. Así, recién cumplidos los quince años cogió una pequeña mochila y acabó en el lugar mas seco del país.

Mientras la muchacha relataba, los temblores de su cuerpo se acrecentaban hasta que llegaron a un momento máximo justo antes de pronunciar estas palabras:

– Era como si el putísimo mismo diablo se hubiera teñido las cejas de blanco-

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El niño

A pesar de la tormenta Bob llegó a San José de Gracia cuando amanecía. Fue una larga noche de carretera en la que pudo pensar en todo lo que le había pasado en los últimos meses. Salió de Alamito y al llegar a López ya había repasado su relación con Martha. Como se conocieron, las primeras citas, los interminables atardeceres en la casa cerca de San Diego. A las dos de la mañana ya había llegado a las peleas, los gritos, los engaños. En López giro hacia el norte y de ahí hasta el amanecer no pensó en nada. O si, pensó en las cámaras y todo el equipo que llevaba en el maletero y si habría traído suficiente película para todos los muertos. El invierno estaba siendo duro, comentaban en la radio dos locutores y Bob pensó en Boston y en el frío que aquellos dos tíos pasarían de estar allí un invierno. Se dispuso a acabar su trabajo cuanto antes, no le gustaba trabajar pasado el mediodía. Los dos agentes que guardaban la puerta de la pequeña vivienda saludaron a bob cuando este les mostró su acreditación. Casi a oscuras recorrió los tres metros que el pasillo de entrada tenía hasta lo que parecía ser un salón y allí sus pies parecieron quedarse clavados al suelo. La pared orientada al sur estaba llena de pequeños orificios que los impactos de bala habían marcado sobre el yeso sucio y viejo . Debía haber mas de mil. Sobre el sillón, un antiguo tres piezas de color marrón, se encontraba el cuerpo de Onofre. Onofre tenía unos 29 años y cuando yo lo vi el la morgue no pude hacerme una idea de su estatura total, ni de la complexión que un día tuvo. Si no hubiera sido por las fotos que “el negro”, así llamábamos a Bob, había sacado en aquella infravivienda no podría imaginarme casi ningún rasgo físico del muerto. Sobre el televisor en la pared norte se podía leer escrito con sangre, “Pereiro quedas tú, voy a por ti”. En el suelo, a los pies de la macabra pintada se encontraba la mano derecha de Onofre, la cual sirvió de pincel.
No sé lo que Bob pensaría mientras tomaba las mas de trescientas fotografías que en aquel salón oscuro hizo. Seguramente siguió pensando en Martha y en su novio, “El Niño”, aquel que tuvo después de que lo suyo acabara definitivamente. Seguramente también en el día que tuvo que acudir a la calle de la fuente a fotografiar el cuerpo acuchillado de la que fue su compañera y seguramente de como sus colegas en San Diego le habían impedido matar a “El Niño” cuando lo detuvieron días mas tarde.

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Nicolás y las putas

Nacieron para comerse el mundo. Lastima que el mundo donde lo hicieron había caducado tiempo atrás.

Guadalupe, Belinda y Rosario. Así se llamaban. Temblaban como niñas en el pequeño cuarto del ayuntamiento de la ciudad de Ascensión.
En aquellos días, el edificio de la policía estaba en obras, siendo reparado de los daños que el camión de un borracho había ocasionado al estrellarse en su fachada. El camión, un destartalado Mack de los años setenta estaba cargado de vigas de acero que tenía que llevar a el sur y la inercia del choque fue tal que los técnicos municipales barajaron durante varias semanas la posibilidad de tirar el edificio abajo. Nicolás, el borracho, quiso vengarse así de la multa que las autoridades le impusieron por azotar en publico a una de las putas que en la periferia había cogido en su camión y a la que había dejado dormir en el motel donde él lo hizo, y aun así, y siempre en versión de Nicolás, esta le había mordido.

Belinda, la mas bajita de las tres muchachas estudio en el colegio con la mujer a la que Nicolás arrastró de los pelos hasta la plaza donde le propino la azotaina, pero el shock de lo ocurrido a ella y sus dos amigas le impidió recordarla cuando en el ayuntamiento escucharon la historia del tal Nicolás y las putas.
Guadalupe trabajaba en una de las muchas plantaciones que rodeaban Ascensión. Aquel día después de salir del trabajo, recorría a pie los casi cuatro kilómetros que la separaban del primer lugar donde un autobús paraba de camino a la ciudad. Encontró allí a Rosario. Rosario era la mayor. Guadalupe y ella se conocían desde chiquillas ya que en su barrio los niños jugaban juntos en las calles aun teniendo enormes diferencias de edad. Todos crecían rápido allí. La escuela no era precisamente el lugar donde más se aprendía y en aquella parte de la ciudad, normalmente, los niños dejaban de asistir a las clases en cuanto cumplían nueve o diez años.

Rosario trabajaba toda la noche en una panificadora, pero los apagones de luz, ocasionados por el camión de Nicolás ( la comisaria hacía las veces también de estación eléctrica), dejaron sin servicio el sur de la ciudad. Ese día salió cuando empezaba a oscurecer y se sentó en la parada a esperar el autobús.
-Entonces llegó Guadalupe-, me dijo Rosario con la voz temblorosa. La habitación del ayuntamiento que habilitaron para que pudiera hablar con las muchachas haría temblar a cualquiera. Se suponía que mi cometido allí era informarlas del peligro que corrían, pero a la vez tranquilizarlas y, sobre todo, convencerlas de que no hicieran ninguna estupidez como huir de la ciudad o alejarse de la policía hasta que aquello estuviera zanjado. Desde luego, si a mí me hubieran metido en un cuartucho como ese a contarme la historia que les relaté nadie podría haberme tranquilizado.

Cuando las dos, ante la tardanza del autobús decidieron caminar hasta la ciudad, no podían imaginar que encontrarían a Belinda junto a la acequia de las plantaciones más cercanas a la ciudad y mucho menos que en ella serían testigos de la muerte de Pereira.
El albino sujetaba por el cuello a un hombre cuya cabeza estaba sumergida en el agua. Cuando dejo de patalear, aquel hombre de las cejas blancas (como ya lo había descrito el hijo de Alejandro) lo levantó como si no pesara, según describieron las chicas, lo posó en el suelo, ya que no lo dejó caer, sino que lentamente lo tumbó sobre el lecho de barro que rodeaba la acequia y comenzó el ritual. Ritual cuyo final había hecho vomitar a Bob cuando reveló las fotografías y rememoro lo que vio en Ascensión.

Las muchachas huyeron pero el Albino debió presentir que alguien le veía. Esta vez en la pared de la acequia pintado con sangre ademas de una especie de puerta o portón se leía:” I see my red door and it has been painted black.

Naturalmente no conté esto a las chicas. Belinda trabajaba en un lugar donde servían tacos y enchiladas además del mejor mezcal de la zona. El sitio se llamaba Paint it black

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Ruth

Kase Kiiskinen Dalmau nació en Rovaniemi cerca del río. Allí pasó su infancia jugando y cazando, a pesar de su corta edad, en los bosques con su padre, llamado Lasse, que le enseñó como acechar presas y como acorralarlas con sigilo hasta darles muerte. Su madre, Ruth, una joven del Borne barcelonés, conoció a Lasse en un viaje que con unas amigas hizo a Amsterdam. Aquel viaje, que se inició para acabar en unos días, duró más de dos años después de los cuales Ruth marchó a Finlandia con aquel rubio de casi dos metros de estatura que a principios de los sesenta robó su corazón. Cuando Kase tenía doce años Lasse murió y su madre volvió a Barcelona justo cuando la dictadura del general Franco terminaba. Fueron años de viajes y caos. Kase, acostumbrado a la rutina y tranquilidad de su tierra natal se convirtió en un pequeño inadaptado. Su madre se trasladaba grandes temporadas a la capital, adicta a la noche y lo que se llamó movida madrileña. La primera vez que “el finlandés”dio una paliza a alguien fue en el barrio de Malasaña. El joven Kase deambulaba solitario por un Madrid efervescente en el que el anonimato que proporcionaban las tumultuosas noches, le permitieron patear la cara de aquel muchacho sin que nadie de los muchos que le vieron hacerlo le recriminara su acción. Más tarde llegaron los pequeños atracos, las bandas, los encargos y trabajos de los que se hizo cargo. Con dieciocho años y después de seis en las calles abandonó Madrid. Siempre fue un chico listo y sabía que su fama y aspecto le habían buscado mas de un enemigo en la noche madrileña y que no tardaría en recibir un navajazo por la espalda por algún conocido o desconocido al que otra banda consiguiera unos gramos más puros de la heroína con la que comerciaban. Aprovechó la ocasión y se simuló arrastrado por por su madre, aunque más por el dinero que esta todavía poseía (o esto es lo que ella creía), hasta la capital de México donde Ruth fue a vivir con un millonario poseedor de un enorme bigote y de al menos treinta haciendas ganaderas que acostumbraba a ir a España para malgastar su enorme fortuna.

Kase fue por su físico un inadaptado en España. Un albino de dos metros en el D.F. se convirtió en un autentico monstruo.

La foto de kovayassy

Lágrimas

Con el amanecer empezaba en su habitación la singular sinfonía de cada mañana. El rechinar de los muelles del somier con los pequeños orificios del marco donde estos estaban fijados, iniciaba la melodía. El crujir de la torcida espalda de Emeterio llenaba el espacio que su cuerpo dejaba al incorporarse. Ya sentado sobre el colchón, y bajo una enorme imagen de New York, estiraba el brazo alcanzando la silla. Tiraba de esta y las pequeñas ruedas delanteras silbaban aquel desagradable y agudo canto que podría desesperar a casi cualquier hombre. Pero no a Emeterio. Emeterio seguía atento, concentrado, cada sonido producido en esos primeros instantes del día. Son mi mejor compañía, dijo en alguna ocasión a alguna de sus pocas visitas. Son como un recordatorio para mi cabeza, un recordatorio que me dice , vamos cabrón levántate aún no estas muerto. Bajaba con la silla los veintitrés escalones del tramo de escaleras que separaban la puerta de su casa (en la que debajo de la mirilla se podía leer: aquí vive un puto tullido) del portal. Si bajo en el ascensor, si no intento hacer algo por mi mismo, no merezco vivir

Para algunos, la vida es galopar un camino empedrado de horas minutos y segundos. Salir. Así decía la canción con la que salía de casa, siempre la misma, y le acompañaba dentro de sus oidos en los enormes auriculares negros hasta el coche, donde encendía la radio tras sentarse, plegar la silla y meterla junto a él. En el coche conducía hasta el centro de Nogales. Su trabajo en la emisora de radio local le permitía vivir con relativa dignidad. Nada comparado a su trabajo anterior, el que tenía antes del accidente pero, para como he quedado no puedo quejarme de lo que gano, pensaba. No hubo un solo día en el que Emeterio al volante de su segundo Plymouth no recordara como pasó. Cada detalle, la cara de ella, el estruendo del impacto que asegura que escuchó mucho antes de notar su cuerpo golpear contra el volante, como si el tiempo se hubiera estirado y que los médicos y agentes que estuvieron en el atestado y con los que meses más tarde habló, le dijeron que era imposible y que sería una percepción ocasionada por el shock del accidente y los cambios en su vida. Recordaba como conducía aquella mañana de marzo hacia el oeste, con el sol saliendo detrás de él y como a unos cuatro kilómetros del aeropuerto General Ignacio Pesqueira García rebasó el daewoo verde conducido por ella. Lo rebasó y pudo ver sus lágrimas. No conocía de nada a aquella mujer pero ella lloraba. Por algún motivo levantó su pie derecho del pedal acelerador y dejó que el pequeño coche le diera alcance y entonces miró sus lágrimas y vio, a través de los cristales de ambas puertas, como corrían por las mejillas congestionadas de la mujer. Y vio como esta sollozaba y pudo ver su cara de asombro reflejada en las lágrimas que apunto estaban de salir de nuevo de los oscuros ojos de la joven. En las lágrimas apareció el mundo entero, en ellas había montes, valles, desiertos. En ellas estaban los rascacielos de las fotos que en la pared de la habitación de Emeterio colgaban. En ellas había niños saltando a la comba vestidos con pantalones rojos. En aquellas lágrimas creyó ver el origen del mundo y le pareció ver un Plymouth acercarse a la pulida y brillante parte trasera de una cisterna de Pemex.

Luego el estruendo.

Era el primer trabajo de Bob allí. Fotografiaba los restos del vehículo empotrado en el camión cuando le pareció que el cadáver del conductor lloraba.

Este tipo está vivo, gritó.

Sin salvación

Cuando Jorge abrió la puerta no podía creer lo que sus ojos le mostraban. Hacía casi 20 años que no había visto a ese hombre.

Recorrían, bordeando el lago Llopango, la carretera que les llevaba de Candelaria a la capital. En Candelaria llevaban desde noviembre, llegados de Teguzigalpa. Oscar conducía el vehículo en el que esa mañana de marzo, entre bromas, Jorge y él iban a comprar algunas de las herramientas y materiales que necesitaban para reparar el cobertizo de la granja donde habían pasado las ultimas navidades.
El ambiente político del el país no era desde luego el mejor, pero aquello era la jodida centroamérica y, recién estrenados los ochenta, los dos muchachos eran optimistas en su parada salvadoreña de regreso a México.
Oscar tenía diecinueve años. Jorge veintidós. Se conocieron dos años atrás en una de las muchas cantinas que en el barrio donde se criaron había. Hablaban de chicas, de viajes, de la represión que se vivía en los países pobres al sur del suyo. Hablaban de las noticias que les llegaban de una España en la que en tan solo dos años después de la muerte del dictador ya emergían movimientos sociales y culturales interesantes. Hablaban de libertad, de libertad en mayúsculas y hablaban de como se podía hablar de todas aquellas desigualdades sin conocerlas. En ocasiones se sentían unos estúpidos pedantes por hablar de ello. En ocasiones se sentían avergonzados por pensar en solucionar el mundo sin moverse de sus casas, en las que no tenían grandes lujos pero no faltaba rancho cada día. De ahí nació la idea del viaje.
De las manos de Jorge se resbaló la mezcla de marihuana y tabaco que a punto estaba de liar cuando la voz en la radio del auto informó de la muerte de Monseñor Romero. Al llegar a un cruce en la entrada oeste a San Salvador se dirigieron hacia Sopayango, donde habitualmente compraban los enseres y víveres que necesitaban. En la calle se podía sentir la agitación que días mas tarde sumió aquella ciudad, aquel país, en una catástrofe de más de doce años (Sin hablar de la miseria que hasta hoy mismo mantienen muchos de sus habitantes). Junto al arcén, en la carretera, una furgoneta verde humeaba por su parte delantera. Fue la primera vez que la vieron. Era morena, delgada. Sus ojos brillaban como ellos no habían visto jamas antes brillar unos ojos. En sus ojos parecían estar las respuestas a todas las preguntas. Mientras Jorge miraba la furgoneta, Oscar hablaba (aunque casi solo balbuceaba) con Martina. El embrague está destrozado, dijo Jorge, pero debe llevar así muchos kilómetros, creo que además has jodido el sistema de engrase por el calor. ¿El calor, en marzo? ¿me estás diciendo que con esta furgoneta no se puede venir aquí en verano?, contestó Martina irónica.
Te estoy diciendo que no se puede hacer tantos kilómetros con el embrague jodido. Oscar notó cierto pique en las palabras de Jorge, pero también notó que los ojos de Martina brillaban, más que antes, al sonreír mientras Jorge la atacaba verbalmente. Recalientas el aceite y eso lo paga el motor, concluyó Jorge. Aquel día Martina abandonó su furgoneta, sacó de ella el petate con el que viajaba y después de meter en él algunas ropas de las que amontonaba extendidas en el interior de la vieja volkswagen, se alejó de la capital del Salvador acompañada de los dos amigos. Las semanas siguientes en la granja fueron semanas intensas, semanas de indecisión, de descubrimientos. Martina reía las bromas de ambos y durante muchas horas del día vivían, ajenos a lo que en las ciudades estaba pasando. Al fin decidieron regresar a casa. Oscar decía que era de cobardes salir de allí en un momento histórico como en el que estaban, pero accedió a regañadientes porqué Martina, aunque nunca lo dijo abiertamente, quería salir de allí.
Tenía veinticinco años. Habían pasado mas de cuatro desde que Martina salió de buenos aires y nunca estuvo en sus planes llegar hasta México, pero entre bromas les dijo, que conste que voy por conocer Guatemala. También les dijo que había vivido con un chico de Guatemala durante los tres meses que permaneció en Panamá, y que allí, estaba segura que podrían pasar unas semanas divertidas y olvidar los tensos días que sin duda les tocaría pasar hasta alcanzar la frontera. Jorge se separo de ellos a los tres días de llegar a la casa del amigo de Martina. Tres días después de que Oscar y ella se acostaran por primera vez.

Habían pasado 20 años y hoy Oscar le abrazó bajo el quicio de la puerta.
He hablado con Martina, dijo Oscar mientras bebían café en el salón. Vive cerca en Nogales. Se casó con un tipo paralítico al que conoció el día que este tuvo un accidente. Me pidió que te buscara y fuéramos a verla.

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Tepito

Gregorio rebolledo llevaba en Tepito desde que nació. Sus abuelos llegaron a la ciudad mucho antes de que aquel trozo de la capital se convirtiera en lo que a día de hoy es.
Era un barrio difícil para alguien como Gregorio a quién hacía mas de dos años que todo el mundo llamaba Corina. Su padre había muerto joven, dicen que sufrió un mal que había heredado de su madre, pero otros muchos decían que el único mal que heredó fue la afición al mezcal y así fue que en un bar de la calle Toltecas sufrió ese ataque, a los que algunos, con discreción, llamaron borrachera de muerte. Cuando Corina paseaba por las calles del mercado durante los días siguientes al funeral de su padre, muchos de los viejos que alrededor de la plaza de Fray Bartolomé de las casas pasaban las tardes, le culpaban del fatal desenlace. Culpaban a su pervertido hijo Gregorio.
Tepito es un barrio lleno de gente trapicheando. Durante los años veinte se llenó de gente llegada al distrito federal de Bajio, Guanajuato o Jalisco y que poblaron las calles del barrio llenándolo de comercios en su mayoría dedicados a la fabricación y reparación de zapatos. Más tarde aparecieron, al beneficiarse de un plan de desarrollo en los años cincuenta, todo tipo de mercados públicos que le otorgaron un aire comercial que hicieron de Tepito un lugar donde obtener casi de todo. Emilio rebolledo fue zapatero hasta que la enorme borrachera (aunque todos en público hablaban del ataque) se lo había llevado de entre los vivos. Gregorio aprendió el oficio que en el taller de la calle Caridad tenía su padre. Así, el primer juego de botas altas que se calzó como Corina, estaban confeccionadas por ella misma. Hasta día de hoy guardaba más de treinta pares en su casa. Eran la envidia de mujeres, y muchas de las putas que en las calles menos transitadas del barrio trabajaban desde tempranas horas hasta pasada la medianoche, soñaban con tener unas. Pagó su operación de pecho con el dinero ganado vendiendo botas y todo tipo de artículos de cuero en los mas selectos sexshop de la ciudad. De eso hacía ya más de dos años y hoy era una preciosa mujer con un negocio próspero. Cuero y Yo. Ese era el nombre y marca de los artículos que Corina vendía.
Esa era la marca de la palmeta con la que habían azotado hasta matar a Toñin. Toñin era un conocido puto que hacía trabajos a ambos lados de la frontera. Nació en Arizona a tan solo unos kilómetros de la frontera y su condición de americano le permitía la libre circulación a uno y otro lado de “la valla”. Cuando llegué a su apartamento a nadie pareció sorprender su muerte. A menudo gritaba tanto en los encuentros con la gente a la que traía al apartamento que sabíamos que algún día se lo cargarían, me dijo Simón. Simón era un anciano que hablaba mientras exhalaba humo de pipa por la nariz.

Corina accedió a venir hasta allí. Fabricaba con madera de roble y un cuero importado de Argentina, que ribeteaba con gruesas tiras de piel, unas veinte palmetas al año. Casi todas por encargo. Me dijo que si veía la palmeta tal vez pudiera recordar a quién se la vendió.

La madre

La primera vez que vi a Gustavo Sorré, me sorprendió su complexión. Cuando en alguna ocasión había escuchado a alguien hablar de él, me lo había imaginado como alguien fuerte o grande. Supongo que es un prejuicio que me hace pensar que así debían ser los actores. El Sorré, como se le conocía en los círculos por los que se movía, era hijo de gallegos y había tenido uno o dos papeles importantes en el cine que le hicieron pseudo conocido entre los pocos amantes del cine nacional. Luego se dedicó al teatro, para lo que había nacido, o al menos eso decían sus incondicionales, esos que nunca entendieron su retirada de los escenarios de la capital para hundirse en el abismo de lo conceptual. Era la quinta vez que lo veía en menos de seis meses y hoy me parecía aún más pequeño. Tumbado, rígido. Sobre la mesa de acero de aquella fría estancia sus músculos y su delgado cuerpo parecían menguar en cada uno de mis parpadeos. En el interrogatorio que hicimos a los vecinos de Toñín cuando este apareció muerto, salió el nombre de Gustavo como el “novio” oficial del apaleado. En los días posteriores cada vez que visitó las dependencias de la Judicial, donde estuvimos recopilando toda la información del caso, se mostró entero, o al menos todo lo entero que un hombre podía estar tras el asesinato de su chico. Este maricón parece no sentirlo mucho, cuando yo digo que había que castrarlos a todos. No tienen sentimientos. Esa fue la frase con la que el jefe Olegario, jefe de la policía en aquel departamento había cerrado el caso, tras despedir a Gustavo en la puerta de la comisaria. El caso quedo cerrado, dictaminaron que uno de los muchos pervertidos con los que se acostaba el Toñín se lo había cargado a palos. Las indagaciones sobre la palmeta, que en mi entrevista con Corina inicié, no llegaron a ninguna parte. Como casi nada en este país.
Bob fue quien me aviso de la muerte del actor, estuvo fotografiando el cadáver tanto en el teatro de donde el juez autorizó su traslado como en la autopsia. Cuando me mostró algunas de las fotos que tomó no podía creerlo. Aquel hombre debajo el prepucio tenía una película blanca de esperma seco, de mas de tres milímetros de grosor recubriendo por completo el glande y en la que solo existía un pequeño orificio generado por la habitual micción. Desde luego este tipo lleva sin lavarse mas de un año, y por supuesto en todo este tiempo no ha cogido, dijo Bob mientras yo observaba las fotos. ¿Qué coño hacía este tío deprimido por la muerte del Toñin?, se supone que el americano era un puto sodomita, pero seguro que este no se lo follaba. Creo que se encargaba de cuidarle y curarle las heridas que en sus correrías sexuales le hacían, contesté. Creo que solo quería ser su madre.

La obra de teatro era conocida en los ambientes intelectuales, aunque Bob decía que no eran intelectuales sino snobs los que asistían a funciones como esa. Se trataba de un monologo en verso con mil versos consecutivos. Los primeros trescientos rimaban siempre con la A y mas concretamente con las silabas: an, as y ar. Los siguientes ciento cincuenta versos rimaban con el sonido E y también en: en, es y er, lo que levantaba grandes aplausos del público. Ahí sonaba la campana del descanso y la gente salía a comentar lo mucho que le estaba gustando la obra, la genialidad del interprete o simplemente desahogaban sus aguas. Otros quedaban sentados en las butacas como extasiados, mirando el techo de la platea como si esperasen una revelación. Al reiniciarse la obra las rimas empezaban por la U, pero solo acababan en un y us nunca en ur. Así hasta completar trescientos versos más, que dejaban a: os, on y or los doscientos cincuenta finales.
Aquel día el Sorré salió a escena, durante mas de quince minutos miró al publico. Miró a los ojos a cada uno de los allí sentados. No importaba lo oscura que estuviera la zona donde ocuparan espacio, él los miró.
Entonces recitó en voz alta.

Ortografía muerta en mis dedos
Mañana sin ti no es futuro
Mientras dormía, soñé que me amabas.

Eternas dudas me invaden al pensarte
Tenebrosas sombras de un engaño impune

Amor condenado a un encierro invisible
Besos que huelen a hambre
Otoños en las pieles de ambos
Gases inertes que no respiramos
Ríos de sangre y semen cubriendo las cuencas
Ariete que golpea mi corazón
Muerte sin ti

Inmediatamente se acercó a una soga que colgaba de una de las columnas sobre el escenario, subió a una silla, se ató la soga al cuello y saltó ante la atenta mirada de más de ciento setenta personas (el encargado de la taquilla me confirmó que tenía ciento ochenta y dos tickets) que había en el teatro.

Muchos fueron los tarotistas, brujos o practicantes de la cabala que en aquellos días decían que la omisión de la letra I en los sonidos y rimas de la obra escrita por el mismo Sorré, no anunciaba nada bueno.
Sus últimas palabras antes de saltar fueron, todo esto es una mentira.

Redes

Tiró las redes al fondo del mar, o al menos eso le gustaba imaginar, y una vez colocadas se dispuso a dar la señal para que arrancaran el motor. El pequeño pesquero hacía cada tres días el mismo recorrido. Eran tres días de duro trabajo. Eran tres días de olor a pescado, de escamas en las manos, de sudor empapado en agua salada. La rutina con la que ejercían sus trabajos no les dejaba gran tiempo para pensar en otra cosa que no fuera, tirar redes, arrastrar redes, subir redes, seleccionar, limpiar y vuelta a tirar redes. Es cierto que comida no faltaba y también lo es que en esa estación las grandes lluvias se escondían, quizás en otros mares, y les dejaban faenar tranquilos. Además la temperatura no era mala, con lo que las ropas de trabajo no eran las pesadas e incómodas gabardinas impermeables que cubrían casi la totalidad del cuerpo y cabeza. Algunos trabajaban con una especie de botas pantalón que se fijaba a los hombros con ayuda de dos tirantes cruzados. Uno de los marineros, cubriendo su pecho y brazos, se ponía viejos jerseys de lana que olían a sal y que, como los otros bromeaban, sabían nadar.
Tiró las redes al fondo del mar, pero se mareó antes de poder dar la señal. Era la tercera vez que se mareaba. Las otras dos veces no fueron en el mar. La primera ocurrió en la boda de Claudio. Andresito se mareó y todos pensaron que había sido por el mucho alcohol que seguro había bebido. La segunda fue en un tren. El tren militar que le trajo de vuelta a casa después de hacer el servicio militar en la montaña prepirenaica. Le tocó en un regimiento de zapadores y pasó los 22 meses que duró el servicio entre nubes y nieves. Viajaron hasta Bilbao en camiones desde el norte de Huesca. De allí en el hullero de La Robla hasta Boñar y León. En el viaje de León a Ponferrada fue donde ocurrió el mareo. Cayó entre dos filas de bancos de madera y quedo inmóvil e inconsciente a la vista de todos, pero soñó. Soñó con sirenas que salían del fondo del mar al que desde pequeño tiraba sus redes. Soñó que las sirenas cantaban para él y que él quería acercarse a ellas (a pesar de no ser bellas las sirenas). Sonó con los gritos de su madre que le decía que aquellas mujeres pez solo le traerían problemas. Y vio, que las redes que a él siempre le gustó imaginar que llegaban al fondo del mar, se quedaban apenas a una veintena de metros por debajo del pesquero. Pero no le importó. Aquel mareo tampoco causó sospechas a nadie, era bastante frecuente que muchachos relativamente mal alimentados se marearan en los interminables viajes en tren. Hasta los mas fuertes y sanos se marean a veces, dijo el revisor bajo la atenta mirada del capitán de la compañía de Andresito.
La tercera vez que se mareo, cayó al mar. Todo sucedió rápido. Uno de sus compañeros, el del jersey de lana, se deshizo de todo aquello que pudiera suponer un lastre y se lanzó al agua. Agarrado a las redes que Andrés (en el barco nadie le llamaba ya Andresito) había tirado instantes antes, bajó como quien baja por las cuerdas de un escala e intentó localizar al inconsciente Andrés en las claras aguas atlánticas. Subió y volvió a bajar e hicieron falta otras dos salidas, que el hombre del jersey empleaba básicamente en tomar todo el aire que entrara en sus pulmones, para localizar al que con cara de felicidad y unos enormes ojos abiertos era movido por las suaves corrientes, como la hoja de un árbol lo es por una brisa otoñal. Lo sacó a flote. Con las largas lanzas con las que a veces mataban algún pequeño escualo que aparecía en las redes, lo engancharon de los tirantes y lo izaron hasta la borda. Todo quedó en un susto.

En su inconsciencia Andrés no soñó esta vez. Él decía que había imaginado cosas, que esas imaginaciones tenían mucha más fuerza y credibilidad que un sueño, y que no podía creer que esas visiones o presagios, a los que se negó a llamar sueños, formaran parte solo de su imaginación ya que él nunca había podido sentir ni la mitad de lo que los imaginados en su “sueño” sentían. Soñó, o imaginó, o vio a dos hombres. Eran dos hombres que sentían dolor. Sintió dos hombres sufriendo.

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Tres historias

Dos fueron los minutos que Andrés permaneció sumergido en las aguas de aquel, su mar, como dos fueron los hombres por los que lloró durante meses. El médico que asistía a su aldea una vez al mes, era un licenciado alto y desgarbado que venía en carruaje (tirado por mulos) por no tener porte para montar sobre un caballo, o eso decían las mujeres del pueblo. Un soltero en esencia, por su físico y por lo itinerante de su trabajo, ya que recorría las tierras gallegas de sur a norte y de levante a poniente visitando y pasando consulta por las muchas y pequeñas pedanías que poblaban la provincia.
Ese médico redactó un informe en el que recomendaba recluir, aunque en el informe ponía hospedar, a Andrés en el manicomio de Mondragón. Es de suponer que las decenas de veces que “el mareado” contó la historia de aquellos hombres a los que no conocía de nada y por los que su alma se oscureció, llevó a las gentes del pueblo a opinar, al ser preguntados por el licenciado, que Andrés estaba como una cabra e incluso que seguramente fuera un peligro para la buena convivencia de la aldea.
La primera historia hablaba de un hombre negro, un hombre negro al que no entendía ya que hablaba otra lengua. Un hombre que sufría o parecía sufrir por una mujer. Una mujer a la que aquel hombre negro quiso más que a él mismo, a la que nunca pudo olvidar en vida y por la que pensó en matarse varias veces tras verla muerta.
El segundo hombre que Andrés vio sufría dolor. Dolor físico. No era su alma lo que le dolía, como le pasaba al primero de sus imaginados. A este hombre le dolía el cuerpo. Cada poco tiempo, o eso recordaba Andrés, el hombre tenía dolores. Dolor generado por palizas sin sentido. Dolores que le hacían gritar como grita alguien al que se tortura sin piedad. Esos alaridos entraron por los oídos en la cabeza del joven marinero durante su inmersión y le acompañaron hasta iniciar su particular huida. Por alguna razón Andrés nunca dijo a nadie que en su visión había una tercera historia. En ella Andrés escapaba de la muerte cruzando un gran mar.

El veintidós de febrero de mil novecientos cuarenta y siete Andrés Sorré, desembarcó en La Habana donde vivió algunos años antes de instalarse en México donde al fin pudo olvidar su visión.

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Al salir de aquel edificio antiguo, el sol llenó mis ojos de lágrimas. Bob a mi lado sacó sus gafas del bolsillo de la chaqueta y cubrió con ellas las pupilas empequeñecidas por la repentina aparición de una luz que hoy no hacía mas que recordarnos la oscuridad de lo que allí dentro vivimos. Avanzamos por Principal de camino a la plaza del descubridor cuando la comitiva nos dio alcance. El sonido de las trompetas, platillos, bombos y otros artesanales instrumentos de viento y cuerda, rodeó nuestros pensamientos y nos sacó, al menos a mí me sacó, del edificio que hacía ya casi diez minutos habíamos dejado atrás. En la plaza estaba nuestro hotel. En él teníamos todo lo que para este viaje trajimos y a él nos dirigíamos cuando el desfile nos atrapó.
Mi cabeza voló al ritmo que mis ojos giraban e hicieron girar y girar, alrededor de un eje concreto, todos los recuerdos de los últimos meses. La nevada del desierto, el tipo de los sucios rizos, la camarera de la carabana, aquel pórtico rojo pintado con sangre, la mano de Onofre fotografiada por Bob, Guadalupe, los Sorré. Todos esos instantes vividos rotaban a velocidad de vértigo agarrados a el bastón con el que aquella chica hacía piruetas mientras bailaba.
Era pura energía, entre las nueve chicas que la rodeaban, ella brillaba. Sus compañeras parecían estar allí solo para hacerla mas visible, como si la existencia de todas ellas estuviera únicamente justificada por ensalzar la belleza de aquella muchacha. Su pelo volaba cuando su cuello llevaba la cabeza de un lado a otro mientras sus brazos subían rápidos para dejar que la hélice, que su mano portaba, la elevara hasta cielo. Me pareció ver sus pies despegar del suelo por más de tres veces y me pareció que tendríamos que ir a rescatarla a algún lugar del desierto donde caería cuando sus fuerzas se terminaran y su muñeca no pudiera impulsar más el bastón a esa velocidad. Luego pensé que a una joven así no se le terminan las fuerzas (a causa de su divinidad) y también pensé que de caer en el desierto, nunca nadie la encontraría ya que se desvanecería como lo hacen las cosas fugaces. Como el rocío de la mañana, como un amanecer, como la razón de las locas, como las auroras boreales de las que Bob alguna vez hablaba cuando bebíamos de más. Conté los botones de su casaca y pude sentír en mi mente el tacto de cada uno de ellos al desabrocharlos para descubrir que clase de mujer se ocultaba tras los rojos atuendos de la muchacha. Soñé con mirarla eternamente, pero recordé que una vez me quemé (como si hubiera mirado al sol) por observar a otra que incluso brillaba menos.

Semanas después al pensar en aquel día, lloré con la excusa de las fotos que Bob tomó en la parte baja de Principal, pero mi llanto era por las heridas que en mis ojos dejaron los reflejos del sol en los botones de Lisa.

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Altos vuelos

Frente al espejo arregló como pudo sus cansados ojos con la ayuda de anti-ojeras y de un lápiz oscuro. Empolvó su cara con suficiente base como para cubrir sus imperfectas facciones. El colorete, rímel y barra de labios hicieron lo demás. Hacía tiempo que usaba peluca, su pelo no tenía ya el vigor de antaño y siempre creyó que, lo que la peluca costó, era el dinero mejor gastado de los dos últimos años. Luego se enfundaba las medias y abrochaba el liguero a ellas con extrema dedicación. Disfrutaba de aquel momento. De su colección de corpiños le encantaba uno de copas de encaje que realzaba su figura. Para calzarse se sentaba, cruzaba una pierna sobre la otra y deslizaba la cremallera hasta casi la rodilla donde la caña de la bota llegaba a su fin. La mayoría de las veces una vez acabada esta tarea, aparecía algún jovencito inexperto con el que follaba hasta correrse.

Una vez que aquel Boing 757 de Iberia paró los motores, Jaime Miramón Corredera, el comandante, bromeó con el sobrecargo sobre el culo de alguna pasajera de primera clase a la que habían invitado a visitar la cabina durante el largo vuelo hasta el D. F . En ese culo podría yo hacer aterrizar este cacharro, le dijo al joven sobrecargo desde la puerta de la cabina, donde se encontraba de pie mientras despedía al pasaje con un mecánico buenos días. La tripulación fue saliendo del aparato y de un portaobjetos situado en la parte superior de la cabina, Jaime extrajo su bolsa de viaje. No era una bolsa grande, en verdad era menor que la mayoría de las bolsas que el resto de los tripulantes llevaban, pero Jaime era un tipo mayor y después de tantos viajes seguramente aprendió a optimizar sus necesidades de vestuario. Se decía de él que era maniático, nunca dejó ni dejaba que nadie tocase su bolsa. Más de una azafata, llevada por la costumbre de complacer a otros comandantes en otros vuelos o rutas, había intentado ofrecerse a llevarle el equipaje, pero él siempre contestaba lo mismo. Yo nunca te llevaría el tuyo, de manera que no me hagas repetírtelo. Su fama de hombre recto, de marcado carácter e incluso de cierta vehemencia, hacía que trabajar con él no fuera uno de los destinos mas solicitados entre los tripulantes de la compañía. Aun así era un tío con un extraño humor que solo algunos entendían.

Era la tercera vez que Pereira visitaba el hotel con nombre de canción. La primera vez, mientras su amante se la mamaba agarró su cabeza y se quedó con la peluca en la mano, lo que le valió un buen mordisco en la polla. Algunos dicen que eso es lo que le enganchó y que por eso repetía. Esta era la tercera vez. Para la ocasión compró condones y se había perfumado con aquella horrible fragancia que haría huir a una mofeta. Llamó a la puerta. En pocos segundos esta se entreabrió y Pereira pudo sentir el roce de unos labios pintados sobre lo suyos, mientras tiraban de él para meterlo en la habitación. Hicieron el amor durante cuatro horas. La primera se dedicaron a besarse y realizar todo tipo de tocamientos sobre la ropa interior. En la segunda, y según lo indicado a Pereira en los otros dos encuentros, tendría que afanarse y utilizar todas sus fuerzas en penetrar aquel culo enorme sin cambiar el ritmo ni la intensidad. La primera vez, Pereira se tomó esto a sorna, pero entendió que iba en serio al ver la pistola. En la tercera hora, Pereira era obligado a frotar el pubis de su amante, por debajo del ombligo pero unos centímetros por encima del sexo, solo de esa manera su acompañante se corría. Lo que ocurría en la última hora es mejor no recordarlo.

Al finalizar, de pie en el recibidor de la habitación del hotel, Pereira buscó cigarros en la bolsa de Iberia (repleta de la lencería del comandante) que reposaba sobre un aparador. Cogió uno, salió y cerró la puerta avanzando por el pasillo jurándose que algún día mataría a aquel maricón.

Frío metal (Blood)

Deseaba correr, escapar, huir de allí. Llevaba demasiado tiempo nadando en aquellas estancadas aguas y cuando el dique cayó, y le pareció ver la posibilidad de escapar con la corriente, no pudo resistirse. A veces miraba arriba, buscaba entre las luces titilantes de aquel barrio oscuro. Movía rápido sus ojos de un lado a otro. A su derecha el fuego de sus recuerdos impedía ver todo lo hermoso que allí podía contemplarse. A su izquierda un manto oscuro cubría su futuro hasta dejarle sin esperanza.

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Fuego y vainilla

Sentada sobre la cama, apoyaba su larga espalda sobre unos cojines y colocaba el ordenador sobre la mariposa que formaban sus piernas cruzadas. No era una postura cómoda, pero a ella le gustaba escribir así. Sus dedos dibujaban pequeños paisajes correteando entre las teclas, actos cotidianos, que contados como ella lo hacía, se convertían en majestuosas vistas oteadas desde miradores secretos y dejaban de ser cotidianos para convertirse en extraordinarios. Cada palabra, cada una de las comas o puntos que utilizaba en sus escritos parecían pertenecer a ella de manera exclusiva. Si el lector se dejaba envolver por el susurro de su prosa podía incluso sentir el olor a vainilla de su cuerpo en las vocales y podía sentir también la sensualidad de su sombra, como proyectada en una pared, en casi cada una de las consonantes que incluía en sus escritos. En casi todas, menos en una. Una que hacía imaginar su elegancia, sus valores, su manera de pensar, de sentir, de vivir.

Agotada tras la creación de un texto que provocaría risas, llantos, temores, dudas, excitación , expectación, admiración, sus manos permitían que la pantalla del pequeño portátil reposara sobre el teclado, dejando en penumbra su cara, solo iluminada instantes antes por el brillo de su nocturno compañero. Bajaba de la cama, recorría el pasillo hasta el baño donde quitaba su ropa despacio, mirando su cuerpo (del que se sentía orgullosa) en el espejo mientras el agua de la ducha alcanzaba la temperatura deseada. Ese era su momento, se sentía libre bajo aquel abrasador caudal que la purificaba llevándose con él los restos de un mal día, los cansancios del alma que a esas horas aún le quedaban. Frotaba su cuerpo con la esponja llenando sus curvas de espuma de la que se vestía para imaginarse en otros mundos, con otras vidas, junto a otros amantes. Cuando el agua la dejaba desnuda. Envolvía su pelo en una valiosa loción que la acompañaba con su aroma durante el resto del día siguiente.

En el camino a la cama enumeraba en su cabeza los quehaceres del día siguiente (solo los mas importantes), dejándose arrullar desnuda, instantes después, por las ropas de su cama, donde abrazaba su almohada y quedaba dormida.

En ese momento es cuando yo, la empezaba a imaginar. La imaginaba dormida mientras mi auto cruzaba la noche. La imaginaba dormida cuando el resplandor de un sol naciente comenzaba a enrojecer el desierto paisaje que me llevaba, entre demonios y polvo, hasta las columnas de fuego de Cantarell.

Chicxulub

Llegué junto al enorme amasijo de hierro y escombros que, antes del suceso, fue el parking de la entrada del puerto que conducía al complejo. Hace años, alguien que allí estuvo durante mucho tiempo, me habló de los campos. Me habló de Nohoch y Chac, de Akal, Kutz e Ixtoc y me habló también de Sihil, pero no tuve la sensación de soledad que aquel hombre me describió hasta que escuché, cerca de cada uno de estos lugares, el flamear de las llamas que coronaban sus altas torres.

Bajo el parking estaba Bob, retiraba algunas piedras que los bomberos no consideraban importantes para el rescate de los cuerpos, pero que a él le producían desasosiego al mirarlas desde el interior de su objetivo. Había llegado de madrugada de Ciudad de Carmen, donde tomó decenas de fotos para el dossier del virgen suicida, al que todos en la investigación llamaban así por el contenido de la nota, supuestamente secreta, que había dejado para el juez, alegando en ella tan pueriles motivos para quitarse la vida. También había tomado otras para él. Alguna vez Bob tomaba fotos para calmar su alma, para sentirse más fotógrafo que funcionario y así me mostró la foto de la muñeca del chico y la desenfocada cuchilla que a mí casi me mareó. Su compañero decía que había estado delante del brazo del muerto más de una hora. Que miraba y miraba por la mirilla de su cámara, moviendo centímetros, milímetros, las patas del trípode para buscar el encuadre preciso, la luz adecuada, el momento exacto.

Bajo los escombros del Parking se supone que encontraríamos a Arnaldo Quiroga Bustos y a Damiana Roncos Balboa. Compañeros en el campo Ixtoc, ella trabajaba en tareas de limpieza de la oficina y sala de control, él operador de neumática. Habían salido juntos del turno de aquella semana y tuvieron la mala fortuna (o eso creíamos) de pasar bajo la estructura del parking antes del temblor.
Al acabar de retirar las ultimas piedras grandes y cortar, los bomberos asignados al rescate, el techo del vehículo, pudimos comprobar que no pasaron bajo el parking, estaban bajo el parking. Los dos cuerpos estaban desnudos.

Esperaba a la viuda de Arnaldo para comunicarle las dos pésimas noticias, entonces, mirando las lejanas antorchas, recordé el impacto del que hablaban en aquel documental. En mi mente aparecieron los dinosaurios extinguidos, los miles de arboles del cretácico que a pocos kilómetros de profundidad, bajo nuestros pies, habían quedado aplastados y que se convirtieron con el tiempo en aquello que hoy alimentaba a ese lugar. Pude sentir (en mi interior) el temblor que creo aquel trozo de piedra de más de diez kilómetros de diámetro, que hace miles de años asoló aquella orilla oriental. Pude sentir el temblor, y pude sentir un dolor similar al que entonces sintió el planeta, al ver como aquella viuda cornuda con corazón de oro caía desmayada golpeando el suelo.

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Circular

Los últimos rayos del sol acariciaban los respaldos de esparto de la sillas del jardín. Bajo los blancos arcos que adornaban la fachada de aquella hacienda de San Felipe, donde hace mucho te vi por primera vez, dos gatos dormitaban con los ojos semi abiertos vigilando nuestros movimientos, aunque a veces parecía que era nuestra conversación a lo que atendían. En ella hablamos de nuestros años juntos. De lo bueno, o como bueno recordado, y de lo malo, malos recuerdos (desafortunadamente no olvidados por ninguno de los dos) que saltaban en parejas sobre aquella mesa en la que apenas cabían nuestros cafés. Así, entre las tazas, pasaron los años en San Diego, el viaje al norte, el ruido del mar de Seattle cuando comíamos en el Lincoln park durante la parada del trabajo, el golpeteo de las remachadoras en la planta de ensamblaje donde los pájaros tomaban vida. Hablamos sobre la muerte de Kurt y el desasosiego de la generación de la antepenúltima letra en el ecuador de los noventa. Entre nuestras piernas, y cuando el sol abandonaba el día, sentimos el frío, y recordamos el frío que, agarrado a nuestra espalda, nos impidió ser felices en aquel lugar.

Aunque estaban allí, entre nosotros, aquella tarde no hablamos de nuestras diferencias. De tus celos, de mi incapacidad para enseñarte lo que por ti sentí durante tanto tiempo. No hablamos de la traición, de la falta de lugares comunes, de los silencios en las cenas y de lo lejanos que estuvimos en aquella pequeña cama. No hablamos del día en que sin entender que me equivocaba te deje volar. Y volaste.

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Perder la cabeza

Agueda ramos había sido testigo del suicidio de “la negra” en el barrio de las cocheras. Pudo verla en la escalera, mientras subía a la azotea de aquel viejo edificio donde vivían, cargada con un barreño lleno de ropa recién lavada. El viernes era el único día que llegaba agua corriente a el barrio y por ello el único día que la vieja lavadora de “la negra” funcionaba desde hacía mas de dos años. Después de lavar, subía con la ropa hasta la azotea donde vivían, el perro y zanquitos, dos jóvenes a los que no se conocía oficio alguno y que hacía ya más de año y medio que se habían instalado en lo alto del edificio. En aquella zona era relativamente normal que las azoteas estuvieran habitadas de jóvenes que en las noches, con sus conversaciones mirando los tejados de la parte baja de la ciudad, llenaban de luz y sonido el cielo de aquel barrio oriental. El caso es que aquel día la negra no colgó la ropa, se ató una fina cuerda de pita al cuello, anudó el otro extremo a uno de los pilares, que emergían del suelo, y, tras subirse al pequeño murete que hacía las veces de barandilla, saltó al vacío. Posiblemente “la negra” pensó que quedaría allí colgada o tal vez que sufriría momentos de asfixia provocados por el estrangulamiento. Seguramente se armó de valor y pensó, o quiso pensar, que ese ahogo duraría poco. No se equivocó. Al saltar, la cuerda rebanó su cuello como si fuera mantequilla y su cabeza se separó del cuerpo cayendo en la calle a los pies de Agueda que se ataba los rojos cordones de sus botas.

Aquel día a pesar de todo, fue el mejor día en los últimos ocho años de la vida de Agueda. Al ver la cabeza de la negra bajo su falda, sufrió un vomito que casi la hizo perder el sentido. Fue como si su alma fuera a salir de su cuerpo. Repentinamente un calor la invadió, un dolor en la parte baja del vientre le hizo creer morir, y arrodillada con la cabeza de su vecina entre las manos, lanzó un grito aterrador que pudo escucharse en toda la ciudad.

Agueda llevaba siendo tratada de todo tipo de dolencias desde hace años. Diagnósticos. Ulceras que no lo fueron, problemas en sus cervicales por los que la tuvieron drogada durante más de dos años. Bioxias, analíticas miles que no dieron resultados y los cuatro últimos años acudiendo a aquel psiquiátrico en el que la intentaban convencer, de que aquellos dolores intestinales no eran más que fruto de su mente enferma.

Después del grito Agueda perdió el conocimiento. Muchos pensaron que se desmayó de la impresión, pero el desmayo de Agueda fue originado por el dolor que provocó lo que de su recto, y a través de su ano, salió de ella. Expulsó una tenia muerta de mas de un metro. Estaba enrollada, como si la hubieran liado a un palo para darle vueltas. Su aspecto era el de una tripa de cordero de tamaño pequeño y el sangrado que Agueda sufrió, teñía aquel parásito de rojo. Cuando despertó, sus males habían desaparecido. Aquel día comenzaron para ella los buenos tiempos.

<a href=”http://www.flickr.com/photos/bokor/”>La foto

Descubriendo al monstruo

Se levantó aturdido, era una sensación extraña, un vacío.

Desde hacía más de cuatro años cada mañana se despertaba y enumeraba de la cama a la ducha cada uno de los sueños que había tenido esa noche. A veces en la ducha, dejaba que el agua le pegara el pelo a la cara mientras con los ojos cerrados podía ver con una asombrosa nitidez cada uno de los episodios, de los momentos soñados. Fueron más de mil cuatrocientas sesenta noches acompañado por las historias creadas en su mente. Historias a veces increíbles, realistas, esperanzadoras, a veces, surrealistas, deprimentes, aterradoras. Muchas noches soñaba con parajes verdes en los que corría sin parar de uno a otro lado. En ellos perseguía animales. Vacas, cerdos, gacelas una vez incluso a un delfín, un delfín con enormes patas que saltaba por aquel frondoso valle. Otras veces, y este era de los sueños que más le gustaba, se soñaba volando convertido en un enorme rapaz, pero conservaba su propia cabeza. Recorría el pedregoso terreno del norte de sonora, oteando, con su ojo de rapaz, la aparición de pequeñas presas, roedores, e incluso algún mamífero pequeño, que al ser atrapados por sus garras le hablaban con las voces de los amantes que soñó tener en esos cuatro años. Eso le hacía pensar, pensar y recordar cada uno de los timbres de voz de todas aquellas criaturas con las que a menudo soñaba y se sentía triste por no escucharlas aún. En otras ocasiones, pocas afortunadamente, soñaba que era un monstruo. Un monstruo con aspecto humano que no podía controlar sus instintos y que en su regreso a casa golpeaba como un animal a la mujer que con él convivía en ese momento. A veces soñaba abofetearlas, con la mano abierta. Las forzaba de rodillas frente a él y enrojecía las mejillas de sus amadas (hasta que el rojo de sus pieles se igualaba con las gotas de sangre que de la nariz, de las mujeres golpeadas por el monstruo salían.) con contundentes golpes. El sonido de aquellas bofetadas a mano abierta se acoplaba a el latir de su corazón y notaba como una onda expansiva recorría sus arterias y venas hasta llegar a los alvéolos dejándolo casi sin respiración. Era una sensación extraña. Como si la maldad extrema se apoderara de él y no pudiera zafarse. A veces lloró al darse cuenta que deseaba tener aquel sueño. Una vez soñó que tenía la capacidad de hacer feliz a los que a su alrededor habitaban. Durante algún tiempo, en su sueño, se dedicó a hacerlo. Miraba a los niños del parque y les hacia sonreír, miraba a los enfermos y estos parecían olvidar sus dolores. Miraba el cielo y parecía tornarse de gris en azul. Poco después dejó de utilizar el “don”, pero no por egoísmo sino por desidia. La mañana que soñó eso, al despertarse se sintió más preso de lo que nunca se había sentido.

Aquel día se levantó aturdido. No soñó. Al cerrarse tras él la puerta del psiquiátrico, miró el cielo donde tantas veces soñó haber volado y se alejó caminando dispuesto a descubrir aquel vasto país.

Nunca volvió a soñar.

96

Terminó de subir las escaleras y buscó entre el humo y las mesas en penumbra hasta que vio su cita. Se acercó a él desabrochando los enormes botones del grueso abrigo de lana que la protegía del frío en aquella húmeda noche de noviembre. Él se levantó y dio unos pasos para encontrarse con aquella mujer a la que hacía más de ocho años que no veía, a la que una vez, hace mucho, juró amor eterno y a la que nunca dejó de querer a pesar de no haber podido respetar el juramento. Sentados, mientras el resto de las almas que llenaban el local escuchaban el concierto, ellos conversaron durante horas. Agarró las manos de ella y se sorprendió de lo frías que estaban, pero más de recordar que siempre estuvieron así. Hablaron de sus vidas separados, de los viajes que ella realizó, de la beca, de su estancia en Melbourne y de como la pragmática Calo (Calolina, así la llamaba el hermano pequeño de Pep, y con Calo se quedo) había acabado en Chiapas a principios del noventa y cuatro. Preguntó por los amigos comunes y Pep relató como Quim y Marta se habían ido a vivir a Florencia tras el cierre del proyecto. Habló de la separación de Conrado y Martina y de los notorios y poco afortunados escarceos de esta en las noches de la ciudad. De los hijos de Anna y Santiago, de la mala suerte de Toni al que una vez más le cogió una regulación de empleo. Le contó lo mucho que pudo beber y las veces que amaneció tirado en la calle cuando ella se fue. La relación de dos años que con el maldito perico mantuvo y como la rompió cuando vio, en un momento de lucidez, lo que esa relación estaba haciendo con Alicia, la preciosa Alicia, entonces convertida en un zombie de huesos, pellejo y vergüenzas. Hablaron de Biescas y del principio del fin en la guerra de los balcanes. Pep contó su mes en Atlanta trabajando con los equipos de sonido en las olimpiadas y el viaje a LA para ver tocar a los Ramones en aquel que sería su último concierto.

Al despedirse el abrazo supo a poco. En ese momento, bajo la intensa lluvia, ella susurró, dime ¿que hago yo aquí?, apretó los brazos alrededor de su espalda y cerró los ojos.

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Marquee (moon)

Esperaba a que la puerta se cerrara. Contaba del uno al diez para repetir la secuencia. La segunda vez que llegaba al nueve de sus labios salía el “veinte”, en voz alta, y de nuevo al uno, dos, tres, para pasar por el treinta, cuarenta y así hasta el cien. Se sentía seguro tras esos casi dos minutos. Entonces se recostaba sobre el sillón acomodaba su cabeza entre cojines y sus manos desabotonaban los cinco ojales de la entrepierna del pantalón para dejar salir su polla a través de la bragueta. Acariciaba el extremo de la misma con dos dedos y con los ojos cerrados se trasportaba hasta el lugar donde ella lo esperaba para entregarle su cuerpo.
Aquello lejos de ser una excepción formaba parte de su vida cotidiana. Desde hacía más de 30 años se masturbaba a diario. A veces pensó en visitar un medico que pudiera aconsejarle. En ocasiones llegaba a hacerlo dos o tres veces diarias y se decía a si mismo que aquello no podía ser normal. Se preocupaba realmente por su obsesión en aquellos instantes en los que no deseaba tocarse compulsivamente. Esos instantes que seguían a los atropellados orgasmos; mientras limpiaba el pegajoso líquido del suelo, se cambiaba los pantalones mojados o se acercaba al baño con la palma de la mano llena de semen.

Recordaba cuando siendo adolescente, en el internado, se comportaba como un irresponsable en las clases con el único fin de ser expulsado del aula y encerrado bajo llave en los cuartos de estudio, donde a solas podía probar su hombría machacándosela e intentando batir su propio record de cuatro seguidas. A veces intentaba echar la cuenta de las miles de pajas que se habría hecho en su vida y al no poder calcularlas (con relativa exactitud) se conformaba con vanagloriarse o arrepentirse mentalmente de las que había practicado en momentos extraños. Como en el servicio de la sala habilitada en el tanatorio, en el velatorio de su madre o aquella noche que pasó detenido por los gritos y las pintadas de la universidad. Aquella noche manchó las paredes del calabozo mientras sus compañeros de celda dormían. A menudo en los últimos años frecuentaba las cabinas de los sex shop del centro del D. F, donde el surround estéreo de los modernos altavoces, que los cubículos poseían, le llenaban los oídos de gritos, gemidos y susurros que facilitaban su desahogo.

La escena era dantesca, sobre el sillón de aquel despacho el cuerpo del onanista descansaba el peso de su espalda sobre el cuero teñido de rojo. La cabeza había desaparecido casi por completo por el disparo. El brazo derecho colgaba del hombro. La sangre había resbalado desde el cuello por él y el goteo había dibujado, con el balanceo inicial del brazo, un garabato alrededor de la pistola que estaba sobre la moqueta.

La mano izquierda agarraba el miembro de el muerto que junto a sus hinchados testículos salían de la bragueta. Dos vueltas de cinta americana habían impedido que los dedos soltaran la verga tras el disparo.

En la nota que dejó sobre la mesa con letra casi ilegible se podía leer, Moriría por vos.

Sabines

Eran ya seis años los que habían pasado desde que Bob y yo comenzamos a recorrer el vasto territorio del país. Recorrimos, junto a su cámara y mi maleta, la costa este, donde pudimos charlar en los días y meses que allí convivimos. Descubrimos el centro y sur, donde aquel hombre se abrió a mí y donde me confió los secretos que tantos años había callado, transformándose en un amigo. En el desértico norte, entre nieves, rocas rotas en la madrugada y finísima arena en la boca, que limaba como esmeril nuestras muelas y dientes, comimos, lloramos, reímos. En fin, vivimos.

Entre las muchas historias que compartió conmigo, hubo una que me conmovió. La historia de un puertorriqueño que un buen día le contó, con la normalidad con la que otros hablaban del tiempo, que todos y cada uno de los días desde que cumplió los dieciseis vivió enamorado. Aquel tipo debía tener cuarenta y tantos cuando platicó con Bob, lo que suponía que llevaba unos treinta años suspirando por el amor de alguna mujer. Relató como fue desvirgado por las putas de una casa de citas que le apadrinaron o amadrinaron y que decidieron que aquel hombrecito les entregaría amor verdadero una noche a cada una de ellas a cambio de solo sexo.
Aquellas muchachas pronto se percataron del don que aquel chico tenía. Era capaz de volver locas a las mujeres que se acercaban a él, no nublaba sus razones, pero por alguna razón que nadie entendía ( y la razón era el enamoramiento extremo que Saúl alcanzaba) despertaba sus libidos. Con veinte años y tras doscientas doce semanas enamorado de las putas conoció a una mujer, una bella mujer viuda de facciones suaves, piel blanca y labios rojos, que regresó a la vida con cada una de las poesías que el enamorado Saúl leía para ella. Generalmente recitaba poemas de poetas Mexicanos a los que el consideraba unos sabios maestros. Más de diez mujeres después de aquella, hicieron suspirar al “hombre contento”. Así le llamaban en la ciudad de Ponce, donde llegó cuando tenía veinticuatro o veinticinco años.
Bob hacía un reportaje de fotos sobre un famoso acuartelamiento de bomberos que había en la capital del sur , cuando conoció a este hombre. Paradójicamente el día que se conocieron fue el primer día en la vida de Saúl en el que no estuvo cegado de amor, al menos así lo recordaba él. Relató como otras veces al conocer a otras mujeres, la locura cambiaba de origen casi instantáneamente y pasaba de amar con todo su alma a una mujer a desear morir por otra sin apenas variar un ápice la intensidad del sentimiento. Con esa última amada algo en su mente le decía que nunca más amaría a ninguna otra como lo hacía con ella.
Era una mujer flaca, huesuda, morena. Su tez oscura le otorgaba una belleza racial y salvaje. Sus ojos color miel hacían estremecer el corazón de Saúl cada vez que los veía o imaginaba.
Cuando aquella mujer le hablaba, él se sentía único, se sentía especial, se sentía dichoso. Con aquella mujer no se sentía cegado de amor pues en esta ocasión la ceguera desaparecía para dejar un profundo sentimiento de admiración, un enorme deseo, una insoportable frustración cuando no se encontraba junto a ella. Fue el día que Saúl relató la historia de su vida a Bob, cuando juró que amaría a aquella mujer el resto de su vida.
Como contrapunto a aquella historia, Bob habló de sus problemas con Martha y tomando como ejemplo la feliz existencia de Saúl prometió intentar arreglarlo. Intentarlo de nuevo.

La foto

Red dawn

Después de abandonar la última cantina del barrio caminamos hacia el hotel. Era moderno, menos minimalista que otros pero más acogedor y habitado por urbanitas. Turistas jóvenes que llenaban con su bullicio el espacio habilitado con ordenadores junto a la cafetería de la octava planta, a diferencia de los grises y silenciosos ejecutivos que poblaban los silenciosos desayunos del otro hotel donde en ocasiones permanecí en esta ciudad. Silenciosos desayunos solo amenizados por una de esas músicas que, a alguien, una vez, escuché definir como: música de desayuno de hotel. Bellas cantantes que interpretan en clave de jazz éxitos de los últimos treinta años.

Llegamos allí como a las cinco de la mañana el sol coloreaba de rojo el suelo y cielo del desierto este, al que miraban los ventanales de las escaleras. En los descansillos de las mismas, parejas enamoradas se acurrucaban sobre los sillones de piel que la dirección del hotel había dispuesto allí a fin de justificar el nombre del negocio. Red dawn.

En la tercera planta me despedí de “el chato”. Antiguamente, el chato, se encargaba de cargar a lo largo del día con los pesados baúles que Bob solía arrastrar hasta las escenas que fotografiaba. A medida que el tiempo pasó utilizaba una sola cámara y exprimía los ajustes de la misma hasta tal punto que, incluso a veces, ni sacaba el flash de la pequeña bolsa que portaba con él. Así, el chato, estaba casi condenado a quedarse sin trabajo, pero los años acompañándonos y un accidente que dejó de baja a uno de los hombres de campo del laboratorio, hacía casi dos años ya, le permitieron seguir con nosotros hasta el día de hoy. Subí despacio los veintiséis escalones que en dos tramos separaban la tercera de la cuarta planta y con el sol a un palmo del suelo entrando por el cristal del pequeño hall giré a la derecha para buscar la 419.

El agua de la ducha tardó más de quince minutos en alcanzar los cuarenta y seis grados con los que me gusta abrasar mi cuerpo. Al salir de la bañera el vaho lo cubría todo y me senté en el suelo sobre una toalla, respirando aquella humedad tan poco común en aquel rincón del país. En el suelo y las paredes dibujé con mi dedo sobre el hálito que todo lo empañaba. Dibujé letras, dibujé números, dibujé un halcón con una flecha de incertidumbre clavada en el pecho y dibujé una luna alumbrando una pareja de lobos que se alejaban de la manada con el rabo entre las piernas. Entonces escuché tres golpes secos sobre la puerta de entrada. Anudé una toalla a mi cintura y me acerqué a la puerta en silencio. Mis ojos buscaron la beretta al otro lado de la habitación, sobre la silla, bajo mis pantalones, pero descarté acercarme a por ella por algún motivo. Entreabrí la puerta afirmando con fuerza el pomo y al asomar mi cara pude ver la suya. Me sonrió desde encima de sus tacones.

Feliz cumpleaños flaca, dije a aquella mujer mientras mi corazón aceleraba hasta el infinito.

La censurada imagen

Desierto y pastel

Era un día de esos en los que el sol marcaba sus rayos sobre la cabeza de los que aquella franja del mundo se disponían a atravesar. Edmundo conocía la ruta. La había estudiado mentalmente durante los más de cuatro meses que vivió en la frontera y en los que interrogó a cada uno de los que fallaron en el intento. Su punto de partida fue algún lugar entre Naco y Aguas prietas y su rumbo, norte. Debía avanzar, por un terreno árido pero no arenoso, unos cien kilómetros después de los cuales alcanzaría la ciudad de Willcox. Ese sería el punto de partida desde el que iniciar su trasiego a la gran ciudad. Cerraba los ojos y podía verse tocando las cúpulas en el cielo de un New York vacío de estrellas y atestado de esperanzas.

En el trazado había varias plantaciones, pequeños oasis, en las que con suerte podría encontrar alimentos y líquidos con los que reponer su cuerpo. Había decidido realizar el recorrido corriendo por aquel pedregoso y desértico paraje.
A la hora de camino y con unos doce kilómetros recorridos encontró un vehículo parado en mitad de ninguna parte, las huellas de los neumáticos indicaban de donde venía. Edmundo se acercó cauteloso para descubrir unas pisadas que se alejaban en la dirección que él debía continuar. Era la mejor ruta para no ser visto, la peor para ser encontrado. A punto estuvo de seguir corriendo cuando vio a un niño de unos cuatro años en el asiento trasero del auto. El niño le dijo que su papa había ido a buscar gasolina y él esperó hasta la noche y luego hasta el amanecer. Una vez el sol asomóse completo, se puso a caminar hacia él con un crío en brazos que jugaba con los suyos a rodear el cegador astro. Al llegar a Douglas entregó al muchacho a la autoridad local, más tarde fue subido a un vehículo oficial y devuelto al otro lado de la frontera.

Cosme Aguado Del Río quedó huérfano, el cuerpo de su padre nunca apareció en el condado de Cochise.
Edmundo nunca más cruzó la valla.

El dibujo sobre moleskine

Two’s a crowd

Los sanitarios le atendieron bajo el tronco de un roble de ramas desnudas. Alguien le había visto allí tirado, bajo la lluvia, y llamaron a los servicios de emergencias. Pudo ser reanimado.
Su nombre era Ramiro Andivias Vaquerizo y tenía una extraña costumbre en una ciudad donde todo iba despacio. Ramiro corría. Corría siempre. A veces al amanecer, cuando el sol empezaba a asomar por encima de los tejados. Otras cuando caía y teñía los campos de aquel intenso naranja que una vez alguien dijo que solo era tan intenso allí. Salía a correr incluso cuando el viento levantaba aquellas polvaredas en las que era difícil respirar. Se anudaba un pañuelo a la cara, cubría sus ojos con unas antiguas gafas de montañero, que nunca nadie supo donde había conseguido y así vestido se perdía por los caminos que recorrían las tierras colindantes a la ciudad. Pero lo que más gustaba al corredor era correr bajo la lluvia. No era este un sitio donde la lluvia apareciera a menudo, pero no hubo un solo día en el que el cielo mojara las calles, que Ramiro no estuviera saltando charcos y llenando de barro su calzado.
Por extraño que parezca, la costumbre que acabó con los sanitarios atendiendo a Ramiro bajo el enorme árbol no fue la de correr. El hombre solía abrazarse a los arboles al terminar sus carreras. Antes de parar, buscaba. Seleccionaba el árbol al que se abrazaría. Justo en el instante en que sus piernas paraban, en el tiempo en el que su corazón comenzaba a bajar las pulsaciones, se abrazaba fuerte a él. Lo rodeaba con sus brazos, pegaba su pecho y pubis al tronco del roble y apretaba. Apretaba sus brazos al tronco como si quisiera estrangularlo, como si pudiera encerrarlo, acorralarlo en un circulo cada vez menor. Entonces ocurría. El mundo parecía encogerse (y no el tronco del árbol) y luego expandirse rápidamente hasta explotar ante sus ojos liberando una lluvia de diminutas luces que cubrían sus ojos de blanco. Al retirarse la eventual ceguera aparecían ante él gentes de todo tipo. Una vez un indígena le ofrecía monedas de oro a cambio de salvarle de algo que él no logró entender. La mayoría de las veces le visitaban las caras de sus familiares vivos, pero también algunas de los muertos. Aparecían unas detrás de otras como grabadas por un soldador caliente en la corteza del árbol. La ocasión en la que un conocido peso pluma de boxeo le pidió, vocalizando muy despacio, que fuera al muelle y buscara en un gran barco un contenedor rojo, escuchó de fondo a una banda que gritaba que: “dos son multitud”. Lógicamente jamás buscó el contenedor. Allí no había muelles, la costa mas cercana estaba a ciento trece kilómetros.

Cuando separaba su cuerpo del árbol se sentía lleno, renovado.

Aquel día mientras apretaba el tronco del centenario roble, un rayo cayó sobre su espalda, dejando un surco de carne quemada que recorría la columna vertebral desde el cuello hasta el pie derecho pasando por su pierna.

Nunca volvió a correr.
Nunca olvidó la cara del indígena.

El sin nombre

Sentado frente aquel hombre, con dos tazas de café hirviendo sobre la pequeña mesa de mármol en un acogedor rincón de aquella céntrica cantina, escuché por primera vez, de sus labios cortados por el aire del desierto, la historia del hombre estúpido.
Según el viejo, que bebía cortos tragos de su botella de tequila entre sorbo y sorbo de café, el hombre estúpido vivió cerca de aquella ciudad durante toda su vida. Pensaba aquel necio, relató mi anfitrión, que él era el centro de todo. Una vez cuando por motivos cayó en sus manos un tratado de física que un muerto abrazaba, se dijo a si mismo, tras leerlo sin entenderlo del todo, que Newton era solo un zoquete con suerte. Nunca leyó mucho más que los envoltorios de las patochadas que consumía, pero aún así sostenía que algunas de las grandes plumas de la escritura mexicana no eran más que pobres diablos incapaces de contar algo de manera interesante. Era la novia en la boda y el muerto en el entierro, y es que ese tipo sostenía que era el mejor en su oficio. Alguna vez llegó a decir que aquella ocupación no había sido un trabajo digno hasta que él comenzó a desempeñarlo. De su padre, que siendo él joven le enseñó casi todo lo que sabía, solía decir que nunca fue nadie por su falta de confianza en si mismo. El estúpido hombre era enterrador.
No tenía una base firme acerca de como se colocaban los ladrillos para construir una tumba sólida, segura, robusta, pero estaba convencido que con actitud, y sintiéndose superior que el resto de enterradores de la comarca, a los que lejos de considerar colegas trataba con desprecio cada vez que tenía ocasión, ofrecía un impagable beneficio a la ciudadanía. Cada vez que alguien moría, él era el absoluto protagonista. Llegó alguna vez a decir a la viuda de un querido industrial de aquellos lares, que por favor no le guardara rencor, que él tenía que hacer su trabajo y que aunque disfrutaba arrojando paladas de arena sobre el féretro, paladas que nadie era capaz de arrojar con tanta elegancia, recordó, no pensara que era nada personal.
Mantenía grandes polémicas con el capellán. Cuando este intentaba decirle, que su trabajo debía solo ser una labor anónima y que si practicaba y perfeccionaba sus habilidades de albañilería, quizás algún día podría realizar otros trabajos; construir casas, bruñir fachadas, cubrir tejados; con el tiempo incluso ayudar en los trabajos de construcción de iglesias y ermitas (que para el capellán era lo más digno, sagrado y honorable que se podía construir), aquel idiota contestaba que le dejara, que no le tratara como al resto de sus tontos, esos inferiores mentecatos que enterraban gente en cementerios de segunda y de cuyos nombres nadie se acordaría nunca.

El boticario de “La palotada” no pudo decirme ni una sola buena palabra sobre aquel egoísta tipo en los más de tres días que conviví con él en la trastienda de su negocio. El tremendo ego que gobernaba su vida fue lo que nos llevó a reaccionar y acudir en masa aquel día, dijo uno de los aburridos parados que cada mañana se sentaban al sol junto a la puerta del taller de cuero anexo a la botica. Era como estropearle su gran fiesta, su sueño. Soñó sin duda el enterrador con su propio entierro como un entierro desierto, vacío de amigos, ya que siempre pensó que todos le odiaban por las supuestas envidias que su legado levantaría en el mundo entero. No se recuerda un entierro tan concurrido en la historia del estado de chihuahua, posiblemente en todo el país. Vinieron gentes y enterradores de todas partes, algunos incluso de Guatemala, para despedirse del idiota más grande del mundo.

Aquel mismo día, de la lapida fue borrado el nombre de aquel a quien todos recuerdan como un absoluto imbécil. Un sin nombre.

La foto

Kathleen

revenge

Después de recorrer el último tramo de aquella escalera, alcanzó la puerta de madera que simbolizaba el descanso, la llegada a casa. Ese lugar donde inicialmente se encontraba a gusto y en el que podía desvestirse del agobio y la saturación que a lo largo del día se pegaba a su piel. Una ducha helada reponía sus energías, despejaba su mente y despertaba esa otra mujer que pocos conocían. Eran quince los tramos de escaleras que había que salvar para llegar donde ahora estaba. Los techos altos eran una ventaja excepto para subir a aquel cuarto piso. Al abrir la puerta sintió que algo no iba bien. Probablemente percibió un olor, algo que logró ponerla alerta en décimas de segundo. El olor de sentirse usurpada. Quiso hacer ruido. Siempre pensó que el ruido ahuyenta el miedo, pero entendió que no era miedo lo que poco a poco aumentaba la presión de la sangre en sus venas. Obró al contrario. Se trasformó en una sombra, un fantasma silencioso cuya sabana se inflaba elevando su vuelo por el aire mientras su pituitaria se colapsaba de aquella fragancia que no era la suya.
Atestó mas de catorce golpes en cada una de las dos cabezas. Las sabanas se convirtieron en una balsa de sangre y sudor sobre la que reposaban los cuerpos adúlteros de su marido y de aquella perfumada mujer.

En el suelo de la habitación sentada, con el pie de mármol de la pequeña lámpara aún en las manos, repetía, con la mirada perdida, ella no me entendía, ella no me entendía.

Aquel día Kathleen Thomas pasó a ser Kathleen Lewis Thomas

Los labios

El saltador suicida

.

Logré convencer a aquel pendejo de que no saltara, solo después de escuchar su historia. Aferrado a aquella cornisa como si temiera caer, contradicción que nunca he entendido en aquellos que deciden un día cruzar los barrotes del balcón para saltar, me relató con tristeza como su vida quedó marcada un día cercano a aquel en el que nos encontrábamos. Narró como el ascensor cerró sus puertas tras ellos. Su olor lo invadía todo, me dijo cerrando los ojos. Si te fijabas bien en aquel hombre podías percibir como las aletas de su nariz se desplegaban mientras describía el olor que inundaba su cerebro. Recordó los últimos besos contra el espejo de la austera cabina del elevador, unos besos que acabaron llenándole de melancolía cuando deberían haberle alegrado. Contó como el botón de stop parecía parpadear cambiando de color junto a su mano, como incitándole a ser pulsado para permitirle así vivir con ella, en aquel reducido espacio, durante el resto de su vida. Al alcanzar el piso bajo, las puertas jugaron a separar sus perfiles y a través de la la abertura, que crecía en las décimas de segundo siguientes, entró una luz que les rodeó iluminándoles y poniendo fin a una efímera, casi instantánea velada.

Nunca más pudo verla y el dolor que aquello causaba, el dolor y casi botella y media de tequila “Los suicidas” (de donde personalmente opino que sacó la idea de quitarse la vida), consiguieron que acabara allí subido contándome su historia en una inapacible noche de caluroso invierno.

Bajó llorando como un niño de allí.

Juré encontrar a aquella mujer, maldiciendo el día de los enamorados.

Los botones

La reina en la ciudad sin nombre

La novia

.

El club la cucaracha, se encontraba en el extremo, ni siquiera en medio de ningún sitio.

Allí fue donde encontré la pista de la que tiré hasta llegar a esta fría ciudad.
La encargada del local me envió al norte, cerca de la frontera. Durante un tiempo perdí el rastro, hasta que Felisa, una de las chicas que trabajó con ella en Tijuana, me mostró una postal llegada desde Coronado. Del itsmo a Encinitas, Oceanside, San Clemente, El toro y por fin Los Angeles. No se cuanto tiempo busqué hasta que alguien me dio el nombre de una nueva ciudad. Berlín. ¿Berlín, en Alemania?, asintieron con la cabeza. Parece que había encontrado demasiadas dificultades para poder crecer profesionalmente en la tierra de los gringos. Partió hacia Wolfsburg donde existe una enorme colonia de compatriotas que trabajan en la fabrica de automóviles y después de unos meses allí, se mudó a Postdam. Cada día se acercaba a trabajar como Go-Go a Berlín a varios de los locales de la ciudad. A medida que pasaba el tiempo, cambiaba el perfil de los clientes de los locales por donde iba pasando, aumentando su cache y extendiéndose su fama.

El día que por fin la vi, contraté sus servicios para que bailara para mí en una mesa circular del Dollhouse de Hamburgo. Mirándola, semidesnuda, hubiera ingerido litros del tequila que Adolfo (el suicida que quiso poner fin a su vida cinco años atrás al enterarse a que se dedicaba ella) bebió antes de subir al balcón. Me limité a mirarla. Una de las veces en las que ella acercó su boca a mi cuello le susurre al odio, ¿como lo haces?
Paró de bailar, se puso en cuclillas frente a mí con las piernas tan flexionadas que sus rodillas parecían las afiladas puntas de dos lanzas paralelas. Como dijo el cantante, para convencer a un hombre de que le amas hay que temblar, temblar como si fuera la primera vez, como si después de estar a su lado tuvieras que largarte obligada y no quisieras hacerlo. Se quedó en silencio mirando fijamente mis nublados ojos y, con su mexicano acento, me preguntó si esperaba a que terminara su turno.

Cenando horas después le conté la promesa que había realizado al suicida y entre amargas risas me atreví a decir, Pasemos la noche juntos, te necesito como nunca.

La foto pudo ser de kovayassy, pero le quitaron la cámara al entrar.

Era axial

.

Aquel hombre me habló de libros de historia. Me habló de Séneca, Confucio, Isaías, Parménides. Me habló de la era axial. Uno por uno fue narrando en orden cronológico acontecimientos históricos que, quizás no convertían en verdad sus palabras, quizás no confirmaban la autenticidad de la astrología como ciencia, pero si le concedían, en mi opinión, el título de experto en historia de la humanidad.

Para cada uno de los sucesos tenía una carta memorizada en su cabeza, una carta que alienando su conciencia, alineaba astros, cometas y nebulosas, y que a su juicio eran, sino la explicación a todo, si la causa de su origen.

El astrólogo, al ser preguntado por el hombre que buscaba y al que él había podido ver no hacía mucho tiempo, bajó su cabeza y con la mirada clavada en una taza vacía describió como en sus ojos habitaba el fuego del Sol salpicados por un denso y pesado magma de Mercurio. Un fuego que no quemaba, un fuego frío que congelaba a aquellos a los que aquel hombre miraba. Incluso él fue congelado por aquella mirada. Solo una vez, contó haber sentido algo así. Una vez, que permaneciendo en trance pudo ver (y sentir como suyo) el sufrimiento de miles de corazones que ardieron juntos un seis de agosto al otro lado de un gran mar, allí donde el sol nace. los gritos de esos corazones le asustaron tanto que temió no poder volver a dormir jamás. Pasado un tiempo lo pudo hacer.

Hacía cuatro días que miró al hombre que yo buscaba. Hacía cuatro días que los ojos de “El Jinete” le habían congelado el alma. Hacía cuatro días que no dormía.

Las gallinas de salazar

.

Llegaba del trabajo en el campo, como cada día. La noche cubría las calles del barrio hacía más de una hora y el callejón al final del cual vivía era de los más oscuros de la zona. Temió lo peor al ver la puerta de entrada entornada y pudo comprobar, al entrar en la sala que servía de cocina y comedor, que las amenazas no habían sido un farol. Frente a la ventana orientada al este y colgando del cuello en una cuerda atada a la lámpara, halló a su hija mayor. Aquella niña solo tenía ocho años y su piel palidecía a la pobre luz de las bombillas. Antes de que el horror acabara de invadirle miró al suelo donde, un enorme charco de sangre rodeaba a su mujer. Estaba degollada. Miraba al techo con los ojos muy abiertos, vidriosos, casi parecía que aún lloraban. Su pelo rizado teñido del rojo líquido que se esparcía por toda la habitación, le otorgaba un halo de divinidad que por supuesto él no percibió. Sobre el charco y con la cabeza apoyada en el pecho de su madre, una criatura de aproximadamente un año dormía agotada. Su cara estaba repleta de lágrimas, mocos y sangre y su plácida expresión dormida parecía indicar que tal vez nunca recordaría lo que allí había pasado. Emiliano la recogió del suelo, la acurrucó entre sus brazos y retirándose unos pasos de los cadáveres de su familia, rompió a llorar. Sobre la cocina encontró una nota en la que, con una pluma mojada en sangre, estaba escrita una amenaza. Hoy duerme, mañana sangra.
Recogió dos o tres cosas de la casa antes de incendiarla. Viajó varios días hacía el norte hasta el lago Tancol, se acercó a él abrazado a su hija y a orillas del mismo, retorció el cuello de la pequeña con un movimiento seco. Más tarde la arrojó al fondo del lago. Durante un tiempo vivió a lomos del caballo con el que sus torturadores hacían fortuna. Entonces se ganó el apodo de “El Jinete”. Soñaba con su familia mientras recorría los mundos imaginarios donde cada día abandonaba su alma a un estado que le acercaba más a la muerte que al lugar de los vivos. Desapareció.
Dos años más tarde a casa de Salazar llegó una pequeña caja por mensajería. Cuando el narco abrió la caja tembló al ver en ella unos azules ojos momificados que inmediatamente reconoció como los de aquella pequeña a la que un día dejó berreando junto a su madre muerta. La caja contenía una nota escrita con sangre, la misma con la que estaba escrita la que Emiliano encontró en su casa. Decía, Ya no sangrará. De nada sirvieron las medidas que adoptó, un mes después de la recepción de aquel presente, Salazar apareció despellejado en el granero de su finca. Su piel había sido extendida en el suelo de uno de los corrales y las gallinas picoteaban los restos de carne que estaban adheridos a ella. Los dos guardias de seguridad aparecieron degollados y con varias plumas de gallo insertadas en los globos oculares. Veinte días después de aquello, Cosme Mendiola, gobernador civil del departamento y ángel de la guarda defensor de Salazar ante el fiscal del estado durante los tres últimos años , fue encontrado desnudo y empalado en un motel cercano al centro.
Desde ese día hasta hoy, más de treinta personas han muerto en la particular venganza de Emiliano, “El jinete”. Ahora que estamos tan cerca, no sé si quiero atraparle.

La imagen

Guerra

.

Esteban me ofreció fuego. Sentados en las banquetas del pequeño camión avanzamos en la noche hacía el destino. Durante el trayecto, y al pasar por el cruce de Alange a La Zarza, reinicié la conversación comentando que no hacía tantos años que yo era un chiquillo que corría por aquellos campos, yelmos ahora por el frío del invierno y la dureza de las circunstancias. Miró hacía mí con cara de sorpresa, abrió las telas que capotaban la parte trasera del transporte a través de las cuales habíamos accedido a él casi una hora atrás, y señalando un lugar me dijo, Yo nací en Campo Ameno pero me crié en Palomas con unos tíos. No podía creerlo, sabía que mucha gente estaba repartida por ahí pero esta macabra casualidad era tan oscura que impedía que el amanecer llegara. ¿Conoces a los zocatos?, pregunté. Jose y yo salimos juntos a Valladolid hace como tres años, contestó, allí nos pilló el principio de esto. A Anselmo y Damián los traté menos, al ser mas pequeños casi no teníamos trato.
Anselmo se casó con mi hermana el año pasado, dije yo. Que horror, somos casi familia. Esas fueron sus últimas palabras justo antes de que el camión frenara. Una de las personas que viajaba en la cabina salió de ella, se acercó hasta la trasera para desenmarañar las cadenas que fiaban las puertas metálicas situadas en la misma. El ruido del choque de los eslabones en el silencio de la noche se marcaron en mi cabeza.

Los diez hombres que viajábamos en aquel incomodo camión bajamos hundiendo nuestras botas en el barrizal en el que las lluvias habían convertido aquellas tierras. Seis de nosotros caminamos en silencio hasta una zanja que parecía dibujar un látigo en el suelo. Nos dimos la vuelta y miramos a nuestros acompañantes. El sonido de los cerrojos de aquellos fusiles anunció la salida del sol.

Viva la república, grité.

Fuego, gritó Esteban.

La foto

Una respuesta a “Incompleta

  1. me gustaria, compartir algo mio pero no se como hacerlo, me gustaria escribirte lo que escribo, pero con una foto.
    me encato mucho la pagina.

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