
De los cuatro, ¿cuál es el mayor?, preguntó ella, llevándose un pedacito de tarta a la boca. El mayor es Ganímedes. Mientras contestaba, subió la mano buscando el labio inferior de ella y arrastró cuidadosamente, con el dedo, restos de mermelada hasta el interior de su boca. Realmente creo que son unos sesenta, sesenta y tres creo, con nombres preciosos como Amaltea, Elara, Tione, Yocasta, Heliké, Ananké, Erínome o Hegémone, pero son los cuatro que descubrió Galileo los más famosos y grandes. Los Galileanos. Hasta hace cuarenta años solo se sabía de la existencia de unos catorce, los demás se han ido descubriendo gracias a la tecnología y quizás la casualidad. Entonces la miró y le dijo que hablaba demasiado y que ella había aprovechado para comerse el pedazo de tarta casi entero, a lo que ella respondió de manera física, incorporándose para agarrar su cara y besarle. Aunque casi prefiero tus labios a la tarta, dijo él. Luego ella continuó hablando de la casualidad y de allí saltó al destino. No creo en el destino, dijo Roberto, me incomoda la idea de no ser libre, si crees que todo esta escrito, todo lo que haces no sirve de nada, cada una de las elecciones que tomas ya ha sido tomada por ti, con lo que supongo que pierdes la libertad.
Ella argumentó que sí, que creía en que todo podía estar escrito en algún lugar, pero que también creía que de alguna manera todo podía ser cambiado con los actos y decisiones que cada día se toman. Entonces el destino no está escrito, dijo Roberto, el destino se esta escribiendo de manera continua, en este momento, en todo momento. Eso sin duda, me hace pensar que, quizás en algún lugar, existe alguien con un papel y un gran tarro de tipex escribiendo mi destino. A lo mejor lo escribe en un ordenador, dijo Begoña riendo, y torció la boca con una mueca que hacía a menudo y que a él le gustaba demasiado. Roberto se acercó de nuevo a ella y apartando el pelo que cubría su oreja, mordisqueó durante un segundo el lóbulo, justo el tiempo que ella tardó en girar el cuello y alejar unos centímetros aquella boca de su piel. ¿Crees que será el mismo? ¿Crees que la misma persona estará en este momento escribiendo mi destino y el tuyo?, susurró. Ella rompió a reír en una sonora carcajada que hizo girar la cabeza a un grupo de chicos que se encontraban en la mesa de al lado. Uno de ellos al girarse rozó con la manga del abrigo una de las teteras que había sobre la mesa, derramándola sobre las piernas de una de las chicas. Esta se retiró y la tetera cayó al suelo rompiéndose en pequeñísimos pedazos, tantos como los satélites de Júpiter.
-Imagina ahora a todos y cada uno los que escriben el destino de estos, susurró Roberto. Me odian.
-¿Cómo se llaman los otros tres?, los Galileanos, preguntó ella al besarle. Lo, Calisto y Europa, dejó caer Roberto con sumo cuidado entre su lengua y aquel paladar con sabor a tarta de chocolate blanco.
Jupiter crash. The cure



